Oskar Fernández
Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación

La violencia profundamente institucionalizada. Lizarra un escándalo de actuación

La violencia en sus diferentes manifestaciones y ámbitos sociales probablemente se materializó con toda su crueldad, convirtiéndose en algo inherente al ser humano, en el momento histórico en el que se produjo la transformación de unos seres cazadores y recolectores a personas sedentarias, que comenzaron a almacenar los excedentes de las cosechas. Por lo tanto el «Homo sapiens» lleva inmerso en el «uso de la fuerza para conseguir un fin, especialmente para dominar a alguien o imponer algo», desde hace aproximadamente entre 14000 y 9000 años.

La violencia extrema y desatada en su máxima expresión: la guerra, ha asolado el planeta Tierra desde tiempos inmemoriales. Tal vez una de esas primeras conculcaciones masivas y terroríficas de derechos humanos, que se tenga constancia y evidencias científicas, sea la que se desarrolló al sur de Mesopotamia, en la confluencia entre los grandes ríos Eufrates y Tigris, en Sumeria. Una región histórica de Oriente Medio y considerada la primera civilización del mundo.

Hace 4.500 años a.C., dos ciudades-estado de Sumeria, Lagash y Umma se enfrentaron en una guerra interminable. Sí, así es, fue por cuestiones puramente crematísticas.

Y desde entonces no ha habido, prácticamente, ni civilización ni época histórica que no se haya visto envuelta e inmersa en la violencia absoluta y apocalíptica que suponen las guerras.

Los llamados textos «sagrados», de una de las confesiones monoteístas más difundidas por todo el «orbe», el cristianismo, no ayudaron en absoluto a mitigar, dulcificar y hacer reflexionar al supuesto «rey de la creación» -creado, según esos textos, por dios «a su imagen y semejanza» para «dominar» sobre todos los animales, sobre toda la Tierra y «llenarla» mediante la procreación y «sojuzgarla»- sobre las terribles y brutales consecuencias del uso de la violencia tanto como medio para satisfacer apetencias individuales o como «gloriosos logros colectivos». Muy al contrario todos esos textos -que no resisten ni el más mínimo análisis a la luz de la ciencia- crearon y mostraron una «divinidad» con un carácter explosivo y una forma de pensar y actuar sumamente intransigente, intolerante y totalmente violenta.

Quien escribió e inventó los textos asignó a ese dios un perfil psicológico completamente humano.

Ese mismo texto bíblico también narraba el pasaje impresionante y de una brutalidad extrema en el que Abraham estuvo a punto de inmolar a su hijo Isaac.

Siguiendo con el Génesis, tan «preclaro y edificante», aparece en uno de sus capítulos la destrucción de dos ciudades Sodoma y Gomorra y de todos sus habitantes: hombres, mujeres, niños, niñas y personas ancianas bajo una «lluvia de azufre y fuego desde los cielos»; lo que supuso probablemente el primer bombardeo de la historia con napalm a dos poblaciones civiles, por el simple hecho de estar acusadas de sodomía, convirtiéndose la acción divino-bélica, también en la primera acción represiva, masiva y de exterminio de personas por el simple hecho de una determinada opción sexual. Y asentando las bases, para los siglos venideros, de una homofobia irracional, brutal e inhumana, pero eso sí, con toques divinos.

En el primer libro del Antiguo Testamento, el Génesis, ya aparecía una violencia lo suficientemente explicita, cruel y brutal como para que los y las destinatarias -de los supuestos textos divinos- se mantuviesen, como mínimo, fuera de la esfera de lo racional, del análisis, la reflexión, la tolerancia, la comprensión, la empatía, el diálogo y la paz.

A lo largo de los miles y miles de años de la historia de la humanidad -desde aquella primera civilización que surgió en Mesopotamia, hasta hoy en día, finalizando el primer cuarto del s. XXI- los seres humanos no han conocido otra cosa que la violencia desgarradora, aniquiladora y dantesca, tanto desde la esfera de lo público como desde la religiosa.

La violencia se ha convertido en medio, herramienta, instrumento, razón aplastante, destructiva y devastadora; patrimonio exclusivo y hegemónico de los Estados.

