Javier Herrán Gallego

Un paseo por la guerra

Jueves tarde-noche soleada en el pequeño barrio de San Miguel. Desde el escritorio, un rápido vistazo al exterior atisba la belleza del sol, acostado sobre la falda del monte Pagasarri, envolviendo el ambiente en un persuasivo naranja. La tenue luz que irradia el sol se cuela entre las nubes y entra por la ventana de la habitación, golpeada por las carreras de los niños que habitan ruidosamente un piso debajo.

Ensimismado por tan simple belleza, algo hinca la cabeza en mi rodilla, expresando ansiedad por salir. Unas cuantas escaleras y directo en el portal. Sorprendido, me encuentro dos notas malamente adheridas en la pesada puerta. «Estás aparcando mal y faltas el respeto a los vecinos», acusa la primera. «Entérate bien, puedo aparcar donde quiera, si no te gusta puedes tocarme el timbre», responde la segunda.

Unos minutos cuesta abajo y llego a la plaza del barrio. Como toda plaza, gran parte se ha convertido en terreno exclusivo para el desarrollo del servicio hostelero. Lo poco que queda es ocupada por cuatro grupos de jóvenes. Uno de estos grupos practica tácticas de combate entre los allí presentes. Orgullosos por su destreza en hacer daño al prójimo, son jadeados por los que les rodean. Curiosa manera de construir la amistad.

Respecto a los otros tres grupos, sobrevuelan miradas entrecruzadas que denotan desconfianza y una extraña aura competitiva, como si su mera presencia fuese percibida como una amenaza existencial, y en el que los perros parecen haberse convertido en armas de disuasión, cual cabezas nucleares en la Guerra Fría.

Al otro lado del parque, sentados en una de las mesas de la terraza, una madre abronca a su hija. En público, a los cuatro vientos, le advierte: «déjame beberme la cerveza tranquila o te meto una hostia».

Cojo asiento en una de las pocas mesas libres, me sirven educadamente un café caliente y escucho de fondo la televisión que el propio bar proporciona a los clientes de la terraza exterior. El telediario anuncia una guerra en Palestina y Ucrania. Sobremanera, facilitan la comprensión de dichos complejos conflictos con guías básicas. De esta manera, los allí presentes desplegamos la suficiencia para descomponer y analizar la guerra: unos son malos, con cientos de imágenes y vídeos de las atrocidades que cometen. Otros, en cambio, son las víctimas de tales barbaridades. En prime time «analistas» intentan predecir cuáles serán las estrategias militares que los actores de dichos conflictos desarrollarán, sus objetivos, las armas que usarán e incluso el tamaño de los proyectiles.

En efímeras dos horas, el mundo es interpretado a través de la experiencia de un simple paseo. Una pequeña reflexión bajo los filtros de un humilde y solitario viandante y su perro es suficiente para extraer algunas observaciones: desde la carencia de un diálogo básico para la resolución de las más básicas controversias, hasta la normalización y frivolización de la violencia para con todas sus intensidades y finalidades. En primer lugar, el deseo de obediencia a partir de la amenaza. En segundo lugar, la muestra de que la sencilla y básica expresión física de violencia transmite patrones que son considerados positivos. Pero, ¿son realmente estas «virtudes» intrínsecas al ser humano?

Entre la academia de las Relaciones Internacionales, es Morgenthau en 1948 el primer académico en exponer las líneas maestras del que sería, hasta bien entrada la década de los 70, el enfoque dominante de dicha disciplina. Para los clásicos, "Politics Among Nations" representa las bases que escolares y estrategas deben seguir. Esta línea de pensamiento parte de T. Hobbes, asumiendo que la humanidad «per se» es un estado de guerra en el que la vida es «solitaria, pobre, desagradable, brutal y que los individuos están en un conflicto constante de todos contra todos». De esta manera, el realismo clásico determina el conflicto como un fenómeno dominante y generalizado, consecuencia de la condición natural del propio ser humano. En este marco, la guerra es un mero acontecimiento.

De la mano de Kenneth Waltz en 1979, el neorrealismo reprobaría dicho análisis y lo consideraría burdo. Para Waltz, orientar el «dilema de seguridad» al nivel del individuo es tan simple como reduccionista. Para el neorrealismo, los académicos deben centrarse en el análisis de la estructura (el entorno), no en la agencia (los actores). Así, el mundo es definido y explicado a partir del juego de la estructura, la anarquía, y sus consecuencias causales en la agencia, los Estados. De este modo, se excluye al individuo de toda responsabilidad sustantiva. Todo rastro político, cultural e histórico es marginado, pues la conducta es considerada un efecto directo de la propia estructura en la que habitan, la anarquía.

