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¿Más «café para todos»?

Sostiene Iraeta en su artículo que la actual configuración administrativa del Estado español, creada con el fin de diluir el hecho diferencial de catalanes, gallegos y vascos, toca a su fin, por lo que los actuales gobernantes del PP se encuentran nerviosos y tratarán de inventar algo para evitar «otra vez» los acontecimientos que se aproximan. Partiendo de esa premisa, el autor trae a estas líneas su reflexión sobre las negociaciones y políticas de alianzas que en las últimas décadas han ignorado la voluntad de los votantes y han quedado olvidadas.

01/06/2012

Los actuales franquitos del PP están nerviosos, el «café para todos» con diecisiete autonomías que inventaron tratando de evitar el ejercicio de los derechos de catalanes, gallegos y vascos, toca a su fin. Claro que la culpa del desastre nunca será suya. Algo deberán inventar para evitar «otra vez» lo inevitable. No queda mucho tiempo, pero sus «cerebros» no están quietos, llevan meses sondeando a la sociedad española con diferentes alternativas que eviten lo que se aproxima.

De siempre es conocida la agilidad con que camina la vida política en el sur de Euskal Herria, de ahí que estimo interesante reflexionar sobre lo acontecido en los últimos tiempos.

Para introducirse en el «magma» político con la intención de valorar concreciones ideológicas que han sido olvidadas y negociaciones que ignoran la voluntad de los votantes, debe tenerse presente que en política las estrategias, proyectos y programas electorales tienen siempre el mismo objetivo prioritario: poder.

Si traemos al presente realidades vividas en el tiempo, podemos llegar a la conclusión de que en muy pocos años hemos pasado de la comedia a la tragedia y de esta al auto sacramental. Hemos tenido ante nosotros a un Felipe González rebosante de soberbia y mentiroso compulsivo, antes de verlo hundido y derrotado. También a José María Aznar López, que comenzó siendo objeto de los mimos del PNV de Xabier Arzalluz y, tras exhibir su tradicionalismo cejijunto y clerical, terminó siendo un «cafre franquista aprendiz de dictador». Para en la última década observar con atención a un José Luis Rodríguez Zapatero, político con clara y notoria inclinación al desarrollo pendular. Terminando con «otro» gallego que camina por la senda trazada por el ferrolano.

Si mantenemos la pretensión inicial de profundizar en el análisis político, sería un error enjuiciar las posibilidades de éxito de un aprendiz de dictador como el de Compostela, según criterios racionales como la coherencia de sus expresiones, su proximidad a la verdad o lo peligroso de ver ejecutadas sus amenazas.

Ahí no encontraremos lo esencial, sino en la capacidad de las personas para activar tendencias irracionales en el espíritu de las masas. De ahí que crea que puede afirmarse que las diferencias verdaderas que separan las divagaciones calculadas de un demagogo y la política al borde del abismo que practica solo vienen significadas por el grado de adhesión que cada uno de ellos concita en las masas. Es aquí donde, continuando en el análisis, deberíamos ser escrupulosamente comedidos, pues es innegable que todos somos «sujeto» de análisis.

Si analizamos a la persona de forma individual, podemos afirmar que todos hemos nacido en una comunidad étnica, y que nuestra pertenencia a esa comunidad es un hecho independiente de nosotros, ya que no elegimos nuestra nación, como tampoco elegimos nuestra familia. Por otro lado, nuestras posteriores relaciones con las personas, tanto sociales como políticas o profesionales, son básicamente resultado de nuestra elección.

Por lo tanto, podríamos pensar que solo nos obligan aquellas relaciones que elegimos. Sin embargo, en realidad tendemos a sentir lo contrario. Nos sentimos ligados por ambas, nación y familia, y consideramos la traición respecto a ellos como la falta más grave. De ahí que las personas que revelen a los demás confidencias de otras, tanto si lo hacen para obtener beneficios de cualquier índole como por capricho, son claramente culpables de deslealtad. Por eso decimos que tales personas «han traicionado nuestra confianza».

De idéntica manera, mantenemos la contradicción, y nos sentimos libres de abandonar, sin temor a la desaprobación, aquellas relaciones humanas que hemos elegido libremente; ser miembros de una organización política, por ejemplo.

No podemos mantener en nuestro análisis un mínimo de objetividad si no subrayamos que el trabajo político en el sur de Euskal Herria está conociendo uno de sus periodos más oscuros. No es casualidad, hay sobradas razones para ello. La dedicación prioritaria de algunos en defensa de sus intereses partidistas y personales, unida a la desleal y poco edificante confrontación pública que ante la sociedad están escenificando sin el más mínimo rubor, hace que una gran parte de esa sociedad manifieste su desprecio por el mundo de lo público, en especial por la clase política, y los ignora. Cierto que los ignora, lo que desgraciadamente hace mayor y más profunda la fachada detrás de la cual, tantos y tantos «electos» blindan su impunidad y esconden sus miserias.

Llegados en el análisis a la lucha partidaria y su inevitable mercado de «valores», debe explicarse con detenimiento, dada su importancia, que en la formación de una coalición de gobierno los partidos no eligen socio por criterio de proximidad ideológica, sino teniendo en cuenta las conveniencias del reparto de poder.

El reparto de poder entre los partidos coaligados se realiza en la mayor parte de los casos mediante la concesión de áreas enteras de gobierno o gestión a cada uno de los partidos, y no tiene que ser necesariamente proporcional al apoyo electoral obtenido por cada uno de ellos, ni al número de cargos con que cuenta, sino que suele depender de la fuerza que proporciona a un partido la posibilidad de incluso amenazar con unirse a otro en una diferente coalición.

Por otra parte, los intercambios de votos y favores pueden darse incluso entre distintos parlamentos, sin duda lejos de la intención de sus votantes.

En esta faceta del mercado del voto, es conocida la práctica de muchas formaciones políticas. No es de hoy, sino de la década de los ochenta del pasado siglo -veintiséis años- cuando la dirección del PNV, -encabezada por Xabier Arzalluz- pactó con Coalición Popular la formación de mayorías en los ayuntamientos de Bilbo y Gasteiz y en la Diputación foral de Araba, a favor de alcaldes y presidentes del PNV, dando a cambio su abstención en la elección de presidente de la Comunidad Foral de Navarra, para que pudiese ser elegido el candidato de Coalición Popular-Unión del Pueblo Navarro.

A pesar de que la historia nos indica otra cosa, opino que las actuales direcciones del PNV y del PSE poseen un núcleo con el cerebro más oxigenado que en otra época. También creo poder afirmar que en su mesa tienen ya a debate la constatación de que en ese «mañana» que se aproxima, si se evita la manipulación «legal» del electorado, el panorama político puede mostrarse considerablemente distinto.

Creo no equivocarme al afirmar que la salud democrática del sistema así lo requiere.

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