Juan Mari Aburto III de España y 104.000 de Bilbao

Sin embargo, la estatua no engaña. La mencionada obra, representa perfectamente lo que López V fue en vida, un depredador armado siendo, al mismo tiempo, una apología de la violencia feudal

10/12/2019

El alcalde de Bilbao es el tercero que más cobra del Estado y, además, es gracioso, muy gracioso, tanto que, si no fuera por los 104.000 euros que nos cuesta al año, sería cómico. El otro día, en una de esas sesiones plenarias inservibles, dentro de un debate inocuo sobre uno de tantos asuntos de trámite... vino a decir, o sea que dijo que: «Quienes han matado y extorsionado no tienen mi cariño, pero tienen derechos». Se refería, claro está, a los presos políticos de ETA para los que la oposición pedía tímidamente reconocimiento de algunos derechos y cumplimiento de las leyes penitenciarias, que siendo las leyes del imperio, además nos corresponden y obligan a la fuerza a todos, o casi todos.

Aburto decía esto a unos pocos metros (cien más o menos) de un aparatoso monumento, en el centro de Bilbao, dedicado a quien se supone fundador de la villa. Aunque en realidad fue un señor feudal mafioso, que autorizó a los de las Siete Calles independizarse de las repúblicas colindantes (Abando, Begoña, Deusto etc) pero con tal de seguir dependiendo del mismo feudo de Bizkaia, que este señor controlaba gracias a su banda armada. Es decir, que vendió una falsa bula de fundación libre a unos fenicios de la ría que solo pretendían tener vía libre comercial, por el Nervión, para sus barcos de mercancías.

Por todo ello, el todavía no mencionado, es decir don Diego López V de Haro, y cero de Castilla, cobraba una serie de impuestos llamados, «tributos, veredas, fonsaderas, enmiendas, oturas y mañerías». Mediante el pago de los cuales, alquilaba a los naturales sus tropas, o del permitía armarse contra sus vecinos al mismo tiempo que les concedía permiso y monopolio para el libre recorrido fluvial hasta el Abra.

Pues este señor, López V, que tiene toda la pinta de haber matado y extorsionado lo suyo, tiene un imponente altar de reconocimiento en Bilbao. Culminado con una estatua del afamado Benlliure. Repleta de armatostes e implementos de guerra. Don Diego, aparece en plena concesión del permiso, armado para la ocasión, de cejas a espuelas. Con yelmo al brazo, espadón y puñal al cinto, armadura y algo parecido a una cota de malla protectora. Además del estruendoso escudo colgado a la espalda, como mochila guerrera de hierro. Y, para remate, apoyado sus plantas militares, en un pedestal con placas de bronce, representando las hazañas bélicas del guerrero de Haro.

También tiene en la mano un pergamino con lo que se supone es la Carta Puebla de Bilbao. En una época (año 1300), en que los llamados fundadores de villas eran un clan de mafiosos armados. Rodeados de tropas mercenarias que vendían su «libertad» a aldeanos y comerciantes, a cambio de suculentos tributos. Y a los que seguían explotando, chantajeando y por emplear el calificativo de gure Aburto, «extorsionando» de forma vitalicia.

Don López V, más conocido entre sus colegas como «El Intruso», se pasó la mitad de su vida conspirando, extorsionando y reclamando inútilmente el trono de Castilla. Se apropió fraudulentamente, según versiones, de la titularidad de la casa de Haro. Después de las sospechosas muertes, de su hermano y de su sobrina. Y entre estas apropiaciones, estaba precisamente el señorío, que tratamos, con sus barrios, villas, aguas y montañas. Después se afanó en las habituales correrías feudales, de espada y armadura. En las cuales, además de víctimas dejó por el camino, unas cuantas amenazas y chantajes. O como los llama, Aburto, extorsiones. Todos ellos, muy armados. Según lo que se dice, en las crónicas, y consta en su monumento.

Se hizo famosa su presencia en las Cortes de Medina, convocadas por el rey de Castilla, en 1305. Donde compareció el Intruso, como imputado (diríamos hoy) por el robo del señorío de Bizkaia. Pero no lo hizo solo. Sino bien acompañado por 300 caballeros mercenarios. Tan armados, como él. Con el resultado de una intimidación suficiente, como para que desapareciera la imputación. Así que el fundador se quedó con el señorío y también con el apelativo de Intruso.

Después de esta extorsión armada, y al no poder hacerse con el trono castellano, López V, junto con otros tipos desocupados de la misma banda, se dirigieron al tambaleante reino de Granada. Es decir, a las sobras que quedaban de la Reconquista. La intención de estos apañados cruzados no era la evangelización pacífica de los infieles moros. Trataban sencillamente de matar a los lugareños y saquear la vega nazarí, atraídos por la proverbial riqueza de sus prósperas ciudades. Sacando así una renta vitalicia. Y más territorios a los que seguir extorsionando.