Se ha institucionalizado, ha traspasado todos los límites, llega a todos los ámbitos, abarca, de una u otra forma, a todas las instituciones y sobre todo, curiosa, increíble y contradictoriamente, también a las que por imperativo legal tienen como máxima, en su práctica cotidiana y diaria, salvaguardar la integridad de la ciudadanía, protegerla y defenderla. Pues bien, son esas precisamente, las que crean y originan una mayor conculcación de los derechos básicos y fundamentales de la ciudadanía y las que utilizan con mayor asiduidad la violencia explícita, llegando inclusive hasta la muerte.

La historia reciente, y totalmente actual, está saturada de este tipo de brutales y despiadadas actuaciones por parte de las llamadas «Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado».

En los Estados Unidos de Norteamérica, en el año 2013 surgía el movimiento “Black Lives Matter” -como consecuencia de la absolución de George Zimmerman por el «asesinato» del adolescente afroestadounidense Trayvon Martín como consecuencia de un disparo de bala- pero triste, deplorable y desoladoramente para la población afroamericana la inercia supremacista blanca, racista y xenófoba no cambiaba su aborrecible mentalidad ni un ápice.

Transcurridos siete años desde aquel violento y luctuoso suceso, en el año 2020, otro execrable asesinato cometido por un policía, Dereck Chauvin, con la permisividad y complicidad de sus tres compañeros, conmocionaba, la enésima vez, a la sociedad norteamericana. El mencionado policía durante casi nueve, interminables y terroríficos, minutos mantuvo una de sus rodillas sobre el cuello del afroestadounidense George Floyd hasta causarle la muerte. Floyd tendido en el suelo suplicaba que le dejase respirar.

Al otro lado del Atlántico, en Francia, la cuna de la primera revolución burguesa, el pasado año, 2022, trece personas perdían la vida a manos de la policía, una cifra escalofriante que se supone que tiene que «preocupar a la sociedad francesa». Pero al igual que en el oeste del mencionado océano los asesinatos no cesan, en el este tampoco.

Una nefasta y fatídica mañana de los primeros compases del estío, concretamente el 27 de junio, en un control de tráfico en Nanterre, un distrito de París, el joven de 17 años Nahel sufría un impacto de bala mortal disparado, prácticamente, a bocajarro.

Los dos agentes mintieron para intentar justificar el aborrecible, abominable y vil acto cometido. La existencia y divulgación de una videograbación dio al traste e invalidó su ominosa versión de los hechos.

Las inasumibles y aborrecibles actuaciones policiales abarcan a todos los estados y a todos los cuerpos.

Madrid, 2023, sábado por la noche del 15 de abril. La Policía Municipal detiene en el Barrio de Lavapiés a dos jóvenes marroquíes. Un señor de elevada edad, 75 años, se interesa por el estado físico de uno de ellos, debido al preocupante aspecto que ofrece. Las consecuencias para el anciano, por su encomiable acto cívico y humano de preocuparse por el estado físico del joven, que se encontraba tendido en el suelo, no pudieron ser más nefastas, desagradables y de auténtica pesadilla.

Terminó, él también, tirado al suelo, sin contemplaciones ni miramientos, por tres agentes, esposado, detenido y conducido a comisaría, como si se tratase de un peligroso y terrorífico criminal.

Él era Txepe Lara, productor cinematográfico, que unos años antes recibió el Premio Zinemira, galardón honorífico otorgado por el prestigioso y famoso Festival Internacional de Cine de San Sebastián, Zinemaldia.

Nuevamente una grabación en vídeo recogía la veracidad irrefutable de los hechos acaecidos y del testimonio del propio Txepe Lara.

Marzo había comenzado a desperezarse en el calendario, era viernes, día 3 del año 2023. Un joven de 16 años cruza por uno de los pasos de peatones del Barrio de Zabalgana (Vitoria - Gasteiz) con su patinete eléctrico. Un agente motorizado de la Policía Local le da el alto. El adolescente no se detiene, y comienza una desenfrenada persecución de dos agentes motorizados tras el presunto infractor de una norma de tráfico. Le dan alcance, en una zona ajardinada, le arrojan al suelo, «propinándole golpes en los testículos, en las piernas y en el rostro, rompiéndole el tabique nasal».

