Antonio Alvarez-Solís

La tenaza y el imperio

La destrucción de los imperios empieza por su interior. Esto lo está aprendiendo Estados Unidos en jornadas cada vez más vertiginosas. Incluso varias de sus «provincias», sometidas a «la nación necesaria», como dijo en momento infausto el presidente Obama, viven un contagio acelerado de libertad y soberanía.

La comunidad internacional, estructurada rígidamente por Washington, parece haber girado súbitamente ciento ochenta grados. El ámbito latinoamericano vira hacia una izquierda popular y progresista, con alianzas e iniciativas como Mercasur y otros tratados regionales que son respaldados por potencias del área que hasta hace muy poco estaban aferradas al Comando sur de los Estados Unidos, como Brasil, Chile y Argentina. Las frases actuales del Sr. Obama son ya muy otras. Ha dicho el presidente en menos de una semana, tras la primera paz con Cuba, que «hay que dejar atrás el colonialismo» y que «el bloqueo cubano no ha funcionado». Frases que expresan, con una desolada ingenuidad al ser dichas tras tantos años de errores, el drama del César que se ve acosado desde el mismo Washington.

El Este y el Oeste están funcionando como una tenaza con una dinámica y potente fuerza de palanca. Alemania acentúa su poder en el seno de la Unión Europea, poder que debilita el papel proamericano de la OTAN. Demasiados frentes abiertos. El de Rusia ha resultado letal para el equilibrio americano y podría acelerar incluso el desorden europeo, en donde una Inglaterra potemkiniana trata de poner los muebles a salvo. Y queda en puertas de acciones directas un Oriente en el que China espera con las llaves de la caja en su mano. Una caja guardada por un aparato militar del que es muy difícil tener todas las claves. Al rublo le ha bastado hacer una operación táctica con su moneda para cambiar el signo estratégico de su situación. La voluminosa venta de dólares por parte de Moscú constituye un paso, un solo paso de momento, pero ha sonado a campanada fúnebre para los intereses americanos. Por ahora nunca llegó nadie hasta el Kremlin y ahora tampoco va a suceder.

Quizá en el subconsciente colectivo alemán pese como una losa este hecho, que le impide ejercer una mayor presión pro estadounidense. El disminuido y herido Occidente de los aliados del gigante norteamericano -el que sigue unida estrechamente la España de Rajoy, más inconsistente que nunca, sorda y ciega, con un afán ridículo de ser alguien- comprueba que Rusia es muy vieja y ha sufrido una historia demasiado dura y sangrienta que la ha preparado para estas guerras. En cuanto a la bajada del precio del petróleo, forzada para dislocar el sistema nervioso de la economía rusa, constituye una jugada muy arriesgada que resultará imposible continuar por un tiempo eficaz. El petróleo es un cimiento muy importante de la economía de ambas potencias enfrentadas para debilitarlo durante un periodo prolongado.

Las tronadas alianzas con Norteamérica en extremo oriente, mediante la imposición de regímenes militares, comen ya en la mano china. India no es la India bajo la corona británica, ni siquiera en el terreno financiero. Japón trata de afirmarse, nada más que de afirmarse, frente el Sol Poniente. Y en el Medio Oriente los diablos liberados por la mano tan inexperta como soberbia de Washington muerden salvajemente esa mano que destapó la redoma.

Por si todo lo citado no fuera bastante para rebajar el papel imperial de Washington, un nacionalismo expansivo fuerza las fronteras del Imperio, cuyo sostenimiento sale a un precio excesivamente elevado para el resto del mundo. Los forzados compromisos estatales en apoyo de Estados Unidos resultan cada vez más complicados y difíciles. Los Estados tradicionales acusan el vacío ciudadano.

El presidente Obama tiene todos estos datos sobre su mesa del despacho oval, mientras la ofensiva de la ultraderecha norteamericana, en una maniobra sin inteligencia alguna, le obliga a virar su política hacia el interior de los propios Estados Unidos a fin de afianzar el suelo presidencial. Si se observa con frialdad el panorama quizá lleguemos a recordar lo que había en el interior de la política de la Nueva Frontera del presidente Kennedy. Estados Unidos precisa, y así lo entendía el asesinado presidente, una redefinición del papel de Washington no sólo en el mundo sino, ante todo, en el propio interior norteamericano. La gran marcha sobre el Este, que creó el llamado «camino americano», no puede repetirse respecto al Oeste. Sí, hay que dejar atrás el colonialismo.

Resurge, además, en este turbión que destroza países y políticas más o menos clásicas, una energía que parecía haber desaparecido de la escena pública mundial: la energía ética. Y un protagonista de ese renacimiento ético: el Papa romano. El Papa Francisco eleva sus manos ante las puertas de Roma, en un sugestivo simbolismo, como hizo San León Magno para detener a Atila. El pontífice está elaborando un magnífico círculo protector ante la disparatada, ancha y larga conspiración de la autocracia internacional -se juegan treinta monedas de un valor absoluto- que ha puesto en marcha a los modernos bárbaros de la sangre, del dinero y de la opresión. Un círculo en que se unen las manos de los cristianos con los musulmanes realmente coránicos, con los ortodoxos eslavos, con las tradiciones pacíficas orientales... El Papa Francisco está logrando esta especie de milagro moral manejando una sola palanca: la libertad en igualdad, la dignidad como responsabilidad fundamental. Lo magnífico de esta convención en torno a Roma es que ya estaba escrita en la frente de Francisco cuando adelantó aquella frase con que frenó una mala audacia periodística y que podía servir de guía para el nuevo camino de la paz: «Si alguien es gay, ¿quién soy yo para criticarlo?». Fue el grano de mostaza que anunciaba la gran floración ética, filosófica y, sobre todo religiosa, que ha suscitado Bergoglio: la floración de la libertad respetuosa que un día anunció el Cristo caminante.

Pero no quiero cerrar esta reflexión sin añadir un pálpito que me sobrevino cuando ya había finalizado este papel con la firma correspondiente: ¿No estará el presidente Obama, tras tanta novedad en Washington, tratando de que una mujer, demócrata por más señas, la Sra. Clinton, alcance una presidencia que ya se daba por perdida? ¿Convertirá la prolongada derrota en una súbita y gratificante victoria electoral tras los últimos giros fulgurantes? Hay que suponer que una parte muy importante de la sociedad norteamericana había sido derrotada finalmente tras su victoria de hace ocho años.

Insisto en que fue solo un pálpito en esas madrugadas en que uno queda a solas con las letras que van pespunteando las imaginaciones. Un pálpito en esas madrugadas en que queda solo con las letras que van pespunteando las imaginaciones. Al fin y al cabo uno, como susurraba San Agustín, solo aspira a «una cierta luz, una cierta fragancia».

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