Joan Llopis Torres

La consejera y San Agustín

Lo digo porque no creo que la señora Anna Simó −consejera de Educación de la Generalidad de Cataluña− esté en el conocimiento de estos asuntos tan complicados (No hay que olvidar el apellido de la madre. Mala costumbre ha sido siempre dejarlo arrinconado Así que: Anna Simó y Castelló, no lo olvidemos, ya que se trata de una persona a tener en cuenta, de obvia trascendencia para la educación de los niños y niñas de Catalunya)

Explica esta señora que para enseñar las matemáticas y la lengua no es necesario ningún método. Todo a cuento de los bajos niveles de conocimiento de los niños en estas materias, por no decir similares a los suyos, a pesar de sus incontenibles explicaciones que no explican nada, sino todo lo contrario.

Esta señora, quizá cree que san Agustín era español, como puede resultar del nombre del santo, añadido que los españoles nunca se entretuvieron en estos desmentidos. Al parecer no era de Valladolid. Resulta, señora nuestra, que era moro argelino, moro como todos los argelinos, y al ser santo, estaba muy preocupado en discernir entre el bien y el mal, el bien y el mal que nos entra en el cuerpo. Podemos hacer ya la traslación al conocimiento, lo que aprendemos. Lo que aprendemos bien o mal y cómo lo aprendemos, si lo aprendemos. El método, o para que usted siga el hilo, la manera (la gravedad no tiene nada que ver en estos aprendizajes, ni, que se sepa, ninguna intervención divina, pero san Agustín, el moro, sí nos da una pista, por lo que se ve, para diferenciar el bien del mal. Este señor decía que tenemos, quien lo diría, unas potencias, unas facultades, unas cosas rarísimas, que son la memoria, el entendimiento y la voluntad. ¿Necesita algún esfuerzo la memoria? O, ¿para saberse las tablas de multiplicar, los niños deben memorizar? ¿Incluso antes de saber para qué les servirán después? ¿Se deben memorizar? ¡Qué disparate! ¡Ahora, cuando más capacidad tienen para memorizar, los hacemos memorizar! Puede que fuera algo razonable, pero a eso también se le llama estudiar, una palabra que cada vez hará menos falta en el diccionario, que por cierto está en desuso en las escuelas ¿O me cuenta usted como niños y niñas, terminada la primaria, no saben multiplicar ni dividir...? Y, saltándome algunos puntos en esta broma, ¿cómo se les enseña gramática a los niños inmigrantes si no conocen la lengua? ¿No habíamos quedado en que la gramática es una reflexión sobre la lengua? ¿Reflexionar sobre una lengua desconocida, sobre la nada, sobre el vacío, se puede? ¿O es esto filosofía? En un pueblo de Catalunya, una maestra que daba clases a inmigrantes por iniciativa del ayuntamiento, el primer día les explicó los pronombres. Los pobres no salieron huyendo de milagro. Quizás la maestra utilizaba el método de la consejera, que, según la oí, consiste en la ausencia de método. Según ella, todo consiste en tener claro «las distintas capacidades de los alumnos», y «los maestros son los mejores para actuar en consecuencia». Es de suponer que para actuar se refería a enseñar, suficiente teatro tenemos ya en esta vida. El método sin método, el de la adaptación, dejado al azar y desamparo de los desaconsejados maestros por parte de la consejera, que ya sabrán ellos cómo funciona la gravedad en ausencia de los consejos de la consejera, de los conejos y conejeras, que viene a ser lo mismo. A mí me tocó cantar como a usted por la edad, estoy seguro. Algo horrible, según nos cuentan, pero usted y yo, de eso no tengo ninguna duda, nos sabemos las sierras de las cordilleras y las rías gallegas. La Sagra, Taibilla, Las Cabras, Salinas y Cazorla, ¿se acuerda? Y Muros, Noya, Arosa, Pontevedra y Vigo, cierto que aprendías en castellano, y si no aprendías, no pasabas de curso. Ahora los niños llegan a las integrales sin saber multiplicar ni dividir. ¿Cuántas nos llevamos, señora consejera? ¿Hagamos la prueba? Ya me dirá de qué, si de las que nos llevamos o de qué, porque la de la división no la sabemos. O puestos, podemos hacer primero la prueba de la división y después la división, ya no vendrá de aquí. Quizás encontraremos a algún niño que sepa dividir. Los ríos y los afluentes los podemos dejar para los que quieran ir a pescar truchas, los otros niños no lo necesitan.

¿Podemos pensar algunos que lo que no se acuerda, no se sabe? ¿Que solo ante un juez, sabe perfectamente qué hizo, pero dice que no se acuerda, como única excepción a la regla del saber o no saber y la memoria?

No piense que escribo esto con ánimo que deje usted su cargo o que la echen, en modo alguno, dada la experiencia, podrían ponernos a alguna consejera peor, o peor aún, que le diera por aconsejar.

Una solución dada para mejorar los resultados educativos es rebajar las exigencias. A un alumno de sexto de primaria se le podría pasar a exigir el nivel de uno de tercero, y así los resultados mejorarían. O quizá seamos muy optimistas.

Si san Agustín resucitara, él mismo volvería a enterrarse. Claro que si le diera por venir a hablar de estas cosas, lo echarían por moro, pero esta es harina de otro costal.

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