A tierra de mortales
Txus Pérez Artuch | Iruñea
11/10/2019

Cuarenta y tres años y once meses después la tapadera del «glorioso sepulcro» está por ver si se destapa. Así lleva un tiempo intentando colgarse la medalla el presidente (en funciones) socialista del Gobierno español, Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Desde aquel alzamiento en armas contra el Gobierno republicano en el estío del 36 hasta el fenecimiento prolongado sobre colchón en noviembre del 75, transcurrieron casi cuarenta años de venganzas, escarmientos, paseos y férreo control que como Jefe del Estado sumió a España en la segunda dictadura más larga de Europa, tras la portuguesa, y lo convirtió en el segundo país a nivel mundial en número de personas desaparecidas, por detrás de Camboya. Cientos de miles de víctimas asesinadas, despojadas de derechos y libertades por el simple hecho de pensar diferente, arrojadas por un barranco, en simas, vejadas en público o enterradas en fosas y lugares sin nombre, cuyos responsables llevaron a la tumba o lo mantienen en silencio, si todavía viven, con la condescendencia de una iglesia que no dudó en ponerse de su lado, encubriendo y señalando crímenes a realizar bajo el nombre de un Dios benefactor y permisivo para una patria unida y libre, por fin, tras todos los males que le habían llevado a la mismísima boca del infierno… rojo.

En mis años de niño, en la época de la EGB, la temática de la Guerra Civil española en el libro de Sociales, llegaba siempre a últimos de mayo o principios de junio y la cruzada del general Francisco Franco (como era presentado) pasaba inadvertida ante los primeros calores preveraniegos y el cansancio del curso escolar. Sí que se canturreaba la canción de que «porque su mujer lo lava con Ariel». Retazos de infancia.

Luego empezaron a aparecer tiranos y dictadores de todo pelaje, procedencia y maldad inusitada: Sadamm Hussein, Fidel Castro, Osama Bin Laden o el tándem Chávez-Maduro en nuestros días. Para estos no hacía falta esperar a fin de curso. La cantinela era diaria. Los salvadores, es decir, los buenos, usaban careta norteamericana-europea.

Es hora de bajar de su altar a la tierra de los mortales al dictador ferrolano olvidando heroicidades autoproclamadas y permitidas en una democracia cuarentona.

A pesar de todo, para él no habrá cuneta ni anonimato.

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