«Mitläufer»
No todos los alemanes –y otros europeos– fueron nazis. Pero millones fueron «Mitläufer»: los que siguen la corriente, clasificación oficial para los millones de alemanes que optaron por mirar hacia otro lado, aceptando lo inaceptable porque era lo normal, lo legal o lo conveniente. Los que pretendieron sobrevivir sin mancharse las manos.
Cuando miramos atrás, nos preguntamos cómo fue posible. Cómo una sociedad entera pudo convivir con el horror, con un genocidio perpetrado en sus narices. La respuesta puede ser: porque la mayoría no se sintió responsable.
En los libros y en el cine hemos visto una y otra vez el relato de héroes y villanos enfrentados en una lucha narrada en términos de grandeza –y bajeza– moral. Y siempre hemos sabido cuál sería (es) nuestro bando. «Yo jamás permitiría algo así», pensamos.
Después juzgamos con dureza que permitieran semejante salvajada. Sin dudarlo, creemos que estaríamos del lado correcto de la historia. Pero basta levantar la vista de la pantalla del móvil y mirar al mundo para vernos obligados a responder a nuestra propia pregunta incómoda: ¿seguro que es así?
Vivimos rodeados de guerras, de genocidios (en plural), de pueblos enteros condenados al hambre, al exilio, a la esclavitud o a la desaparición. Sudán, Siria, Yemen, Kurdistán, etc. Las rutas migratorias convertidas en fosas comunes…, y, sin embargo, seguimos viviendo como si no sucediera: trabajamos, consumimos, celebramos. Como entonces en Berlín.
En este mundo roto, descosido y herido de muerte en el que nos ha tocado vivir, Palestina ocupa un lugar especial en el paisaje global del horror, porque es el símbolo de todas las luchas: une en sí misma todas las causas y motivaciones del resto de crímenes, expolios y matanzas. Y además sucede después de Auschwitz y su «nunca más».
Si el sionismo vence, arrasará con todo lo humano que queda. Y frente a eso, ¿qué hacemos? Decirnos que es complejo, que no es nuestro conflicto, que no podemos hacer nada. Exactamente lo mismo que se dijeron los Mitläufer.
Hoy no se nos pide heroísmo, pero debemos exigirnos algo infinitamente más incómodo: no mirar hacia otro lado, no claudicar ante la deshumanización, no convertir los genocidios en ese tema incómodo que es mejor evitar.
Los Mitläufer no pensaban estar en el lado equivocado. Nosotros tampoco. Pero sabemos que la Historia, aunque no se repite, a veces rima.
La cuestión no es qué dirá la Historia dentro de cincuenta años. La cuestión es qué dirás cuando alguien pregunte qué hiciste mientras ocurría.
En nuestros pueblos y barrios hay infinidad de iniciativas contra el sionismo a las que puedes unirte: charlas, concentraciones, manifestaciones. También pequeñas acciones como consumir con responsabilidad, evitando los comercios y productos que se lucran y financian el sionismo.
No dejes pasar la oportunidad. El año que llega puede redimirnos. 2026, el año en que dejamos de ser Mitläufer.