Profesor emérito de la UPV-EHU
Joan Mari, un hombre cercano

Su familia forutarra siempre ha sentido el orgullo de haber alumbrado a uno de los grandes de la cultura vasca y, a su vez, a un hombre humilde, amable y cercano.

04/08/2020

Mi relación con Joan Mari ha sido de raíz familiar –estoy casado con su prima del alma, Maite Torrealdai– pero habíamos desarrollado una amistad basada en la estima, la lealtad y el reconocimiento del trabajo mutuo. Especialmente relevante ha sido el suyo, como euskalzale comprometido, editor, historiador y escritor.

Joan Mari nació en el caserío bifamiliar Mosone de Forua, en el barrio de Urberuaga. El barrio era su territorio de juego entre los restos de la casa torre de Urdaibai –el castillo Peregil–, la cueva de Atxeta –que en 1959 Barandiaran catalogó como una joya del paleolítico– y, en la época, dos estruendosas canteras de piedra caliza –una de ellas, hoy cerrada, propiedad de mi aitite– a apenas cien metros de Mosone.

Joan Mari cursaba sus estudios primarios en la escuela unitaria de Forua –hoy Ayuntamiento– cuando los franciscanos les propusieron a sus padres, Jose –un bertsolari de los de antes– y Teresa, que fuera interno al Seminario de Arantzazu. Contaba once años. El futuro de Joan Mari sin esta circunstancia hubiera sido muy distinto. Habríamos ganado un buen nekazari o un hábil carpintero pero habríamos perdido un gran investigador euskaltzale. Encrucijadas vitales.

Su familia forutarra siempre ha sentido el orgullo de haber alumbrado a uno de los grandes de la cultura vasca y, a su vez, a un hombre humilde, amable y cercano. Forua le dio su nombre a la biblioteca municipal en 1999, y diez años después, Joan Mari quiso celebrar allí el día más importante de su vida profesional: su investidura como euskaltzain osoa.

No le veíamos tanto como hubiéramos querido. Se había vuelto «giputxi» por residencia continuada, matrimonio feliz con Beatriz y unos maravillosos hijos, Garazi y Manex, que han estado haciendo piña con él hasta el último suspiro. Se ha ido amorosamente.

El precio de su brillante trayectoria vino del cierre de "Egunkaria" y encarcelamiento de sus directivos. Lo que el franquismo no pudo cerrar –"Jakin" y "Anaitasuna"– lo hizo la democracia –"Egunkaria" y "Egin"–. Mientras las dictaduras censuran, las democracias clausuran. Avances civilizatorios.

Absueltos, dignificados, nadie les devolvió el daño económico de hundir una empresa cultural ni el daño físico y moral. La familia tenemos la certeza sobre la causa del cáncer contra el que ha luchado con admirable entereza hasta el final: el trauma. Un daño colateral que no suele constar en los anales de la barbarie institucional.

Era una magnífica persona, de profundas convicciones y siempre positiva. Me acuerdo que hablando sobre el título de un libro que escribimos en EHU sobre "Egunkaria" discutimos sobre el título. Él propuso "Egunkaria, amets baten egia" (2000) sin referencia a la parte de pesadilla (ameskaiztoa) como sugerí; y así se quedó.

Es mi orgullo haberle tratado en la distancia corta y haberle defendido cuando fue represaliado. Y su tranquilidad que "Berria" siguiera la estela de "Egunkaria". Agur eta ohore, senide maitea!

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