Orlando García Fiel
Bilkide

Pandemia: negocio y criminalización

¿Debemos concluir, por tanto, que la pandemia ha sido pura ficción y contubernio de los grandes centros de poder mundiales para someter a la población y dar una vuelta de tuerca a las aspiraciones de democracia y justicia a escala global? Seguramente, no; y, si así fuera, tampoco podríamos demostrarlo.

Miedo, miedo, miedo. Ese personaje invisible que tanto poder ostenta y cuyo creador permanece, en ocasiones, oculto bajo la máscara de la prudencia, el futuro, el probable desastre colectivo, el bien común o la salud pública. Tótems todos ellos aparentemente irrebatibles, pero que se deshacen como azucarillos si nos formulamos la legendaria pregunta que el republicano Cicerón tanto utilizó para combatir la dictadura de Julio César y quedó asentado en el derecho romano: Qui prodest. ¿A quién beneficia?
En épocas de estrés social, catástrofes (reales o inventadas), guerras, crisis económicas o pandemias se produce un fenómeno de abatimiento colectivo y de sensación de inseguridad que impulsa a la inmensa mayoría de una población a someterse acríticamente a cuantas barbaridades y desatinos se le trasladen desde el poder o, en ocasiones, desde el contrapoder al estilo de las proclamas fascistas, que engordan en tiempos de desorientación y crisis generalizada.
Al principio de la gran campaña desatada por los medios respecto al Covid, a los estrategas del control social, que se confunden habitualmente con los editoriales y propietarios de la mayoría de medios de «comunicación», se les escapó aquella, al parecer, incontrovertible evidencia de que una vacuna para tener una mínima fiabilidad debería estar sometida a pruebas recurrentes durante al menos dos años. Seis o siete meses más tarde dejaron de incidir en esta idea y aparecieron las primeras «sustancias», cuya producción se repartieron entre las principales multinacionales del medicamento y la industria química. Ya no era necesario esperar tanto tiempo.
Los estamentos políticos de tantos estados a la vez urgieron a los productores a sacar algo al mercado porque la falta de respuestas que ofrecer, el cese en el flujo de esperanza hacia la población y la ausencia de soluciones a la ciudadanía son los únicos tres bálsamos de los que un político al uso no puede prescindir.
Todo ello auguraba beneficios extraordinarios para dichas empresas, (escasa oferta y monumental demanda); además de proporcionar a los responsables políticos un colchón bien mullido que pudiese amortiguar el peso de las numerosas contradicciones, falta de evidencias científicas y falsedades que se irían conociendo posteriormente y que también serían debidamente minimizadas por los medios.
Paralelamente se emprendió una campaña gigantesca de pensamiento único, que evitaba cualquier debate donde todos los contertulios no apoyaran dicho pensamiento y donde cualquier análisis mínimamente riguroso sobre todo lo relacionado con la pandemia quedaba enterrado en el ostracismo más inmundo.
Dicha campaña, orquestada conjuntamente y de modo ya casi espontáneo, entre estamentos políticos y «periodísticos» incidía en la criminalización descarnada y simplona de los que ponían en duda la versión oficial. Se tachó de antivacunas a todos los que rechazaban esta vacuna y probablemente, no muchas otras. Se les llegó a comparar con terraplanistas y negacionistas acusándoles de locos peligrosos. Se fomentó la delación entre ciudadanos para que se acusara y vigilara al vecino o a quien no cumplía la multitud de prohibiciones, muchas de ellas absurdas, pero que protegían al político de turno de probables acusaciones de laxitud.
¿Quién no recuerda a los «policías de balcón» y a los imbéciles que velaban por el cumplimiento estricto de las prohibiciones al estilo patrullero engullendo sin pestañear las proclamas y amenazas oficiales? ¿Quién no ha observado el mutis lapidario que se ha instalado en las instancias políticas sobre la más patente transgresión masiva de derechos que se ha cometido en las últimas décadas; es decir, el pasaporte covid? Quizás pretendan hacernos olvidar lo que algunos tribunales señalen en un futuro.

¿Debemos concluir, por tanto, que la pandemia ha sido pura ficción y contubernio de los grandes centros de poder mundiales para someter a la población y dar una vuelta de tuerca a las aspiraciones de democracia y justicia a escala global? Seguramente, no; y, si así fuera, tampoco podríamos demostrarlo.

Tal aseveración entraría a formar parte del argumentario tachado de «conspiranoico» por aquellos que piensan que esas prácticas eran propias del pérfido César Borgia y algunos otros nobles y clérigos de la época, pero que ya habrían quedado desterradas, precisamente ahora que la variedad de intereses y su peso económico es exponencialmente mayor que el que nunca hubo, hecho que induce a sostener justo lo contrario.

Sin embargo, ¿alguien puede realmente mantener que la inmensa información que este terremoto ha producido para estrategas, sociólogos, grupos de presión, cuerpos represivos, fundaciones de partidos, tea parties de todo pelo y condición y lobbies económicos e ideológicos no se van a utilizar en un futuro para socavar aún más la frágil situación de las clases populares y para fortalecer los mecanismos de control presente y futuro de la población? Nadie ha chistado. Nadie ha levantado la voz. EH Bildu entró también en ese saco aunque percibí que, más tarde, se puso más de perfil. Más vale tarde que nunca.

Un viejo conocido me puntualizaba recientemente su condición principal de «hijo del marxismo» sin más calificativos, pero, inmediatamente y alzando ligeramente la voz, se reclamaba admirador de la Revolución francesa y la ilustración en derechos fundamentales, individuales y colectivos, herencia culinaria ausente en otras sociedades que aplicaron el leninismo sin más ingredientes porque no se recogían en su cultura política.

La gente de izquierdas en Euskal Herria no renunciaría nunca a unas conquistas en derechos, cuyo valor han despreciado algunos prebostes de la «izquierda» política y mediática desempolvando ramalazos autoritarios en la imposición de medidas sin contraste ni evidencia científica. Cuidado con los atajos, Rousseau permanece; Robespierre provocó la vuelta atrás.

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