Ander Berrojalbiz y Javier Rodríguez Hidalgo
Músico y traductor

Nada de normalidad para los niños

La izquierda ha encontrado en el nuevo autoritarismo una manera de asimilar que ese futuro tremendo es cada vez menos futuro y cada vez más tremendo.

Mientras juntamos estas palabras, los periódicos se llenan de titulares que afirman que el país «se asoma a la normalidad de siempre». Nada se dice sobre el mantenimiento en los colegios de la imposición de la mascarilla (incluso al aire libre) y otras burbujas y protocolos desquiciantes. Una vez más, los niños sólo existen como una carga que se debe «gestionar». Así, ahora que tras el principio de curso, niños y jóvenes, junto con las personas que viven en residencias, son los que más restringida siguen teniendo su vida (dentro y fuera de los centros educativos o de las residencias de ancianos), creemos pertinente recuperar, con ligeras variaciones, estas líneas que hace ya seis meses publicamos en el libro "Los penúltimos días de la humanidad" (Pepitas de Calabaza Ed.):

En el balance de la gestión de la epidemia de covid-19, sus responsables pueden presentar a su favor las decenas de miles de vidas que, según diversas modelizaciones matemáticas, las restricciones aseguran haber salvado. El saldo negativo es, entre otras cosas, una desmoralización colectiva, la destrucción de la atención primaria y una debacle económica duradera. Pero sobre todo estará sirviendo para adiestrar en la doctrina del catastrofismo de urgencia a toda una generación, que podrá hacerse una idea de cómo se resolverán los futuros problemas a los que deberá hacer frente la sociedad industrial en las próximas décadas. En último término, esta crisis ha servido como indicador de nuestra incapacidad para aceptar un desencanto que promete ser cada vez más desagradable, para proyectarnos en un futuro que no está tardando en llegar. Nuestro acatamiento de las consignas sanitarias no es un signo de «resiliencia» sino, al contrario, de rigidez. En lugar de mostrar a niños y jóvenes la serenidad y la entereza que requiere la fragilidad de una vida que habíamos creído cómoda y con una solidez a prueba de bombas, se ha preferido la asunción de consignas en la ignorancia, que es algo bien distinto.

Esta renuncia a ejercer la libertad de crítica no tiene nada de original por parte de todos aquellos individuos –periodistas, profesores de universidad, intelectuales– que nos tienen ya acostumbrados a no meter ruido sin permiso. Con todo, lo más grave no es el silencio o la timidez de ciertos sectores de los que cabía esperar al menos un rechazo más contundente a la política gubernamental, sino que a menudo las nuevas ideologías de la crítica social han servido más para apuntalar el desastre que para cuestionar con más lucidez lo que estaba pasando. Concretamente, si la llamada «teoría de los cuidados» servía para algo, el primer confinamiento era el momento de demostrarlo. Cuando nueve millones de súbditos de la Corona española se encontraron encerrados en sus casas durante seis semanas por ser menores de edad, el discurso de los cuidados se centró exclusivamente en quién iba a hacerse cargo de ellos durante ese tiempo; es decir, esos menores pasaban a ser un simple fardo cuyo peso se debía compartir. No es que la cuestión no tuviera su importancia, pero lo prioritario habría sido más bien preguntarse si el acatamiento de semejante régimen de secuestro más o menos legal, pero a todas luces arbitrario, puede considerarse una forma de «cuidar» a alguien. En otras palabras, lo crucial no era sólo quién cuida, sino para qué se cuida o, en sustancia, qué es cuidar.

Por otra parte, algunos sectores del ecologismo han entendido bien que la gestión de la crisis ha dejado claro cuán necesaria será la concentración de poderes para hacer frente a los desastres futuros. Porque para el calentamiento climático o el declive de recursos energéticos y de otro tipo no habrá vacuna que valga, y entonces ni siquiera la disciplina de cuartel en que se nos está adiestrando últimamente podrá garantizar la salida a unas crisis de escasez y unos desórdenes sociales que dejarán pequeño a este virus. «Una de las cosas que hemos visto con la covid es cómo un Gobierno debe abordar una emergencia verdadera: no sugieres a la gente que se quede en casa, sino que se lo ordenas: debes quedarte en casa. E impones sanciones. Y además te aseguras de cuidar las vidas. Hay mucho que aprender de las mejores respuestas a la covid», decía Naomi Klein en una entrevista concedida al diario "El País" (21/02/2021). Así, si hasta ahora el ecologismo nos tenía acostumbrados a la idea de que la anomia general es algo que puede combatirse con «campañas de concienciación», ahora sucede lo contrario: la apatía de las poblaciones no es un problema más de la catástrofe ya en curso (de hecho, a nuestro juicio, el problema fundamental) sino, al revés, la clave que permitirá reeducar a la neohumanidad en la aceptación de consignas sostenibles.

La izquierda ha encontrado en el nuevo autoritarismo una manera de asimilar que ese futuro tremendo es cada vez menos futuro y cada vez más tremendo. Contra ese autoritarismo tendrán que rebelarse los jóvenes del futuro, y tarde o temprano se producirá un intento de ruptura respecto al cinismo de la desposesión progresiva. Cuando tal agitación llegue a materializarse un día, por muy minoritaria que sea, no lo hará por la exigencia de poder acceder a esa abundancia de que han disfrutado sus padres y que se les niega a ellos, sino precisamente para rechazar todo lo que las sociedades de la opulencia tenían de supuestamente bueno y deseable. Quizá no sepamos reconocer esa rebelión cuando aparezca. Lo que parece obvio es que no será tan elogiada como el insoportable discurso de Greta Thunberg en la ONU, sino que nos resultará incomprensible y aun bárbara; tal vez más propia de un ascetismo aberrante que de una protesta social. En todo caso, su aparición no es inminente, porque a esos niños y jóvenes aún les queda mucho que sufrir y demasiadas apreturas que soportar antes de que sea evidente lo irreversible de esta situación de encuadramiento colectivo, si bien todo gesto de desobediencia por salvar la dignidad influirá, desde hoy mismo, en el porvenir de esos futuros adultos.

Search