José María Sasiain Arrillaga
Licenciado en Historia

La Rusia zarista o Bolchevique. Europa en una encrucijada

¿Política zarista o bolchevique? La respuesta a este interrogante no es esencial. Su presencia en los mentideros políticos responde a las necesidades partidistas de una izquierda extrema desquiciada y a una derecha absurda, desorientada y falta de un proyecto que suscite interés entre la ciudadanía.

Autores diferentes en diversos medios, mediante su opinión, han abierto un debate sobre los motivos que impulsaron a Putin a desencadenar la guerra contra Ucrania. Una corriente de opinión ve en la conducta agresiva del mandatario ruso y sus apoyos, la intención de recuperar el desaparecido proyecto de la URSS; en contraposición, otro parecer observa, en la actitud de Putin, un afán por constituir un Imperio de corte zarista. Es fácil adivinar el sesgo ideológico de los que mantienen una u otra posición. Sin embargo, para dar un poco de luz a la controversia, no está de más revisar las ideas expresadas por Vladimir Putin en un artículo publicado en la web oficial del Kremlin el 12 de julio de 2021.

El presidente ruso recurre a la historia para consolidar sus argumentos y reivindicaciones: «Rusos ucranianos y bielorrusos son todos descendientes de la antigua Rus, que era el estado más grande de Europa». Partiendo de esta consideración inicial, recurre en su escrito a los episodios históricos más trascendentes vividos por las diversas etnias y pueblos que formaron parte del territorio euro-asiático que hoy reivindica la Federación Rusa. Desde el Rus de Kiev, pasando por la figura de Alexander Nevsky, el Gran Ducado de Lituania, la influencia del Imperio Austro-Húngaro, la formación de la URSS y su ocaso, Putin desarrolla un análisis repleto de anacronismos con el objeto de concluir que los habitantes de la actual Ucrania y Bielorrusia son parte inseparable de la Rusia histórica.

Crítico con Lenin y su proyecto de formar un Estado federado de repúblicas iguales, incluyendo el derecho de las partes a separarse libremente de la Unión Soviética –este derecho será reconocido en la Constitución de la URSS de 1924–, este paso significó, dice Putin, «la bomba de tiempo más peligrosa» puesta en los cimientos del Estado de la URSS. Tras la desaparición de la función rectora del Partido Comunista, se producirá «el desfile de soberanías» que se iniciará a finales de 1991. La Federación Rusa, «no solo reconoció, sino que, de hecho, hizo mucho más para que Ucrania se estableciera como un país independiente». Tras este razonamiento, llega a la conclusión que la Ucrania moderna actual, a la que considera un engendro artificial, es un completo producto de la era soviética.

Putin, en su misiva, enfatiza el valor de la similitud lingüística, las tradiciones culturales y la fe en la Iglesia ortodoxa, factores que sitúa a la altura, cuando menos, de las decisiones políticas y diplomáticas adoptadas. Desde su punto de vista, Ucrania y Rusia han participado durante décadas y siglos de un sistema económico único. Somos, dice, «socios económicos complementarios naturales», de cuya estrecha relación se han beneficiado sus componentes. A su vez, reconoce que la situación de la Ucrania actual es hoy muy diferente, y atribuye la mutación a «un cambio de identidad forzada», en la que los rusos en Ucrania se ven obligados no solo a negar sus raíces, «sino también a creer que Rusia es su enemigo».

¿Política zarista o bolchevique? La respuesta a este interrogante no es esencial. Su presencia en los mentideros políticos responde a las necesidades partidistas de una izquierda extrema desquiciada y a una derecha absurda, desorientada y falta de un proyecto que suscite interés entre la ciudadanía. Los proyectos de Putin no pasan por la recuperación de un Imperio, ni tampoco por recuperar formas, modos y objetivos del pasado soviético. Como afirma Dmitri Trenin, oficial retirado del Departamento de Estudios de Guerra, Instituto Militar Soviético, y actual director de la Fundación Carnegi para la Paz Internacional (financiada principalmente por los EEUU), el proyecto de la Rusia de Putin pasa por la formación de una gran potencia económica y militar, cuyo núcleo central estaría formado por los territorios históricos de Rusia, Ucrania y Bielorrusia. De ahí que, cualquier aproximación de Ucrania a la UE y OTAN, sea percibida como un ataque directo a las aspiraciones de la Federación Rusa.

A cualquier lector interesado en la política internacional, no se le escapa que la guerra iniciada por Putin se incluye dentro del intrincado y peligroso juego de intereses de las dos grandes potencias que se disputan la hegemonía mundial. De una forma estridente, no por ello más efectiva, EEUU defiende las posiciones de Ucrania; de una forma menos notoria, pero no por ello menos transcendente, China, sin favorecer la política agresiva de Rusia, deja entrever que no permitirá su derrota. La Potencia oriental, manejando los tiempos, se presta a jugar un papel mediador que reforzará su imagen de opción eficaz y conciliadora. En la palestra, en el centro del cuadrilátero, dos naciones hermanas que sufren las consecuencias de una guerra absurda, en la que los contendientes directos no tiene nada que ganar y sí mucho que perder. Europa, una vez más, asiste al combate en primera fila por proximidad, pero sin más protagonismo que el de limpiar las heridas del contendiente más débil –asilo de refugiados– y seguir las orientaciones –sanciones económicas– que diseña la gran Potencia Occidental; sanciones que permiten seguir importando gas ruso a europeos y norteamericanos (?).

