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Profetas

Sinceramente ignoro lo que hubiera podido decir hasta mi llegada, pero sí le escuché con claridad lo siguiente: «Ha llegado el momento de reformar el Estatuto de Gernika y de actualizar el encaje del País Vasco en España. La consulta popular podría ser en 2015-16. Lo importante es que se haga». Toda una profecía.

09/03/2020

Era una hermosa mañana, limpia y fresca, propia de Gasteiz, daba gusto pasear. La capital ofrecía sus calles engalanadas ante la proximidad de la navidad. Era el último mes del año 2013.

Ya en las proximidades del Parlamento, no se observaba movimiento alguno, todo parecía dormido, inactivo, como vacío. Una vez dentro, en la cafetería, un pequeño grupo de periodistas con la mirada puesta en el monitor, la imagen propia de la rutina.

Esperando la llegada de mi compañero, leía la prensa ante un buen café, pero un murmullo de voces interrumpió mi tranquilidad. El grupo de periodistas se movió con rapidez abandonando el silencio de la cafetería.

Pronto supe el motivo de su rápido movimiento, estaban en los pasillos, escuchando a un hombre que siempre es noticia, al que nada impide ofrecer «novedades» desde su voluminoso organismo, es un verdadero profeta. Como supondrá el lector me estoy refiriendo al Sr. Ortuzar, presidente del PNV.

Sinceramente ignoro lo que hubiera podido decir hasta mi llegada, pero sí le escuché con claridad lo siguiente: «Ha llegado el momento de reformar el Estatuto de Gernika y de actualizar el encaje del País Vasco en España. La consulta popular podría ser en 2015-16. Lo importante es que se haga». Toda una profecía.

Quizá hubiera que agradecer al Sr. Ortuzar su empeño en ser protagonista, tratando de paliar así una realidad tan penosa como grave. Porque es evidente que hace mucho, mucho tiempo, que el accionar político no era relegado a un segundo plano como lo está siendo ahora. No sé si la razón reside en la falta de personalidad y credibilidad que transmiten algunos de sus dirigentes, o simplemente, la razón hay que buscarla en la repugnancia que transmiten, ya que –entre ellos– los hay que además de escasa disposición para el trabajo, han demostrado nulo respeto para con el dinero ajeno. Es decir, que lo probable sea, que la «clase política» se haya descalificado a sí misma.

Lo cierto es que, una mirada serena y atenta sobre el panorama político vasconavarro actual –de hoy mismo– nos ofrece novedades, hasta no hace mucho poco previsibles. Uno siente la evidente y nueva uniformidad entre los «diferentes» grupos que componen las Cámaras Legislativas, lo que una vez más, permite observar la distancia entre verbo y praxis.

También entiendo que otra de las novedades, sin duda reside en que el «modus operandi» –salvo entre quienes suman restando– se ha civilizado notablemente. Esto es claro, pero, también está aflorando la vacuidad de gran parte del propio ejercicio político, y esto me resulta interesante.

De todas formas, y aunque no resulte agradable lo que se percibe, estamos donde estamos y querámoslo o no, todos somos parte. Siendo conscientes de esta realidad, es como a lo largo del tiempo, hemos aprendido que el esfuerzo tranquilo pero perseverante, –que siempre debe acompañar a los recursos de la argumentación– en ocasiones cede el paso a una fascinante densidad «sentimental», en la que lo verídico puede ser sustituido por la superior impresión de lo «auténtico». Son situaciones delicadas, incluso peligrosas.

Quizá sea esa la razón por la que –una vez más– estamos siendo testigos de los riegos que algunos adoptan al «jugar a grande» sin la cautela precisa en estos casos. En mi opinión, no hay razón que justifique un error de tal calibre, aunque «entiendo» que no debe ser fácil prescindir de aquello que –aun no siendo propio– permite o permitía el confortable bienestar propio de quienes tienen acceso a todo. Es por eso que la realidad actual debe ser muy dura para quienes «abducidos» por la inercia del ganador, creyeron que con las «cartas marcadas» no se puede perder. Pues sí señores, se puede perder, de echo los hay que están perdiendo.

En este país – el nuestro– hay muchos que han desconectado, que están hartos de observar que la actividad política tiene por prioridad el «autoabastecimiento» y eso, además de inaceptable, es algo que no todos pueden negar. Entiendo que vivimos tiempos convulsos, que generan incertidumbre, pero creo firmemente que es tiempo de hacer un esfuerzo –otro más– y manteniendo nuestra escala de valores y objetivos, solicitar a la sociedad vasca su apoyo y comprensión, para regenerar y modificar el escenario político.

Ante esta situación hasta hoy insoslayable, y partiendo de una realidad tanto sociológica, como política y cultural, evidentemente plural, no parece viable «hoy» la asunción unilateral de independencia. También es asumible, el que un proyecto independentista requiera mayor «sedimentación», para ser metabolizado por una mayoría social. Lo que no sería asumible sería optar por una opción, que previamente no hubiera sido refrendada por la sociedad, ejerciendo su derecho. Eso no sería asumible.

Siendo todo ello cierto, no lo es menos, que la subordinación actual al poder estatal y sus instituciones hace inevitable que sea Madrid quien regule el alcance y contenido real de la autonomía. De manera que «hoy» las transferencias son utilizadas como «concesiones «a cambio de sostener el Gobierno del PSOE en La Moncloa.

Sinceramente, resulta extraño que cuarenta y dos años después, quienes están exhibiendo tal «magistral gestión negociadora» del Estatuto, y siendo miembros de la misma organización, hayan «enterrado» políticamente a quienes –tras negociar en Madrid– en diciembre de 1978, ofrecieron a la Asamblea de Parlamentarios en la Casa de Juntas de Gernika, este mismo Estatuto, consumando así el PNV, la partición en el sur de Euskal Herria.

No es propio del buen gestor abonar varias veces por el mismo producto. Mucho menos pretender que en la «cuenta de resultados» sea contabilizado como éxito determinante.

Así son los profetas.