Pensar en la oscuridad

Sí, un pequeño 1998. Otra vez la amargura de perder las colonias, en este caso interiores, a manos de una posible democracia. La institucionalidad ha perdido sus límites y es muy difícil, por ejemplo, percibir las fronteras entre el poder judicial y el poder ejecutivo que, sin embargo, obran de consuno para sujetar brotes sólidos de libertad

06/01/2020

Es como un pequeño 98. España crepita en la oscuridad. Todo cruje. En los largos pasillos del poder se amontonan los muebles desbaratados. Se habla del orgullo español, pero más que de orgullo debiéramos hablar de desdén generado en la impotencia.

Sí, un pequeño 1998. Otra vez la amargura de perder las colonias, en este caso interiores, a manos de una posible democracia. La institucionalidad ha perdido sus límites y es muy difícil, por ejemplo, percibir las fronteras entre el poder judicial y el poder ejecutivo que, sin embargo, obran de consuno para sujetar brotes sólidos de libertad. Han perdido sus límites un poder central sin proyectos nacionales determinantes y una estructura autonómica que vive ya en la anarquía de un soberanismo inconcreto. Ha perdido sus capacidades un parlamento dormido que asiste a la manipulación corrompida de leyes esenciales, como sucede con las legislaciones referidas a los salarios y las pensiones. España es un mundo tribal abandonado a si mismo y sin carta de navegación política.

En todo lo anterior y otros quebrantos públicos he meditado especialmente durante los últimos días, que en sucesión inmediata han sido marco de dos acontecimientos repletos de significado: el alzamiento de León –la región más antigua de España (Euskal Herría y Catalunya son naciones)– frente a una Castilla que apagó despreciativamente la historia leonesa, y el pasmo europeo ante el resurgimiento seruendo de lo penal como definidor de la libertad política en el Estado español. Esto último, de extraordinaria significación para una Unión que pierde sus hilvanes, se magnificó con la publicación del desabrido documento en que la Abogacía del Estado español emite criterio acerca de la situación del Sr. Junqueras como eurodiputado en prisión ¡Más valiera a tan exquisitos funcionarios que los dedos se les hubieran quedado yertos sobre el teclado del ordenador antes que alumbrar tal desquiciado papel!

Reconoce la Abogacía del Estado que el Tribunal Europeo es instancia superior a las jurisdicciones nacionales que juzgan de puertas adentro a los ciudadanos de cada Estado. Y que según esa legislación el Sr. Junqueras es inmune a la prisión como parlamentario europeo. «¡Ahí, ahí!», pensé yo como antiguo estudioso de leyes. Pero tras la cabal conclusión la mencionada abogacía añade que el preso ha de continuar siéndolo en virtud de la sentencia emitida por el Tribunal Supremo español, que halló sedicioso al líder de la izquierda catalana. Al llegar a este punto del papel me dije: «He aquí un preso bien preso, pero que debiera estar en la calle». El problema es para enterados, pues parece ser que el remedio a tal galimatías sería que el Sr. Junqueras vaya libre a Bruselas para atender a su trabajo de parlamentario inmune, pero acompañado de dos policías que le retornen luego a la cárcel española por haber agotado la reserva de inmunidad, con lo que se creará la figura de la libertad política con kilométrico. Fue al llegar a tal cosa cuando acudió en mi ayuda un refrán popular que reza: «El que no quiera vivir sino entre justos, viva en el desierto».

Repito: España vive un pequeño 98 –si tenemos en cuenta las dimensiones del escenario actual–: el mismo recurso a la grandilocuencia vacía –pero ahora en versión empobrecida–; el mismo torrente de mutuas y vulgares acusaciones entre los parlamentarios; el mismo recuerdo de glorias patrióticas escarnecidas –¿de qué glorias?–; idéntica vaciedad de proyecto político; idéntico juego con un próximo apocalipsis –como si los españoles tuviéramos ya algo que perder–; semejantes maniobras en torno a la corona… El panorama del pensamiento, principalmente político, es de una desolación triste, con un recurso falsario a la voluntad nacional, que es manejada como un puro señuelo de la democracia inexistente. Esos políticos desconocen esa voluntad nacional en cuanto parece mostrarse en una manifestación o cualquier tipo de protesta, que de inmediato puede ser juzgada como pretensión terrorista. El manejo impúdico de esa voluntad me recuerda un pasaje luminoso del mejor Tocqueville en ‘‘La democracia en América’’: «La voluntad nacional es una de las palabras de las que los intrigantes de todos los tiempos y los déspotas de todas las épocas han abusado más. Unos han visto su expresión en los sufragios comprados por algunos agentes del poder; otros en los votos de una minoría interesada o temerosa; y los hay, incluso, que la han percibido plenamente formulada en el silencio de los pueblos y han deducido que del hecho de la obediencia nacía para ellos el derecho del mando». Esto lo escribía el agudo francés durante su viaje por los jóvenes Estados Unidos en el año 1830.

La Europa que ya no se asombra por nada o ante nada aún mira con aprensión a esa España montaraz que consume su más sólido recuerdo en la rememoración de los más abyectos y sanguinarios dictadores. En la justicia que ama España no cabe la libertad.

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