La versión policial aducía que se había caído, pero al igual que en el mencionado caso de Lavapiés, que en el de Nanterre, en el de George Floyd… en este también había una videograbación que desmentía categórica y tajantemente la ominosa declaración de los agentes implicados.

La pregunta es totalmente insoslayable: ¿qué les impulsó a los agentes, implicados en la brutal, injustificable, inadmisible y repudiable paliza al menor de edad, a actuar de una forma tan violenta, tan absolutamente desproporcionada, tan desmedida e increíblemente deshumanizada?

El pasado 4 de agosto, viernes, comenzaban las fiestas locales de Estella - Lizarra con una agresión violenta, extemporánea y completamente desmedida. Y se producía en el propio Ayuntamiento, en el balcón desde el que se proclamaba el inicio de los días festivos.
Una de las concejalas de la segunda formación más votada, Euskal Herria Bildu, Elisabeth Ciordia accedió al balcón de la casa consistorial a saludar con entusiasmo e ilusión el comienzo del periodo festivo, compartiendo esa desbordante alegría con todas las personas que se encontraban en la calle, ondeando una ikurriña.

Sí, has leído correctamente una ikurriña de pequeñas dimensiones. No era ni un kalashnikov ni una bomba ni una bengala de humo ni un instrumento cortante peligroso ni nada parecido. Pero esto último es lo que debió concebir e imaginar el jefe de la Policía Local cuando observó la pequeña ikurriña agitándose en el aire festivo, gozoso y distendido de ese momento. El mencionado personaje o sujeto accedió al balcón, y sin mediar palabra, repentinamente y por detrás de la edil, con violencia la agarró por el cuello y literalmente la sacó del balcón en volandas como si fuese una muñeca de trapo.

Las preguntas sobre esta repudiable y aborrecible actuación por parte de la persona que ostenta la jefatura de la Policía Local se agolpan y se amontonan frenéticamente en busca de una respuesta que pueda mínimamente explicar un comportamiento tan sumamente repudiable, intolerable e inaceptable.

¿Cuál era el inconcebible y sumamente peligroso y dañino crimen que estaba perpetrando la mencionada edil para que al funcionario local no se le pasase por su mente como primera y lógica medida el uso de la palabra, del raciocinio, del diálogo, del argumento para que Elisabeth Ciordia dejase de agitar al viento la ikurriña?

Si el símbolo que identifica a la CAV era el «objeto» que tenía que desaparecer de la visión de las personas congregadas ante la fachada principal ¿Por qué directamente no se lo arrebató sin tener que agredirla físicamente? Ella misma ha declarado que ha sufrido mucho dolor físico por la bárbara agresión cometida por la espalda.

Otra posibilidad hubiese sido conminarla mediante el uso imperativo de la palabra para deponer su entusiasmo y alegría agitando la bandera. Evidentemente había más posibilidades para llevar a cabo la acción de evitar que la ikurriña fuese vista desde el exterior del consistorio. Pero el responsable y jefe de ese cuerpo policial optó por la peor de todas ellas, por el uso abusivo e irracional de la fuerza física, sin previo aviso ni requerimiento de ningún tipo.

Una acción tan incomprensible, tan violenta, contra una edil de la corporación, en un ambiente festivo, tan desproporcionada… debiera de conllevar una apertura de expediente, un rechazo unánime por parte del Ayuntamiento, una explicación en un pleno por parte del concejal o concejala responsable del área donde se inscribe la Policía Local, una disculpa y petición de perdón por parte de la Alcaldesa como máxima responsable del municipio, una declaración de que jamás se volverá a repetir una agresión de esa índole tan brutal e inadmisible… Pero, evidentemente, nada de eso se llevará a cabo; porque en Estella - Lizarra gobierna la derecha extrema con la aquiescencia del PSN, que podía haber decantado con sus votos un gobierno progresista, pero que inexplicablemente prefirió no poner ningún tipo de obstáculos a una derecha totalmente retrógrada, ultraneoliberal, nacionalcatólica y anclada en una mentalidad medieval.

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