Fermín Azpilikueta Alonso

Sobre boinas rojas y las banderas de (muchos de) nuestros abuelos

Estoy siguiendo con mucho interés la polémica en torno al Museo Carlista de Estella. Una polémica que tiene su origen en la critica de Izquierda-Ezkerra al nuevo Consejo Asesor del Museo y a su orientación/interpretación histórica sobre el carlismo como movimiento político en Navarra.

Karlixtoekin hasi giñan-ta
Reketetilan segitu
Gerra haundian irabazi eta
Auziak ditugu galdu
(“Otsagabian”, Etxamendi eta Larralde)

En concreto, Izquierda-Ezkerra denuncia «una ausencia de información sangrante sobre la participación de los Carlistas en los fusilamientos, en la represión de las mujeres, en el robo de tierras, en la humillación y en todo el movimiento franquista de los primeros años de la Guerra Civil».

En sintonía con esta argumentación una serie de personas de gran prestigio cultural y académico (como el historiador Fernando Mikelarena, el escritor Victor Moreno o el editor Txema Aranaz entre otros) firmaron recientemente un interesante articulo en el que acusaban a EKA (Euskal Herriko Karlista Alderdia, Partido Carlista de Euskal Herria) de negacionismo acerca de las responsabilidades de los carlistas requetés en la limpieza política registrada en Navarra en 1936/1937.

En el otro lado de esta polemica, el historiador del carlismo Josep Miralles defiende el carácter popular del carlismo y afirma que en Navarra lo que se produjo en 1936, más que un golpe de Estado, fue un movimiento popular contra la República. Una insurrección que contó con el apoyo de amplios sectores de la sociedad navarra.

Como represaliado en carne propia por el franquismo, Josep Miralles se muestra respetuoso con las victimas del fascismo pero sostiene que la historia del carlismo no puede reducirse a los años treinta del siglo pasado.

En su opinión, es necesario una visión integral del carlismo como movimiento político de casi doscientos años (desde el primer levantamiento armado carlista hasta su resistencia al franquismo, Montejurra 1976).

Mi intención con este articulo es aportar mi opinión sobre esta polémica y plantear ciertas reflexiones que creo que no están siendo suficientemente abordadas desde sectores que están trabajando por la Memoria histórica.

No soy historiador, ni tengo estudios académicos. Soy nieto de carlista que luchó contra la Segunda Republica. No lo digo con orgullo pero tampoco lo digo con vergüenza. Y estoy tratando de encontrar una explicación (que no justificación) a uno de los episodios mas trágicos de la historia contemporánea de Navarra.

Y no creo que tengamos que ocultar una realidad. Como yo, somos decenas de miles los nietos de los navarros boinas rojas que ganaron (o al menos, no perdieron) la guerra civil. Los encontraremos entre las filas y los dirigentes de UPN, pero también los encontramos entre las filas y los dirigentes de la izquierda abertzale.

Es una realidad histórica que hemos heredado, nos guste o no. Nadie puede cuestionar que el carlismo fue el movimiento político, social y religioso que mas fuerza popular tuvo en nuestro territorio durante la mayor parte del siglo XIX y hasta, practicamente, mitades del s. XX.  Nos guste o no en el s. XXI.

El historiador tafallés Jose Mari Esparza afirma que «raro es el paisano de humilde cuna al que rasques la cabeza y no le salga la boina roja».

Conviene recordar a ciertos sectores de izquierda (y más en concreto de la viperina izquierda española) el análisis que hizo el mismisimo Karl Marx sobre el fenómeno del carlismo vasco navarro en el año 1854.

Marx defendía que el «tradicionalismo carlista tenía unas bases auténticamente populares y nacionales de campesinos, pequeños hidalgos y clero. En tanto que el liberalismo estaba encarnado en el militarismo, el capitalismo (las nuevas clases de comerciantes y especuladores), la aristocracia latifundista y los intelectuales secularizados…»

«Noiz zoazte?» fue la contraseña que dio inicio a la insurrección armada contra los Gobiernos liberales. Desde 1833 hasta 1839, decenas de miles de voluntarios carlistas mutillak txapel gorriak bajo las ordenes de Tomas Zumalakarregi (el tio Tomas, «el rey de los vascos») se batieron el cobre contra los beltzak pezeteroak, los soldados del Ejército regular a los que acusaban de mercenarios y de guiris. Eta tira eta tunba eta tira beltzari. Primera derrota. Ley Paccionada e invasión militar de nuestro territorio.

No tardaría menos de cuatro décadas el carlismo insurreccional en reorganizarse para volver a plantar cara al Gobierno de Madrid. Otra vez el pueblo llano en armas liderado por generales campesinos (Rada, Lerga o Ollo el de Ibero) se sublevó contra el Ejercito de «extraños del país». La desproporción de fuerzas fue descomunal. 120.000 soldados profesionales frente a las milicias de 33.000 voluntarios carlistas 1872-1876. Segunda derrota, supresión definitiva de los Fueros vasco-navarros.

Asi las cosas, Navarra llega a final del siglo XIX mutilada su soberanía política y exhausta por las consecuencias de las guerras. Los sectores populares cada vez más depauperados por las políticas liberales de desamortizaciones de tierras.

