Jimena Ortega Mijangos - Buenos Aires, Argentina

Volveremos [Sabadell 2 - Osasuna 2]

Cuenta la leyenda que aquella calurosa tarde de junio el Ejercito Osasunista de Sabalza II arribó al Reino de Sabadell luego de una ardua y extenuante travesía para librar esa última batalla que los separaba de la Gloria de conservar sus tierras y el Infierno de perderlas al Rey Descenso, aquel tirano que cada verano intentaba conquistarlos.

Dicen que marcaba el camino una hechicera de rosto afable y cabello inquieto que volaba a baja altura al frente de los soldados. La llamaban “La Bruja de Campanas”, pero se cuenta que allá en el pueblo la consideraban más una santa que una bruja, pues había obrado más de un milagro en situaciones extremas consiguiendo grandes triunfos para el Reino. Según cuenta la historia, a la Bruja de Campanas la había mandado a llamar el mismísimo Rey Sabalza II, quien, si bien no entendía demasiado de estrategias de guerra, era un hombre de tradiciones, y confiaba en que, incluso si los poderes de la Bruja fallaban, el mismo simbolismo de su presencia y el peso de las hazañas conseguidas guiarían a su ejército a la Victoria.

Durante el viaje, la Bruja susurraba las palabras de un hechizo que se metía en la piel de los menguados soldados. No se sabe si por la magia del conjuro o por inercia, la cruzada rojilla repitió esa frase durante todo el camino, y cuentan los testigos que por las noches solo se escuchaban los pasos y el canto multiplicado de la Bruja: «Si nos confiamos, somos muy malos. Si nos confiamos, somos muy malos».

El Pueblo Osasunista también había acompañado a sus soldados, porque este pueblo era aguerrido como pocos, y sabía que aunque no pudieran pelear la lucha por ellos, podían arroparlos y, por qué no, recordarles lo mucho que estaba en juego en este último encuentro. Les seguían vestidos de rojo, el color de su Reino, para identificarse y distinguirse en las noches que duró el viaje y especialmente cuando se iniciara la batalla. Algunos se habían adelantado al ejército y ahora les recibían ya en territorio enemigo portando estandartes y escudos, fieles a la causa que defendían ese día.

Cuentan que para cuando comenzó la batalla el Pueblo ya había rodeado a su ejército y al pelotón Sabadelino formando un círculo cual Coliseo esperando a sus gladiadores, y que avivaban el deseo de lucha de los soldados con canciones de guerra y pasión, de la grandeza de la armadura que vestían y antiguas victorias pasadas. Pero pronto el hambre de gloria se transformó en uno más del enemigo, y comenzaron a sentir el cansancio de la extensa marcha y el dolor de las batallas anteriores.

El ejército rival aprovechó rápidamente el deterioro rojillo y las bajas comenzaron a ser más de las que podían permitirse. La Bruja, incrédula ante sus quebrantados soldados y viendo que su hechizo no había surgido efecto, decidió utilizar la antigua sabiduría heredada de años y años de andanzas y reunió a su compañía. Los miró a los ojos y les confesó que no creía posible ganar esta batalla, les sugirió emprender la retirada antes de cayeran más hombres o que incluso el pueblo, que tan fielmente les había seguido, se viera involucrado en el derrotero de sangre en que aquello se había convertido. Les dijo que aún en la derrota, ellos podrían seguir luchando para otros reyes y reinas si demostraban su valía y que quizá otros soldados recuperaran las tierras que ellos estaban perdiendo si vinieran tiempos mejores.

Los hombres, cabizbajos, meditaron las palabras de su General. «¿Y qué hay del Pueblo?», preguntó uno de ellos. «El Pueblo nunca nos perdonará si abandonamos ahora». La Bruja lo miró con compasión. «El único precio que pagáis por rendidos es el Pueblo», le dijo. «Miradles y decidles con convicción que ellos son Osasuna, un Reino pequeño y humilde, con pocos recursos, condenado a perder esta batalla por su falta de fortuna y patrimonio. Miradles y decidles que deben conformarse con pertenecer ahora al Reino del Descenso y aceptar la aniquilación de todo aquello en lo que creen. Decidles, si podéis, que esto es Osasuna, y que Osasuna ya no es nada».

Los combatientes derramaron lágrimas de impotencia, pero al tocar sus armaduras se convirtieron en luces de fuego que inflaron sus pechos de una rabia que casi rozaba la locura. Sin hablarse, dieron la espalda a la Bruja y desobedeciendo su consejo se lanzaron intempestivamente hacia sus contrincantes. Ya no había orden ni táctica. La estrategia era un retazo del pasado vergonzoso que había decepcionado a su fiel Pueblo y no querían ni pensar en ella. Ahora solo buscaban alcanzar con sus espadas y lanzas al enemigo, traspasar sus escudos y armaduras sin siquiera vislumbrar una posible victoria. Si daban marcha atrás, deberían destruir al Pueblo que los había elegido para defenderlos, y eso era ya imposible.

Envueltos en aquella luz invisible, los aldeanos entonaron nuevamente sus cantos y levantaron los estandartes. Cuentan los que estuvieron allí que las canciones taparon el clamor de la guerra y que el ruido del metal contra el metal se convirtió en parte de la melodía. Dicen que el ejército Sabadelino se vio de pronto rodeado no de fieros combatientes sino de todo un Reino furioso formado en un círculo que se cerraba sobre ellos, y el miedo se abalanzó sin tregua sobre sus corazones, y la luz entró en sus cuerpos también, despojándoles de sus armazones y escudos.

Cuentan los que se atreven que del canto de los rojillos surgieron dos grandes lanzas que penetraron en la Ciudad de Sabadell para darle la victoria al ejército que gritaba encolerizado «¡Osasuna nunca se rinde!» mientras ganaba casi sin darse cuenta la batalla más importante de toda su historia. Dicen que la hazaña se recordó por largos años, hasta que el paso de la historia la fue borrando y se convirtió en leyenda. Ya solo queda de aquello el canto de los rojillos que durante la vuelta a casa entonaban en ofrenda a su pueblo: «Volveremos, volveremos.

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