Gerardo Hernández Zorroza

Des-conexión

Vivimos dentro en un gran engaño que intenta socavar nuestra inteligencia e impedir que germine la utopía que vinimos a crear y dar forma, cada uno desde sus dones y talentos particulares.

Utopía que da sentido a la vida, y precisa centrarse no sólo en realizar lo positivo –como creen algunos–, sino, al mismo, tiempo vaciarse también de lo negativo.

Vivimos engañándonos, dentro de una sociedad distópica (contrario a utópica), que nos está exigiendo mirar no solo hacia fuera, sino especialmente hacia dentro, hacia el interior de cada uno, analizando y viendo dónde nos engañamos, por comodidad y/o abducidos por un miedo, que hemos de afrontar, y sacudirnoslo, desde el reconocimiento lo que somos.

Emilio Carrillo suele utilizar la metáfora del conductor y el coche, en el que el coche es nuestro cuerpo, emociones y mente condicionada, y el conductor nuestro auténtico yo, la realidad que realmente somos que se sirve de lo anterior, el coche, para vivir nuestra experiencia vital.

Donde hay miedo no puede haber amor –que transformará el mundo, decía Einstein–, ni armonía, esa por la que hemos de trabajar conscientemente y que convierte este mundo en un lugar nuevo, un lugar de «violines, guitarras y trompetas», no de metralletas como promueve desde las sombras, con su lenguaje preñado de terminología militar, el Nuevo Orden Mundial («nueva normalidad»). Esa que desde el 14 de marzo, no antes –y mira que tuvieron tiempo de avisar de la «pandemia»–, difunde sus postulados a través de todos los medios de que dispone, que son muchos, pero que, curiosamente, cada vez llegan a menos gente. La des-conexión parece que está en marcha.

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