Antonio Alvarez-Solís
Periodista

La necesidad del propio ser

Digo todo esto porque quiero pasar una esponja sobre mi inevitabilidad española. Supongo que otros españoles me acompañarán en esta voluntad de saneamiento moral. Una nación no puede vivir del ¡oé, oé y a por ellos! Así es como nos separamos del mundo.

Hay que leer, aunque sea tarde, la letra pequeña del contrato constitucional que firmamos en 1978 tras un día de vino y rosas con el que engañaron nuestra libertad utilizando la muerte del Genocida. No lo habíamos leído en su momento, quizá por la inveterada costumbre que tenemos los españoles de no leer y, además, de tratar con los espíritus, como le pasaba a Franco con el brazo de Santa Teresa. Debemos tener en cuenta que hasta el sacratísimo rey Felipe II reservó un amplio espacio en El Escorial para que un fraile nigromante fabricase futuros de gloria reservados al rey de la flanera triste. Desde entonces el cristianismo español edificó una iglesia regalista para acomodar la Corona y Castilla y otras dependencias del poder central inventaron una izquierda obscena con fieles entregados al fascismo y la manipulación de bebedizos «democráticos». El resultado provoca de vez en cuando movimientos telúricos que conducen a este desgraciado pueblo a evitar la razón y unir morbosamente los opuestos. De los primeros, de la mayoría ultraconservadora de los católicos con su Cristo permanentemente crucificado, leamos estas luminosas palabras del teólogo Pagola aplicables no sólo a los españoles: «Hablamos de crisis religiosa, de descristianización... ¿No estará Dios preparando el camino que haga posible el nacimiento de una Iglesia menos poderosa, pero más evangélica; menos numerosa, pero más entregada a hacer un mundo más humano?». ¿Qué opinan de esto muchos obispos encovados en su franquismo? Y de los segundos, la izquierda huera de humanidad y falsificadora de la verdad, me temo si no estarán consagrados –¡ese es el verbo!– a la destrucción de la libertad y el respeto a la hermosa voluntad de ser. El acuerdo para el quebranto de la de la democracia es letal. Digo todo esto, acosado por la amargura que me suscita ver el acuerdo entre unos y otros para convertir la convivencia y la sencilla libertad en una inmoral farmacia que sólo facilita drogas constitucionales para una buena dormición de las conciencias.

Este acuerdo ha dado su fruto primero con el olvido de las causas judiciales por la corrupción de unos y de otros, del PP y del PSOE, que han hecho de España el país más corrupto de Europa. Causas que no ocupan ya a una Guardia Civil y a una policía ascendidas a instituciones políticas con olvido de que son puros servicios públicos estrictamente policiales. En esta vía de autoritarismos desbordados están hoy también unos jueces que tratan de demostrar un españolismo que supera a cualquier dimensión que les conceda la toga, como sucede con el presidente del Tribunal Superior  de Justicia de Catalunya, un abrupto leonés con su dureza en la acción antinacionalista y con olvido de la tradición secular de que los jueces han de pertenecer a la misma tierra a la que sirven para ser tenidos por la ciudadanía como jueces naturales. Así me lo explicó un sabio magistrado gallego que me conducía en mis estudios de derecho y que se quejaba en nombre de muchos compañeros suyos que se sentían extranjeros en su tribunal.

El proceso del debate con Catalunya, que ha cerrado en Madrid la demostración armada del Día de la Hispanidad con la exhibición de doble filo de las armas españolas, se ha convertido en una muestra dramática de lo que entienden en Madrid por democracia.

¡Mienten igualdad, mienten democracia, mienten origen noble, mienten leyes! ¡Mienten, mienten con las mismas mentiras con que operaba Franco para reducir España a algo que recordaba a un campo de concentración! Digo todo esto porque quiero pasar una esponja sobre mi inevitabilidad española. Supongo que otros españoles me acompañarán en esta voluntad de saneamiento moral. Una nación no puede vivir del ¡oé, oé y a por ellos! Así es como nos separamos del mundo.

¡Mienten y nos implican en sus rastreras falsedades! Como muestra de lo que digo lean estos párrafos escritos por el periodista Ricardo Lenoir, que no es un secesionista catalán: «Por las calles que conducen al monumento a Colón grupos contrarios a la independencia –hablaba el cronista horas después de la manifestación unionista en la Ciudad Condal– continuaban agitando sus banderas mientras se dirigían a sus autobuses o a la estación de Sants, que es de donde sale el AVE hacia Madrid... La pregunta en Barcelona, entre sus vecinos, una vez que los convoyes partan es ¿qué va a pasar pasado mañana, cuando los miles de apoyos ya no estén?» Una Barcelona que, como toda Catalunya, ha escuchado estupefacta esta declaración absolutamente fascista del vicesecretario de comunicación del PP, Sr. Casado: «El Sr. Puigdemont podría acabar como quien declaró (la secesión de Catalunya) hace 83 años». La bestialidad del portavoz del Partido Popular se refería al president de la Generalitat Sr. Lluís Companys, que acabó asesinado en 1940 por Franco en el foso de Montjuich poco después de haber sido entregado por los alemanes a los esbirros franquistas que destruyeron a sangre y fuego la legalidad republicana. ¿Se puede hablar así tras publicar en unos brillantes periódicos del ilegítimo Régimen actual (ilegitimidad a la que ya me referido en artículos anteriores) que entre las medidas complementarias del artículo 155 de la Constitución, que entregarían la Generalitat a los ocupantes venidos de Madrid, o servidores de Madrid, pudiera el Gobierno del Sr. Rajoy declarar incluso el estado de excepción, con la suspensión de los derechos del detenido y la generalización de los tribunales militares? ¡Pero en qué país vivimos!

La verdad es que toda esta serie de violencias no me sorprende en absoluto porque están en el ADN español. España ha sido siempre un país ocupado por golpistas, ya lo hayan sido como entes reales o con golpistas en la intención tal como está ocurriendo en estos momentos, incluyendo a una serie de dirigentes socialistas que llegaron a donde están para demostrar una vez más, y en estas horas-clave, la putrefacción final que sufre el socialismo. Normalmente un español no funciona en política si no le empuja el motor del caudillaje. O sigue a caudillos interiores o a caudillos que desde horizontes exteriores deslumbran con la importancia que confiere el simple roce internacional. España precisa en todo momento un «héroe» que la unza con banderas desplegadas que disimulen las miserias cotidianas, ya sean de carácter moral o material o las dos juntas, que se ve obligada a soportar. Es lo mismo que se trate de un héroe con perfil de realidad sobresaliente, y entonces suele ser sacrificado, que un Napoleón Chico como llevamos sufriendo desde que convertimos el trile de la Transición en una autoliberación que nos condujo subrepticiamente a la estabulación de siempre. En estos momentos vivimos bajo la gobernación de un ser extrañamente acontecido que está poblando el país de chicos del Frente de Juventudes y de instructoras de la Sección Femenina.

Una curiosidad final: ¿qué le habrá costado al Gobierno de Madrid trasladar a tantos manifestantes unionistas a Barcelona? Ahí tienen los estadísticos un buen campo de trabajo ¿Y qué dinero o promesas habrá supuesto en ciertos casos esa extraña danza de empresas que han decidido la exhibición patriótica que puede ser tan rentable en un momento de dinero difícil? Ya sé que el fracaso español en el terreno social, político y económico será barrido al final a la puerta de una Catalunya o de un Euskadi que, pese a todo, siguen siendo el motor del Estado. En fin, amicus plato sed magis amica veritas. 

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