Acuerdos para inhibir o para progresar
En su versión más pobre, el horizonte del acuerdo de gobierno entre PNV y PSE que hoy hará lehendakari a Iñigo Urkullu es un pacto en Madrid con el PP, negociación de ciertas transferencias pendientes, acuerdos puntuales en ambas cámaras y otra legislatura perdida en Gasteiz. Apurando, no deja de ser un experimento que quizás el PNV trasladaría gustoso a Nafarroa para la próxima legislatura. Si se le suma sofisticación y un poco de perspectiva estratégica por parte del Estado, puede llegar a ser una opción de regeneración, de gatopardismo que a su vez sirva de dique frente al proceso catalán. Todo ello suponiendo que la economía aguante mínimamente, que el Estado español no acelere su proceso de descomposición o, simplemente, que el PSOE no implosione.
En cierto sentido, el acuerdo supone un alivio para las partes porque inhibe otras posibles dinámicas parlamentarias y políticas, otros acuerdos que romperían los esquemas del establishment vasco y español. Evita incluso la tentación, la sorpresa de que EH Bildu o Podemos Ahal Dugu entren a una propuesta concreta y alteren el considerado «orden natural de las cosas» en el autonomismo.
Por el contrario, en su versión más positiva, este acuerdo ofrece un punto de partida para negociar los denominados «acuerdos de país». Aunque los modelos y las visiones son contrapuestas, muchos de los retos aparecen en los programas de todas las fuerzas. Eso requiere control por parte de la oposición, mucho trabajo parlamentario y propuestas para negociar. Y si permite, requiere también cierto gusto por la política, afición no siempre tan extendida entre la clase política, en contra de lo que pudiera parecer.
Los temas susceptibles de generar consensos están encima de la mesa, desde la convivencia y el autogobierno a un acuerdo por la educación, pasando por el marco comunicativo vasco, la igualdad entre mujeres y hombres o el empleo público. Entre otros. De unos depende no excluir a nadie, de otros depende no autoexcluirse; y de todos juntos depende abandonar menguantes espacios de confort.