Antonio Alvarez-Solís
Periodista

Precisamos con urgencia la V Internacional

La falta de una conciencia de clase es una de las señas actuales de identidad de la lucha obrera, lo que ha «esterilizado la gran lucha por la redención social». Esto es, según el autor, «lo que obliga a una refundación de una Internacional» cuyo sello sería «la realidad de lo precario como definición del mundo que padecemos».

Tal vez el principal problema con que tropiezan los numerosos movimientos populares que se oponen tan dispersamente al neocapitalismo, ya tan resquebrajado por dentro, esté en la falta de una organización con una denominación común y una presencia solidaria que suscite y potencie la unidad de esas manifestaciones y con ello multiplique sus sinergias y facilite su toma de conciencia universal.

En la batalla social es muy importante contar con una estimulante referencia colectiva. Equivale a cobrar vida y suscita disciplina. La marca aglutina, rompe la sensación de aislamiento y ampara contra el miedo que apareja la soledad. La gran lucha obrera frente al capitalismo burgués fue posible gracias a las tres primeras Internacionales, que constituyeron el ámbito en que nació la conciencia proletaria como poderosa fuerza política unitaria. Esas Internacionales crearon y desarrollaron una doctrina que dio cuerpo al proletariado. Las acciones proletarias, dispersas hasta entonces, eran frágiles y pagaban un elevado tributo de sufrimiento y de fracaso en sus enfrentamientos con una sociedad burguesa dominadora absoluta de la estructura política y legal que constituye el Estado. Las Internacionales remediaron en buena parte esa dispersión y obligaron a su adversario de clase a flexibilizar su oposición violenta y doctrinal frente a la lucha obrera, que cobró personalidad y eficacia con su universalización. La figura del proletario adquirió un perfil muy importante hasta el momento en que el socialismo de la II Internacional cedió en su lealtad al obrerismo, al que sumergió en un bodrio de morales y procederes capitalistas gradualistas que introdujeron una profunda división sociológica en el mundo del trabajo.


Cuando aconteció la traición socialista la figura del proletario fue desapareciendo en las naciones más desarrolladas materialmente –buena parte de él se revistió formalmente de clase media de escaso vuelo– y sus restos, así como las masas tercermundistas que eran incorporadas colonialmente al mundo burgués, se refugiaron en la III Internacional, abatida al poco tiempo tanto desde su interior por minorías tecnocráticas tentadas por una forma de vida materialmente más suntuaria –un querido embajador soviético me dijo irónicamente que las braguitas Dior le estaban haciendo mucho daño a la URSS– como desde el núcleo duro del capitalismo mediante el recurso a la violencia culminada en varias guerras de largo alcance. Trotski, un idealista de la revolución comunista, intentó en vano prolongar la pasión del viejo proletariado con su doctrina de la revolución permanente, definida en la IV Internacional, pero esto es una triste y sabida historia que ahora no viene el caso.

Recordada ya sumariamente la sucesión de las Internacionales llegamos al día de hoy, donde también ha desaparecido el principio presuntamente transformador de la sociedad –el napoleónico bastón de mariscal que según Napoleón llevaba cada soldado en su mochila– que había creado cínicamente el capitalismo burgués para encaramar sus ideas sobre la libertad, la democracia y el mercado a la cucaña del pensamiento único y fascista. El liberalismo fue sacrificado a un poder dictatorial sin más ambición que la pervivencia y engrandecimiento de sí mismo. La democracia se disolvió en un derecho institucionalizado mediante un proceso de autogeneración. Y el mercado fue intervenido en favor de los Estados más poderosos.


En qué momento se encuentra ahora la lucha obrera? Ante todo resulta evidente su desconexión, aunque su goteo sea creciente. La falta de una conciencia de clase esteriliza en buena medida las protestas, lo que facilita al poder la represión consiguiente. Una cifra muy elevada de trabajadores duda entre su calidad de tales y la resituación en un plano más elevado de consideración social, lo que ha facilitado al fascismo neoliberal la creación de un nuevo tercermundismo tanto interior como de importación y sin sensible apoyo en el marco laboral. Ya no resulta rentable para la lucha hablar de proletariado. El individuo no se ve como proletario. Este tercermundismo, en el que se encuadra mucha gente degradada socialmente, lucha simplemente, aislada y desesperadamente, por su supervivencia contra la dura represión vigente; una trágica y a veces contradictoria lucha en la que se mezclan las dramáticas carencias materiales con la elemental sensación de la dignidad perdida. Dos tercios del mundo padecen una situación de arbitrariedad y explotación ya inocultable. El cinismo que entraña la hipócrita oferta de un futuro confortable –cinismo que naufraga ante una realidad de miseria creciente– ha recreado la efervescencia de los que han perdido el relativo Estado del bienestar que había creado, como barrera a la revolución, el capitalismo de la burguesía industrial. La determinación básica de escindir la clase trabajadora en capas que han llegado incluso al enfrentamiento ha esterilizado, repito, la gran lucha por la redención social. Y esto es lo que obliga a la refundación de una Internacional que aúne esfuerzos y resitúe la realidad.

¿Pero en qué ha de basarse ante todo esta Internacional? ¿Qué es lo que reunirá bajo su sello? Hay algo que indudablemente reagruparía a los trabajadores bajo una misma bandera: la realidad de lo precario como definición del mundo que padecemos. Ya no somos proletarios frente a los que no se tienen por tales; somos ciudadanos que vivimos tan precariamente en todos los planos existenciales que adquirimos un perfil igual ante cada escalón y cada función social.


Nuestra libertad es precaria, nuestra democracia es precaria, es precario nuestro trabajo y nuestra situación material. La sociedad actual constituye un amasijo de precarizados que ha bautizado brillantemente como tales el economista inglés Guy Standing, que define su alma con estas rotundas palabras: «El temor al fracaso, a no ser capaz de alcanzar más que un estatus limitado (e inseguro) conduce a acorazarse y precaverse frente a cualquier eventual empatía». Pues bien, este suelo de temor y desconfianza es el que ha de corregir una nueva Internacional que sería la V, la Internacional del precariado. Una Internacional destinada no solo a luchar por objetivos materiales limitados sino por la transformación total del mundo en una sociedad auténticamente socializada; una sociedad basada principalmente en la igualdad cierta de todos los ciudadanos como agentes sociales y como seres propietarios de los grandes bienes públicos, morales y materiales. Precisamos con urgencia, y como ahora se dice, una poderosa marca de refugio y de acción, una marca que ampare y dé sentido y proyección política y laboral al mundo en que tan precariamente existimos. Necesitamos una gran bandera de combate, que es a lo que aspiraron las grandes Internacionales.

La nobleza del ser humano consiste en eliminar la precariedad de su existencia. O se logra ese objetivo o todos seguiremos degradándonos en la finca que, den las vueltas que quieran al asunto, es nuestra.

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