Jonathan Martínez
Investigador en comunicación

Okupofobia

La realidad es que los casos de allanamiento de morada son estadísticamente irrelevantes y las usurpaciones corresponden en esencia a espacios abandonados y a propiedades de los bancos

Al calor de agosto asoman las serpientes de verano, esas noticias intrascendentes, a menudo disparatadas, que engordan los periódicos y los matinales televisivos durante la sequía informativa estival. Los parlamentos se detienen, las redacciones se aligeran y los becarios asumen la tarea heroica de buscar noticias seductoras donde no hay noticia ni seducción. Así es como el rescate de un gato o la picadura de una medusa pueden terminar colapsando las portadas de los periódicos y protagonizando apasionados análisis en las tertulias radiofónicas. El aburrimiento elevado a actualidad.

Algunas veces, sin embargo, las serpientes veraniegas no se resignan a su naturaleza anecdótica y crecen hasta alcanzar la envergadura mitológica de un dragón chino. Aún recuerdo el verano de 2017. La chavalada salió a la calle para alzar la voz contra la precariedad del sector turístico y los medios se emborracharon con un cóctel indigesto de criminalización de la protesta. Incluso acuñaron un palabro. Turismofobia. Algún periodista con cierta sobredosis de osadía llegó a atribuir el atentado de Las Ramblas a la influencia perniciosa de los muchachos turismófobos. Un saludo, Lluís Bassets.

Este año le ha tocado el turno a la okupación y se nos ha llenado la prensa de un pánico prefabricado que apesta a la legua. Conectamos con Gustavo Enrique, el apenado vecino de La Moraleja que ha salido a pasear su chihuahua y en un descuido le ha entrado en casa una familia de nigerianos. Los muy ingratos no solo se han apoderado del mayordomo sino que además se han trincado el champán del minibar y se pasan el día haciendo largos en la piscina. A trescientos kilómetros de allí, en un desolado pueblo de Albacete, María Mercedes ha sintonizado el informativo de Matías Prats y ahora vive con miedo a que un desconocido le arrebate la buhardilla que habrá terminado de pagar después de cuarenta años de hipoteca.

Dicen que cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo. En verano de 2017, los jóvenes señalaban la luna de la precariedad laboral y los medios miraban el dedo de las pintadas. Ahora, los activistas señalan la luna de los desahucios mientras los medios atienden al dedo de los vecinos conflictivos. Pero la mirada extraviada de la prensa no responde a ninguna clase de necedad sino a una calculada estratagema. La defensa del gran propietario. La demonización de la pobreza. El odio inducido del penúltimo contra el último.

Las tormentas mediáticas siguen un esquema tan previsible como eficaz y aquellos que se tiene por librepensadores siempre son quienes terminan repitiendo con más ahínco las consignas que han absorbido como dóciles papagayos. Que la propiedad privada está por encima de todo. Que si tanto te gustan los okupas por qué no los metes en tu casa. En fin, un previsible y manoseado etcétera de desiertos argumentales. Mientras tanto, bodrios delirantes como “Espejo Público” convierten la anécdota en categoría y hacen de la okupación una especie de emergencia pública.

En medio de una crisis sanitaria sin precedentes, con un rey dado a la fuga, periódicos como “El Mundo” o canales como “Antena3” desperdician tinta y horas de parrilla hablando de «okupación» con titulares sensacionalistas o simplemente falsos. La realidad es que los casos de allanamiento de morada son estadísticamente irrelevantes y las usurpaciones corresponden en esencia a espacios abandonados y a propiedades de los bancos. Pero a las serpientes / dragones de verano no les importan los datos sino el éxtasis morboso y el escandalito de pacotilla. Humillar al despojado y glorificar al rico. El miedo como línea editorial.

La semana pasada, varios medios viralizaban el vídeo de una mujer que había okupado  –decían– una vivienda y que reclamaba a la propietaria la presencia de un abogado. Okupas que se aprovechan de la ley, clamaba la derecha populista. Con el tiempo asomó la verdad. Que la mujer estaba tratando de ayudar a una familia con tres niños en situación de vulnerabilidad y que el inmueble llevaba abandonado desde 2013. A la protagonista del vídeo le cayó su ración de hostigamiento y amenazas. Buen trabajo, okupófobos.

Este próximo mes de septiembre se cumplen nueve años del desalojo de Kukutza. Las tanquetas de la Ertzaintza desfilaban por el barrio de Rekalde mientras los foros policiales españoles ardían de entusiasmo. Que si las tanquetas están para usarlas. Que si leña a los proetarras. Aquellos días vi bocachas que disparaban a bocajarro. Siete meses después mataron a Cabacas. En medio de la violencia policial, una grúa demolía cinco pisos de sueños colectivos. Nos juraron que el derribo era una necesidad urgente pero el solar pasó a ser un páramo en desuso. Un grafiti en la azotea resumía el atropello. «Vosotros por dinero, nosotras por placer».

Cuando el poder arremete contra Kukutza no está arremetiendo contra un edificio. Ni siquiera contra la gente que lo rehabilita, lo adecenta, lo ilumina y lo habita. Cada vez que agreden al movimiento okupa están agrediendo a una forma de organización comunal donde no interviene la lógica mercantil del máximo beneficio. Agreden a jóvenes combativos y organizados al margen del ocio privado. El centro social y la autogestión son un desafío para aquellos que han querido convertir los centros comerciales en la nueva ágora de la polis capitalista.

Hablar de okupación es hablar de asambleas, de conciertos, de ciclos de cine y de comedores sociales. Hablar de okupación es, si se quiere, hablar de familias desesperadas que recuperan espacios abandonados por el frenesí especulador. Las expresiones de incivismo, que también existen entre propietarios, son minoritarias y ajenas a un movimiento noble movido por la conciencia política o por una extrema necesidad.

Esta ráfaga de okupofobia no nos despista de lo esencial. Que no se trafica con derechos fundamentales como el derecho a la vivienda. Y que los reptiles de verano, tan venenosos en agosto, se extinguen sin pena ni gloria en septiembre.

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