Aunque ambos enfoques se desarrollan sobre antagónicos puntos de partida –naturaleza humana y estructura anárquica–, los dos se encuentran sospechosamente relacionados en la cúspide de su voluntad. Por un lado, analizar el mundo de forma reductora marginando cualquier componente humano (político y cultural) de su procedimiento metodológico. Por otro lado, rechazar cualquier posibilidad de cambio dada la singularidad atemporal y ahistórica descrita.

Con el fin de la Guerra Fría, muchas fueron las voces intelectuales que instigaron e invitaron la construcción alternativa de un nuevo marco teórico. Algunas de ellas lanzaron amplias críticas hacia la lógica realista, denunciando que ignorar la posibilidad de cambio (humana o estructural) aparece simplemente como la defensa ideológica del statu quo, y que el poder (definido por recursos materiales) sería un mero concepto mercantilizado entre los más fuertes, las Grandes Potencias.

Desde una perspectiva social, Alexander Wendt propuso un enfoque complejo pero brillante. Para el constructivismo, el mundo no puede ser entendido como un fenómeno objetivo. En su opinión, todos los conceptos estudiados por las Relaciones Internacionales son construcciones sociales y la identidad y los intereses son creados en circunstancias históricas específicas. De esta manera, centrarse en los recursos no materiales es crucial, ya que lo material solo puede ser analizado a través de los «significados intersubjetivos» que se ubican en el procedimiento de construcción colectiva. Esto es, lo material carece de vida propia, su biografía es socialmente escrita. Por ello, no existe una realidad objetiva independiente a la acción humana, y los seres sociales nunca pueden ser separados del contexto que conforma quiénes son.

Bajo este punto de vista, el conflicto y la guerra también pueden ser desarrollados como un fenómeno artificial. Un mero juego basado en reglas más o menos compartidas. Lamentablemente, la guerra es un fenómeno recurrente a lo largo de la historia. Sin embargo, no toda la historia es una historia de guerra. Un niño o niña no nace soldado, ello conlleva un proceso de socialización que lo transporta desde la educación militar hasta la guerra. Una sucesión de diligencias que tienen la deshumanización –enemiga y propia– como gran objetivo. La guerra es el resultado de un largo proceso de insensibilización.

En este sentido, deshumanizar al enemigo va en paralelo a deshumanizarse a uno mismo. Este proceso es necesario para llevar a cabo actos de violencia contra los enemigos. En la construcción del soldado, las diversas emociones que componen la naturaleza humana se moldean de maneras muy específicas. Ser una máquina de matar requiere desactivar aquellas capacidades que pueden hacer que uno sea escrupuloso o crítico respecto a una determinada acción y así cometa actos que en otra vida le habrían enseñado a considerar repugnantes.

De la misma manera, analizar la guerra desde una perspectiva de género nos acerca a comprender el núcleo del constructivismo. La exclusión sistemática de la mujer en la guerra se hace evidente tras una mirada en su idiosincrasia. Fuerza, disciplina y obediencia son una serie de calificativos que nacen, se desarrollan y viajan en paralelo a la masculinidad. La mitificada unión entre virilidad, guerra y valentía se ha reproducido a lo largo de la historia antigua y contemporánea, enquistándose en lo más profundo de su propio significado. Un proceso que lleva desde la exclusión de las mujeres en el reclutamiento hasta el hombre violento feminizando a sus rivales.

Sin embargo, se debe ser taxativo al denunciar que las diferencias biológicas nunca pueden explicar las desigualdades sociales que se han construido a partir de interacciones en circunstancias específicas de la historia. Lo masculino o femenino no son más que un tipo de conducta construida sin relación natural alguna con el género.

Por todos estos motivos, la voluntad de construir un entorno de paz requiere superar una serie de dinámicas que se encuentran institucionalizadas en nuestros sistemas políticos y normalizadas en la conducta humana. Requiere emanciparse de toda expresión de violencia en todas sus intensidades. Un entorno de paz precisa, a su vez, que profesionales de toda índole, desde periodistas a académicos, dejen de banalizar, frivolizar y simplificar la violencia y la guerra.

Requiere que, inviertan tiempo en tratar de construir alternativas normativas que lleven a más altos el fuego y más resoluciones por la paz, por muy difíciles y complejas que parezcan. Que las televisiones y los periódicos se llenen de peticiones por la paz y no del morboso hedor de los muertos. En definitiva, la configuración de un mundo libre de guerras es responsabilidad de todos, asumamos la parte que nos corresponde como individuos, como parte de una comunidad y como ciudadanos del mundo.

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