En este lado del mundo, sólo el servicio de inteligencia estadounidense advirtió las señales que anunciaban lo inevitable de la agresión militar. La movilización de tropas rusas en la frontera con Ucrania, los precedentes cercanos, caso de la intervención en Chechenia, la inadvertida intervención económica y militar en Transnistria –franja territorial entre Ucrania y Moldavia–, la injerencia rusa en Georgia, la incorporación por la fuerza de Crimea y la participación directa en los enfrentamientos en Dombás, por citar algunos de los incidentes más conocidos, no sirvieron de advertencia a medios y autoridades europeas de lo que se estaba cociendo en las fronteras de Ucrania. Lo puntual y accesorio sustituía a lo central y transcendente en el análisis de los servicios de inteligencia europeos. Tendremos que convenir con Zigmunt Bauman que, «cuanto la información se distribuye a una velocidad cada vez más alta, la creación de secuelas narrativas, ordenadas y progresivas, se hace paulatinamente, cada vez más dificultosa». En definitiva que, la profusión de noticias y la velocidad con que se difunden, dificulta más que favorece la percepción de lo fundamental y obvio.

Europa, un gigante en lo económico, no ha sabido medir la magnitud de los efectos derivados del colapso sufrido por la URSS. Guiados por los EEUU, la incorporación al espacio económico europeo de los estados pertenecientes a la antigua Unión Soviética se ha condicionado, de algún modo, al ingreso en la OTAN, exacerbando el síndrome de inseguridad y agravio de la Federación Rusa. No se puede denostar a un vecino tan fuerte, y mucho menos cuando está herido, y no sufrir las consecuencias. Timorata en el campo de la política económica, donde puede desarrollar su nervio, la UE no ha sabido aprovechar su potencial de atracción mediante el apoyo a la maltrecha economía de las repúblicas emergentes. Muy probablemente, influidos por los especialistas – «sovietólogos»– norteamericanos que, como hace notar el escritor ucranio Yuri Andrujovich (2006), preveían que la parte occidental de Ucrania se convertiría en la antesala de la «Nueva Europa», de donde principalmente, «saldría mano de obra barata para abastecer a los países vecinos, más occidentales y felices»; no veían más allá de sus narices, es decir, el beneficio desmesurado.

Además, su insignificante operatividad militar relegó a la UE a un papel de comparsa en el conflicto serbio. Sirva recordar que, cuando en 1999 la OTAN bombardeó Serbia, en respuesta a la desproporcionada y deshumanizada intervención de los militares serbios en Kosovo, el primer ministro ruso Primakov se hallaba de viaje a EEUU. El incidente provocó la interrupción del desplazamiento; no habían sido avisados del bombardeo. La operación generó una sensación de agravio entre las autoridades rusas que fue trasladada a la ciudadanía; se desencadenó una ola de odio, apaciguada meses después por los ataques del 11 de septiembre. A pesar de todo, se señaló como culpable a EEUU. Todo ello coincidía con el periodo del acceso al poder de Putin, un oscuro y desconocido funcionario de la extinta KGB, que alcanzará insospechados índices de popularidad con sus métodos de intervención en la guerra chechena: «Perseguiremos a los terroristas dondequiera que estén. En el aeropuerto, si están en el aeropuerto. Y eso significa perdónenme, que si los pillamos yendo al baño, los exterminaremos en el excusado, si fuera necesario» (Masha Gersen, 2017).

Se ha tildado la invasión rusa de Ucrania como una «salvajada sin precedentes», no es verdad. Precedentes los hay, y además bajo la responsabilidad de los mismos bloques que se definen en esta guerra. La proximidad y la incertidumbre que provoca la hipótesis del recurso a la fuerza nuclear, la posibilidad de una confrontación directa entre potencias militares, agudiza la sensación de inseguridad que influye en el ánimo de los privilegiados ciudadanos de occidente. Partiendo del principio de que no existen guerras justas, tanto es así, que ni siquiera la distancia que proporciona el tiempo permite discernir con claridad las causas, siempre ocultas, que motivan los conflictos. A pesar de todo ello, se producen ocasiones, donde el tamaño de la agresión, la influyente cercanía y el dolor que se instala en nuestra puerta llena de oprobio cualquier tipo de equidistancia. En estas, y también en otras ocasiones, la ausencia de compromiso, la no toma de partido favorece al agresor, favorece el abuso de la fuerza desproporcionada que emplea la Federación Rusa.

Las razones que pretenden justificar la necesidad de la guerra, la nazificación de Ucrania, no dejan de ser una excusa recurrente. Al contrario de lo que se dice perseguir, la guerra, el clima social que genera, propicia la reactivación de la minoría neonazi, reducida electoralmente pero influyente promotora de violencia y desestabilización. El que constatemos la improcedencia de la agresión rusa, no justifica la tolerancia con las prácticas violentas de la extrema derecha, ni siquiera dando pasos más lejos, la agresiva política lingüística implantada por la Administración ucrania. Que las denuncias de este tenor sean hechas por un individuo que representa a un Estado que es capaz de asesinar y encarcelar a líderes de la oposición, no reduce un ápice su gravedad. Es responsabilidad de la Administración ucrania cortar todo tipo de nexo con la ultraderecha –Svoboda– y los grupos neonazis como Azov. Los resultados de las elecciones al Parlamento de 2019, donde la agrupación que aglutinaba a la extrema derecha obtuvo el 2, 15% de los votos emitidos, pasando de tener seis parlamentarios electos (2014) a uno sólo en 2019, cuanto menos sugiere que algo se está haciendo en la buena dirección. Desde luego, insistimos, la guerra en nada contribuye, todo lo contrario, a la normalización, estabilización y a las prácticas democráticas de un Estado cuya misión debiera ser la de promover, aunque hoy parezca una utopía lejana, la unión de los intereses de la EU y la Confederación Rusa.

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