Gerardo Hernández Zorroza

A río revuelto...

Cuando pretendemos resolver las cosas pensando desde nuestro condicionamiento familiar o social sin depurar, desde aquello que nos dijeron que éramos –cuestiones circunstanciales de raza, política, «religión» o similares–, nos cegamos, equivocándonos como pardillos.

Superar esas diferencias desde una imprescindible mirada elevada, es el camino más inteligente. Único que nos permite avanzar sin cerrar las heridas en falso. Porque nuestra evolución no es, ni ha sido solo material u orgánica, sino provocada por nuestras mentes persiguiendo nuestras metas.

Integrar esas dialéticas mentales –de blanco-negro, cristiano-musulmán, u otras cuestiones que, a priori, nos parecen contrarias– es el camino, el reto que tenemos por delante en el camino de la paz, individual y social. Dialécticas –y me estoy acordando de la «conciencia de clase» que nos divide entre los que deciden y quienes obedecemos– que, vistas desde la perspectiva de siempre, sin considerar que somos seres humanos que nos servimos de la máquina –no al revés–, nos hacen tropezar una y otra vez en la misma piedra.

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