Lander Urkiola
Periodista y especialista en comunicación política

Tacticismo político a corto plazo

La comunicación política no consiste únicamente en transmitir propuestas, sino en construir un relato compartido, proyectar una identidad reconocible y conectar con la ciudadanía. En este sentido, la izquierda confederal en el Estado español no consigue reorientar su rumbo ni volver a generar ilusión. Entre los factores que explican esta situación se encuentran el desgaste de liderazgos que se prolongan en el tiempo, las discrepancias internas que adquieren visibilidad mediática y acaban traduciéndose en divisiones, la participación en un Gobierno cada vez más cuestionado por parte de la opinión pública y la dificultad para construir un proyecto común que aúne a todo el espacio. Esta situación se ha hecho visible en la acampada de Sol por la vivienda, un movimiento surgido de la sociedad civil con el que la izquierda institucional podría compartir numerosas afinidades ideológicas, pero que no está siendo capaz de articular políticamente ni de conectar con su propia agenda.

La izquierda a la izquierda del PSOE necesitaba de acuerdos de cara a las próximas elecciones generales, previstas para el 29 de noviembre. Si bien es cierto que programáticamente son más los aspectos que los unen de los que los separan, no han conseguido construir una identidad común que les permitiera avanzar unidos. Sin embargo, y pese al cruce de declaraciones, la articulación de la izquierda alternativa debió empezar tiempo atrás, pues así lo lleva reclamando un electorado cada vez más agotado y desapegado. A esta dificultad para construir un relato común se suma la competencia con fuerzas de izquierda de implantación territorial, que obedecen a identidades y dinámicas políticas propias. Y ahora, tras el espectáculo mediático, la disputa por las siglas y los escaños, y los acuerdos tácticos alcanzados, se antoja complicado elaborar una campaña electoral capaz de movilizar a un votante progresista que ha ido perdiendo la confianza en estos partidos.

Estas negociaciones in extremis responden a una lógica de tacticismo político, mientras que resulta difícil identificar un proyecto vertebrador y de largo alcance. Por mucho que los partidos implicados hayan tratado de asegurar que trabajan para dar respuesta a las necesidades sociales, la percepción pública no parece corresponderse con ese mensaje. Durante estas semanas se ha escuchado a unas figuras políticas marcadas por los egos y las enemistades personales, incapaces de alcanzar consensos en favor de un objetivo común, en un momento en el cual había una necesidad identificada. De esta forma, nos encontramos con una izquierda estatal que ha perdido credibilidad, a la que le cuesta generar emoción y a la que presumiblemente le será complicado movilizar. Y sin movilización no hay proyecto posible. 

Tras estos sucesos, en plena precampaña y a pocas semanas del inicio oficial de la campaña electoral, resulta complejo identificar cuáles serán los temas con los que la izquierda alternativa buscará atraer a su electorado. 

Por un lado, la ya tan utilizada arenga de «frenar a la ultraderecha» parece desprovista de su capacidad movilizadora. Con Vox formando parte de los gobiernos autonómicos, el relato del miedo ha ido perdiendo eficacia paulatinamente, especialmente en el votante menos ideologizado. Además, tras las divisiones del espacio y su dificultad para obtener representación en algunas circunscripciones, puede conducir a que el receptor de este voto útil o del miedo a la ultraderecha sea finalmente el Partido Socialista. 

Por otro lado, las políticas públicas y sociales suelen ser protagonistas en las campañas electorales de este bloque progresista. Sin embargo, su defensa también plantea algunos obstáculos. 

Formar parte del Gobierno, especialmente durante un periodo prolongado, plantea dificultades a la hora de reivindicar un discurso de cambio. No es posible apelar al «cambio» siendo parte del Ejecutivo, mantra político exprimido hasta la saciedad. Además, resulta farragoso continuar apelando a políticas públicas tras ocho años formando parte de un gobierno. De esta manera, se da una situación en la que la acción del Gobierno es capitalizada por el socio mayoritario, pero en la que el socio minoritario no puede situarse en la oposición total, habiendo sido parte del mismo. Un contexto en el que el socio menor no puede obtener más rédito político que el mayoritario, pero tampoco desmarcarse por completo de él. 

En adición a la ya mencionada situación de la vivienda, otro baluarte electoral de la izquierda tiende a ser la sanidad pública. Siendo esta una de las carteras que tiene Sumar en el Gobierno, la legislatura ha estado marcada por desencuentros de la ministra, Mónica García, con el sector de la sanidad pública, cuyos profesionales han protagonizado numerosas huelgas y han mostrado un profundo malestar. Un problema añadido para la comunicación electoral en uno de sus ejes clave, y siendo Mónica García como uno de los mayores activos políticos de este espacio. 

Para finalizar, los partidos a la izquierda del PSOE se encuentran con otro obstáculo. En la pugna por un electorado reducido y que acusa señales de desgaste, la disputa en torno a las políticas públicas se desarrolla en un escenario en el que concurren numerosos competidores. En esta línea, los partidos regionalistas con mayor implantación territorial pueden disputar el voto a las listas estatales, aumentando la fragmentación y dificultando la obtención de escaños. 

En resumidas cuentas, la izquierda confederal ha fracasado en su intento de unión, encontrándose hoy dividida y siendo así como concurrirá a las elecciones. Tras los acontecimientos mediáticos de las últimas semanas, la carrera electoral no será sencilla en este espacio. Un reto mayúsculo que necesitará de un trabajo arduo de comunicación política para activar y retener a un electorado desilusionado. Así mismo, será interesante observar cuáles son los temas clave en el discurso de unos y otros, y de qué manera son finalmente capaces de construir y orientar el relato. 

 Y luego, después de las elecciones, habrá que volver a hablar de unidad, de proyecto y, tal vez, de renovación.

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