Historiador
La teoría de la aguja hipodérmica

Fue una manipulación de manual. Hoy, el recuerdo artístico de Imanol ha sido rescatado por su entorno y sus amigos de militancia anteriores a los sucesos narrados. Un tema delicado, pero necesario también

07/12/2019

Hace unos cuantos años, 33 concretamente, el cantante donostiarra Imanol Larzabal participó en un concierto en homenaje a Yoyes, una militante de ETA a la que mató la propia organización. Alguien, probablemente después de una noche alcohólica, pintó con rotulador en el portal de la vivienda de Imanol, en Intxaurrondo, un mensaje amenazante: «Traidor, vas a morir». La frase malamente pintarrajeada no la vio nadie, lo que no significa que no existiera. Pero adquirió tonalidad cuando un medio español la aireó a los cuatro vientos.

Y con aquel punto de partida, aquella mini-pintada, fuera de contexto y de las centenares que se repetían en todos los sentidos en ese año, tuvo una trascendencia espectacular. Imanol relató en un medio madrileño que sabía a ciencia cierta, porque así se lo habían hecho llegar, que ETA no tenía que ver con el grafiti y que la organización armada no atentaría contra él. Que no temía por su vida, porque se lo habían confirmado. Pero era lo de menos.

Imanol se convirtió, para la prensa madrileña, de villano en héroe. Y había sido villano porque poco antes había sido imputado en la fuga de Iñaki Pikabea y Joseba Sarrionandia de la cárcel de Martutene, después de un concierto en el que participó con unos abultados bafles en los que se escondieron los presos para salir al exterior.

Tras la pintada y el eco mediático inducido, algunos cantautores organizaron en Donostia un festival titulado ‘Todos contra el miedo’. El Estado profundo vio la oportunidad de atraer a un sector tradicionalmente contestatario para enfrentar a la disidencia vasca y elevó el tono. Basta Ya se hizo cargo de otras movilizaciones, sustituyendo a los primeros compañeros de Imanol, y españolizó el mensaje.

Larzabal, abrumado y sin tiempo a ser consciente del bucle en el que había sido insertado, siguió la ola y fue absorbido por el tsunami ultra. Se «exilió», en España, con un eco extraordinario. Pasaron los meses, y su gesta desapareció de los noticieros. Olvidado por unos y por otros, falleció en Orihuela, creo recordar que con apenas 56 años, una población en la que hoy PP y Vox conforman mayoría absoluta.

Fue una manipulación de manual. Hoy, el recuerdo artístico de Imanol ha sido rescatado por su entorno y sus amigos de militancia anteriores a los sucesos narrados. Un tema delicado, pero necesario también. No me atrevería a decir que Imanol fue un «tonto útil» porque ya era mayor de edad y sabía lo que hacía. Pero hay maneras de ser manipulado sin que uno llegue a percibirlo.

A este tipo de manipulaciones, ampliamente debatidas durante décadas, y sin consenso entre sociólogos, sicólogos y politólogos sobre su naturaleza, se les ha denominado con el nombre de «aguja hipodérmica» o «bala mágica». Con la historia resumida de Imanol Larzabal la habrán intuido. Se trata de crear un estímulo, irrelevante la mayoría de las veces, y a través de los medios, lanzar una campaña de grandes dimensiones hacia los receptores, en su mayoría pasivos, para que reaccionen, modifiquen su opinión aún sin formar, o reciban los primeros mensajes de un tema que desconocen.

Es una información a las masas, a las que desean recibir un mensaje en determinada dirección, o a las más fácilmente manipulables. La Guerra de los Mundos de H. G. Wells que fue llevada a la radio, simulando en vivo la transmisión de una invasión marciana, es uno de los ejemplos palmarios de cómo las masas pueden ser manipuladas con estímulos apropiados. Los medios utilizados por Goebbels, el ministro de propaganda de la Alemania nazi, se llevan las exclusivas, pero la realidad es que la práctica está mucho más extendida que lo que se manifiesta a través de la historia.

Una realidad que desciframos cada día quienes estamos al corriente de los movimientos y estrategias políticas. Manipulaciones que en la mayoría de los casos nos parecen zafias, mal estructuradas, con emisores dudosos y con mensajes fraudulentos. Pero no hay que infravalorarlas a pesar de su débil construcción y de su relato inverosímil.

Los ejemplos se agolpan a miles. Una coalición internacional liderada por Washington invadió Iraq, desoló el país y mató a cientos de miles de civiles. La aguja hipodérmica que penetró en las masas fue la del peligro que generaban los iraquíes que habían construido y escondido «armas de destrucción masiva». Falso, pero eficiente.

Las agujas hipodérmicas que han insertado en la opinión pública española los dirigentes de ese Estado español que se tambalea hoy en su naturaleza tanto física como simbólica, han provocado un determinado estado de opinión del que hoy algunos de aquellos promotores se lamentan. Lamentan los éxitos electorales de Vox, cuando fueron ellos los que abrieron las puertas para crear un determinado estado de opinión favorable a intereses espurios. No supieron marcar una impronta propia y acabaron devorados por los mismos fantasmas endémicos de la España cañí.

Lo más trágico de estas «balas mágicas» reside en el hecho de que su trascendencia no es solo política o judicial, sino que siempre deja poso. El conjunto de la sociedad queda contaminado. Si el fraude a una concesión del RGI por un migrante es aireado de manera planificada, la opinión pública tragará con el mensaje de que los migrantes defraudan.

Si un hombre es agredido, en legítima defensa o no, por una mujer, su caso llega a las portadas y es expandido extraordinariamente, el mensaje que se transmite es evidente. Con que un par de jueces avalen ambas situaciones, la realidad habrá sido desvirtuada y nos encontraremos con un escenario virtual.

Las agujas hipodérmicas, las manipulaciones con estímulos irrelevantes, siguen a la orden del día. En la cercanía, Catalunya y Altsasu nos han dejado varios ejemplos notorios. En la lejanía, sucesos secundarios en Bolivia, Chile o Venezuela, intentan desviar la atención de una realidad obcecada: el poder de una minoría que busca mantener a las masas alejadas de su responsabilidad histórica.

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