Pirómanos de corbata
Hace ya algún tiempo, me propuse abandonar progresivamente el castellano, hasta conseguir vivir en euskara, consciente, eso sí, de las situaciones que −de uno y otro signo− en la práctica, dificultarían mi propósito.
Son muchos los ejemplos que podría citar, pero me quedo con el que voy a relatar a continuación.
El que firma este artículo visita la ciudad de Irún con cierta frecuencia, dada la proximidad con mi domicilio, y es en una de sus cafeterías más conocidas, donde fui abordado por varias personas de avanzada edad.
No conocía a ninguno de aquellos señores, de los que uno, y tras el saludo de rigor, me dirigió una pregunta rápida y directa, esta: «¿Josu, no les vas a responder como merecen a esos pirómanos de corbata?»
El que uno de ellos estuviera leyendo el diario GARA, me ayudó a situarme, de manera que tras unos minutos de conversación y cuando observaron mi intención de marcharme, el mismo señor de antes, se despidió diciendo: «Si no les hacemos frente ahora, luego será tarde».
Hoy, aceptando su invitación, comienzo señalando que gracias a cerebros de tamaño más que considerable, estamos hoy escuchando lo que, hace ya tres lustros y desde un periódico de tirada estatal, cuyo consejo de administración se autodefine como «independiente pero no neutral», abría portada afirmando que la «derecha natural española», trabajaba la hipótesis de ilegalizar EH Bildu.
Esto no es solo una hipótesis que baraja la reacción española, es otra cosa bien distinta, es un caballo en el tablero, lleno de movilidad, preparado para hacer daño. Es una muestra más de que el continuismo es la médula del sistema político español.
Es, pues, esto que llamamos democracia, un proceso inacabable en el que tienen cabida multitud de idearios y filosofías, con cuya praxis podemos encontrarnos sistemas como el que nos ofrece la extrema derecha española.
Sistemas que desarrollan un entorno progresivamente nihilista, que defiende sus intereses, fomentando una sociedad claramente víctima del marketing, donde las ideas son juguetes y las palabras carecen de seriedad.
Un sistema donde solo quienes pertenecen a la «tribu» y pueden apelar a determinada «experiencia acumulada», no serán quemados en la hoguera.
Ofrecen, pues, un sistema que se degrada a sí mismo, adoptando como propios, comportamientos fuera de lo racional. Un sistema que eleva a la cúspide de «su «democracia», a personajes que, con sus excesos −no solo verbales−, muestran la inequívoca inducción del típico burgués contrarrevolucionario.
Un sistema que hace buena una filosofía que piensa y pronuncia frases como las que se escuchan en la capital del reino, evoca la visión del pasado, es más, nos traslada a él.
Un sistema que, a través de uno de sus portavoces más cualificados, propone otra victoria del totalitarismo, ya que, en sus juicios públicos, se separa y huye premeditadamente de la realidad, situándose muy próximo a la filosofía que caracterizó a los sucesivos «gabinetes» del golpista Franco.
Vivimos una época de «pactos», un sistema en el que entran monárquicos y republicanos, izquierdas y derechas. Un sistema plagado de tópicos, talantes, frases hechas y actitudes estudiadas.
Es esta filosofía de pactos plagados de oscuras incógnitas y mucha «bastardilla», que el tiempo se encaja de despejar, la que induce a personajes como el señor Lehendakari a tomar parte en el tinglado.
Es la otra «cara» del pacto, la que cierra el acuerdo. La que pretende ignorar e ignora, que nadie que se diga demócrata está legitimado para imponer condiciones en el camino de recuperar los derechos inherentes al pueblo que se dice representar.
Sólo en un régimen que «dice» ser democrático, pude prosperar el que alguien con representación gubernamental, pueda considerar, una guía democrática de comportamiento, señalar, acusar y acorralar a personas y colectivos ante la opinión pública, sin el más mínimo rigor ni respeto alguno a la presunción de inocencia.
Es sin duda un comportamiento anómalo e inadmisible, además de un grave error que pudiera ser irreversible. El buscar y provocar la violencia como acción política, para intentar deslegitimar los derechos de la primera organización política de Euskal Herria, no es propio de un representante con cartera de gobierno.
En un párrafo anterior afirmaba que hay quienes parecen lo que no son, siendo −de hecho− un producto que adultera la opinión pública. También los hay que, con sus brillantes intervenciones parlamentarias, se han hecho acreedores de una distinción. Es por eso que no quiero finalizar sin mencionar y aplaudir, a quien para mantener el «status» que le regalaron no hace mucho, ha considerado «oportuno» un discurso brillante y fervoroso, pero también zafio, y ajeno a cualquier sistema democrático.
Finalizo recordando la cabecera de este artículo, con la intención de que quienes «todavía» no se sienten parte de la sociedad vascoparlante, pero viven y trabajan por una Euskal Herria libre y euskaldún, vean reflejadas sus acertadas inquietudes.
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