María Olga Santisteban Otegui | Zalla (Bizkaia)

El hundimiento

La noche del 14 de Abril de 1912, un «orgulloso» y supuestamente «insumergible» barco transatlántico, el mítico Titanic se hundió en las heladas aguas del Atlántico, sin que sus constructores, ingenieros y acaudalados pasajeros (de primera, por supuesto) se creyeran lo que estaba sucediendo y que aquel coloso, de altivez y vanidad, se partiera en dos «tragados» por unas fuerzas del mar (supuestamente un iceberg) o bien por la ineptitud de quienes lo capitaneaban, pereciendo en sus negras aguas, miles de pasajeros (en su mayoría los más humildes de tercera clase). Habia sin duda cierta «arrogancia» de aquello no podía sucederles pensaron, quizas somos demasiado grandes para caer, hasta que sucedió lo inevitable, un hundimiento total y absoluto. Esta historia llena de vanidades y orgullo, muy bien se podía trasladar a nuestro «convulso» y «particular» Titanic que en forma de orgulloso y soberbio Gobierno nos conduce a un desastre total, haciendo oídos sordos a lo que una ciudadanía ya más que harta, le reclama en forma de los elementales derechos, y que la «gota» que ya colma el vaso (acuérdense del furioso mar) es la negativa total y mas absoluta, de incrementar de una forma digna, las pensiones de nuestros mayores (especialmente de los más vulnerables) y por ende de las futuras generaciones (con un panorama mas que negro). Nada para «conmover» a estos «modernos» tripulantes, salvo lo que sea su propio y particular beneficio, que los demás se «apañen» como puedan (como aquellos pasajeros de tercera) pero ojo que estamos a tiempo de ser pasajeros de primera, que cambie la historia que cambiemos la historia, y que hunda este «moderno» Titanic con sus orgullosos altivos y soberbios pasajeros.

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