Los jóvenes navarros, por primera vez en su historia, fueron obligados «al servicio de las armas» en el Ejército español. Un servicio militar obligatorio que podía suponer siete años fuera de casa si te destinaban a las colonias españolas como Filipinas. El idioma navarro en proceso de extinción por la imposición autoritaria de la educación en castellano.

Con este panorama, decenas de miles de jóvenes navarros decidieron dejar su tierra natal para buscarse la vida en continentes más prósperos.

No tardarían en sonar las sirenas de alarma en Madrid cuando en 1893 Navarra salió a la calle al unísono en la conocida Gamazada. El miedo a una nueva rebelión carlista obligó al Gobierno de Sagasta a quitar el pie del acelerador centralista.

El carlismo vasco-navarro entró en el siglo XX agotado por las derrotas militares y dividido políticamente. Pero muchas de las causas sociales, politicas y economicas que alimentaron las revueltas carlistas del siglo pasado se mantenían sin resolver.

Y asi llegamos a 1931 y a la Segunda Republica española. Y si los carlistas en 1873 combatieron ferozmente la Primera Republica, en 1931 no dudaron desde un principio sabotear la Segunda, siendo los artífices de una conspiración militar responsable de uno de los episodios más trágicos de nuestra historia más reciente.

Los carlistas navarros no entendieron las transformaciones sociales y políticas que proclamaba la Repíblica, pero me atrevo a decir que desde el Madrid republicano tampoco se entendía la realidad social e histórica de Navarra.

Con todo, el carlismo navarro volvió a las armas en 1936 en lo que muchos consideraron la Tercera Guerra Carlista, como el escritor Pablo Antoñana, entre otros.

Paradójicamenteb y a diferencia de las guerras anteriores, los carlistas se aliaron en esta ocasión con sus enemigos seculares, es decir, el Ejército regular o una parte de éste sublevado. Sería el principio de la tragedia y el principio del fin para el carlismo.

Y si los muchachos de Zumalakarregi no pudieron tomar Bilbao, Donosti, ni siquiera Pamplona. Ni tampoco en la segunda carlistada pudieron tomar las capitales liberales. Sí que pudieron, sin embargo, en 1936-1939 bajo la direción de Mola y de Franco… y, cueste lo que cueste, la boina roja llegaría hasta Madrid.

Y vaya si costó y sobre todo, vidas humanas. Las cifras hablan de más de cuatro mil quinientos combatientes navarros muertos en el Frente. El franquismo triunfante les dedico lápidas y monumentos. Fueron «los caidos» de la Cruzada. Pero con la perspectiva que nos da la historia, no me tiembla el pulso al escribir que, en mi humilde opinión, esos miles de jóvenes fueron utilizados como carne de cañon.

No creo que ningún voluntario carlista hubiera previsto el desenlace de su lucha y de su movimiento. Se dio la paradoja de ser unos vencidos en el campo del vencedor. El carlismo navarro se acabaría convirtiendo en una victima política más del fascismo español.

Y mientras los navarros boinas rojas caían como moscas en el Frente del Norte, en Teruel, en la batalla del Ebro, en Cataluña o en el cerco de Madrid… en la retaguardia navarra, gerifaltes carlistas y falangistas (que no se jugaban la vida en el frente) fueron los responsables del asesinato de más de tres mil doscientas personas vinculadas con las izquierdas navarras.

Koldarra beti anker (el cobarde siempre es cruel). El exterminio que cometieron miembros de la Junta Carlista de Guerra de Navarra, escuadrones falangistas y Guardia Civil fue uno de los actos más cobardes y espeluznantes de la historia contemporánea de Navarra.

Para encontrarnos con las victimas: “Navarra: de la esperanza al terror 1936” (Asociacion de Familiares de asesinados navarros, editorial Altaffaylla). Sus verdugos: “Sin piedad. Limpieza política en Navarra, 1936” (Fernado Mikelarena, editorial Pamiela).

Quiero acabar este articulo citando a un gran hombre de la cultura navarra. Decía Arturo Kanpion que «la guerra es abominable, cuando tiene lugar entre los que habitan un mismo suelo». Aunque en este caso, en 1936-1939 en Navarra no hubo guerra que enfrentara a dos bandos. Hubo una carnicería que se cobraría la vida de más de ocho mil personas en tres años.

Con esto, no pretendo equiparar víctimas de un bando y de otro. Es un debate profundo que dejo para otra ocasión. Simplemente quiero subrayar un dato que creo que tenemos que tener muy presente para el análisis histórico.

Creo que hace falta un análisis riguroso, al margen de las discrepancias políticas actuales, sobre la historia del carlismo como movimiento social y politico. Sus causas, sus motivaciones, el apoyo popular masivo que tuvo en nuestras tierras y en nuestras gentes, sus aciertos, sus errores… Somos nietos de una sociedad que arrastra una tragedia. Tenemos que intentar entenderla para que nunca más vuelva a repetirse.

Hilarrietan loreak dire goizalderako zimeldu,
mendi gainetan elurrak dire jorraila gabe gesaldu,
bainan, halere, primaderarik Nafarroarat ez heldu.

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