Iñaki Egaña
Historiador

Río Mundo

Hay nombres que son más que un lugar. Son una música de fondo que acompaña toda una vida. Para mi ama, Río Mundo era eso. Bastaba pronunciar la palabra para que regresaran los pinares, las laderas de la sierra, el rumor del agua naciendo entre las rocas y los caminos de polvo por los que transcurrió su infancia. Allí, en aquel rincón de la provincia de Albacete donde el río Mundo comienza su viaje, vivió ella. También en otros cortijos donde peonaba cada temporada su padre. Y aunque lejos del arroyo durante la mayor parte de su existencia, nunca abandonó del todo aquel paisaje. Hay personas que emigran. Hay otras que aprenden a vivir con dos patrias en el corazón.

La historia de mi ama −que falleció hace unos días−, fue la de muchas mujeres de su generación: sin estridencias, sin apenas espacio en los relatos. Tenía 10 años cuando agonizó su padre, trabajador en cortijos de señoritos. A esa edad, cuando una niña debería estar descubriendo la vida, ella descubrió la muerte. Llegó el abandono de Río Mundo: dos días en un carro cargado de enseres hasta Albacete y después el tren hacia Barcelona, acogidos temporalmente. «Los caminos de los bosques los hacemos entre todas las que vamos a soñar», recitaba el bertsolari Jon Maia, en "Riomundo", tierra de sus abuelos. 

La historia siguió avanzando. El hermano mayor fue destinado a Donostia para realizar el servicio militar y hacia aquí se trasladó toda la familia. Una vez más, las maletas. Una vez más, el aprendizaje de otro mundo. Fue aquí donde conoció al que sería mi padre, que también regresaba marcado por un destino. Ambos, niños y niñas de la posguerra. Nuestro abuelo paterno había sido detenido, encarcelado y deportado lejos de los suyos, junto a su familia. Como tantas de aquella generación, la nuestra fue atravesada por las heridas de una guerra que seguía proyectando su sombra décadas después de concluida. Quizá por eso se entendieron. Quizá, porque ambos sabían que vivir consistía muchas veces en reconstruir. 

Y lo hicieron: una familia de seis hijos. La cifra parece sencilla hasta que uno piensa en todo lo que contiene: años de trabajo, preocupaciones, enfermedades, sacrificios, cuentas ajustadas, alegrías pequeñas y renuncias silenciosas. Una arquitectura vital con mayúsculas. Ella pertenecía a esa generación de mujeres que hicieron del esfuerzo una costumbre y una forma de estar en el mundo. No recuerdo haberla escuchado quejarse. Simplemente estaba. 

Mientras el siglo dispersaba familiares y amigos por media Europa, mantuvo vivos los vínculos. Cuando nosotros éramos niños, visitábamos regularmente a un primo suyo en Baiona, exiliado de la guerra. De vez en cuando viajábamos también a París para encontrarnos con el hermano del anterior, que había terminado compartiendo la vida con una mujer de Atharratze. Historias que parecían improbables y que, sin embargo, formaban parte de la normalidad de muchas familias atravesadas por derrotas y exilios. 

Nunca renunció a Río Mundo, pero tampoco dejó de estimar la tierra que la acogió. Acarreó la sierra de Alcaraz, Río Mundo, los ocres de aquellos otoños soberbios en la memoria y Euskal Herria en las manos. Construyó un escenario nada imaginario. Ayudó a quien lo necesitaba, escuchó, acompañó y participó en esa labor silenciosa mediante la cual una calle deja de ser una suma de edificios para convertirse en un lugar donde las personas se reconocen. Hizo barrio, comunidad. 

Cuando llegaron los nietos volvió a enseñarnos algo importante. Durante años estudió euskara. No para obtener un título ni para añadir una medalla tardía a su biografía. Lo hizo para poder comunicarse mejor con ellos, para entrar en su mundo y para acercarse a una lengua que ya formaba parte de la familia. Hay gestos que explican una vida entera y aquel era uno de ellos. 

También por eso salía cada 8 de marzo. Con la convicción tranquila de quien sabía por experiencia propia lo que había significado ser mujer en tiempos mucho más difíciles que los actuales. El color rojizo de los suyos represaliados lo destilaba en sus poros y nos lo transmitió a hijos y nietos. La familia de nuestro aita, abertzale. En ese cruce de memorias y sensibilidades, el compromiso surgió para nosotros con naturalidad. Hace unos meses, ya gravemente enferma, ella acudió en silla de ruedas para bailar con migrantes malienses, en un acto solidario. Pienso a menudo en esa imagen. Una mujer surgida en Río Mundo, obligada a abandonar su pueblo siendo niña, convertida décadas después en una anciana que compartía con personas llegadas desde otro continente. Hay algo profundamente hermoso en esa escena. Algo que resume una existencia entera. 

Eduardo Galeano escribió que «mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo». Una frase casi consigna. Sin embargo, de vez en cuando una vida le devuelve todo su sentido. Mi ama nunca pretendió cambiar el mundo. Se conformó con algo mucho más difícil: cuidar del suyo. Y al hacerlo, como tantas otras mujeres de su generación, acabó cambiando una parte de ese mundo que habitó. 

Este artículo habla de ella, pero no solamente de ella. Habla de tantas madres cuya biografía jamás ocupará una portada. De tantas mujeres que sostuvieron familias enteras. De tantas que cosieron, cuidaron, trabajaron en fábricas, acompañaron, resistieron y transmitieron. De tantas que construyeron comunidad. Son las mujeres que rara vez protagonizan los relatos y, sin embargo, sostienen su trama más profunda. 

Y cuando pienso en mi ama vuelvo inevitablemente al "Riomundo" de Jon Maia, a aquel manantial donde nace el Río Mundo: «En el agua te miras de nuevo para verte cien años atrás». Nadie escucha el instante exacto en que nace un río. Nadie presta demasiada atención a ese hilo de agua que comienza su recorrido entre las rocas. Sin embargo, kilómetros más abajo, ese mismo río habrá regado campos, alimentado bosques y acompañado vidas. Ella fue así. Y también lo fueron tantas otras. Mujeres que no buscaron hacer ruido ni aspiraron a la gloria. Mujeres que hicieron una forma de habitar el mundo. Por ellas seguimos aquí. Por ellas, aunque rara vez aparezcan en los relatos, la historia continúa. 

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