No obstante, cuando los esforzados bandidos de la cruz estaban sitiando Algeciras, el rey Fernando IV se les adelantó negociando con los de la Alhambra, que le pagaron unos suculentos 50.000 doblones de oro para que los dejaran como estaban. El rey obligó, entonces, a retirarse al ejército de saqueadores, cosa que hicieron todos, salvo don Diego, que enfermó, gordo, abotargado de gota y rodeado de doblones de oro, murió allí mismo

Don Diego no era un santo, ni un sabio, inventor o descubridor. Tampoco ganó grandes batallas. Ni siquiera sabía leer o escribir. Solo lo justo para firmar documentos, exigiendo rendición, tributos e impuestos en sus feudos. Pero sabía guerrear. Matar moros o cristianos, según cuadrase. Y, en los descansos alancear animales (toros, jabalíes, corzos…) etc. como entretenimiento señorial. Una joya para despertar el cariño de sus súbditos.

Sin embargo, a pesar de este historial, a finales del siglo XIX, los caciques de las Siete Calles para blanquear sus orígenes plebeyos ante la corte borbónica y la dinastía recién vencedora de las guerras antivascas decidieron «ennoblecer» la villa. Para lo que encargaron una aparatosa estatua militar intimidatoria a Benlliure, uno de los más caros escultores de la época. Dicen que el capricho costó a los bilbainos de entonces unas 55.000 pesetas, una suculenta cantidad desperdiciada por el Ayuntamiento, como tantas otras, en lujo y apariencia.    

De este modo, en 1890, el entonces alcalde de la oligarquía, portador venal del título de marqués, inauguró la estatua guerrera de don Diego a la que incluso se invitó a la reina. Desde entonces, todos los alcaldes de Bilbao y sus fieles corporaciones, monárquicas, republicanas, socialistas, franquistas, sotistas etc. han rendido admiración o pleitesía al que, se supone fundador de la villa. Han sido fieles a su memoria y han ensalzado su desconocida biografía, entre el vulgo.

Sin embargo, la estatua no engaña. La mencionada obra representa perfectamente lo que López V fue en vida, un depredador armado, siendo al mismo tiempo una apología de la violencia feudal representada a omnipotente escala, a cuatro metros de altura, para que nadie olvidase los orígenes y la permanencia, entre nosotros, de la fuerza militar hispana. No falta quien ha pensado que la estatua, con escudo y espadón, era el símbolo de la amenaza permanente de los españoles del Bilbao vencedor contra los carlistas, de los alrededores, recién derrotados. Una advertencia y recomendación de no volver a levantarse por los Fueros y contra la invasión. En, cualquier caso, era la representación de un bandido feudal, depredador. Un hombre de guerra, extorsionador e intruso. Experto en intrigas y matanzas guerreras, que no parecía encajar del todo en el Bilbao de mercaderes y banqueros.

No obstante, todo ello no impide que nuestras corporaciones elegidas democráticamente, o no, hayan procesionado todos los años a sus pies militares para rendir un cariñoso homenaje floral al belicoso depredador castellano del que nadie sabe cuáles fueron los méritos para que todavía se le recuerde con tanto boato en una de esas estúpidas y repetidas ceremonias oficiales que tan a menudo sufrimos. Como si hubiera sido un gran hombre, salvador de pueblos, libertador de ciudades y ciudadanos, y que al mismísimo Bilbao se la siga conociendo como la «villa de don Diego», donde nunca estuvo el Intruso y a la que ignoraba por completo salvo cuando recibía los tributos, pagos y demandas por su protección mafiosa.

Ahora sabemos, por su titular, que la actual alcaldía de Bilbao no tiene ningún cariño a los presos de ETA pero que estos, sin embargo, tienen sus derechos. En cambio, todos los años nos quedamos sin saber qué siente el alcalde por don Diego. Si le tiene cariño y si también el guerrero fundador de Bilbao tiene derechos, porque resulta gracioso que los miembros de ETA, condenados por luchar a su manera por la independencia de los vascos, «tienen derechos» pero no el cariño de Aburto-104.000. Mientras que el bélico señor feudal, más reconocido en Bilbao, tiene derechos, cariños y estatua ganados a base de armas y extorsiones…

No será fácil que el alcalde nos lo diga. Estará muy ocupado contando el dinero que cobra pero si queda algún becario, cronista de la villa a tiempo parcial por ahí, ya nos gustaría que nos lo contase. Los 104.000 bien se merecen una explicación.

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