Compromisos individuales y comunitarios para esta fase
03/05/2020

Dar un paseo, acercarse a saludar a familiares –aunque sea a distancia y sin opción a ese deseado abrazo o beso–, hacer algo de deporte o, en el caso de las personas mayores y dependientes, pisar la calle por primera vez en seis semanas. Lo que se vivió ayer en Araba, Bizkaia, Gipuzkoa y Nafarroa fue una liberación, tasada y vigilada, pero liberación al fin y al cabo.

En medio del confinamiento, salir a la calle supone un desahogo y un respiro, aunque dé algo de reparo, respeto o incluso miedo. Con todas las cautelas, es una rendija a la esperanza que hay que mantener abierta a fuerza de lógica, sentido común, responsabilidad y compromisos, tanto individuales como colectivos. Para eso hace falta una sociedad informada, crítica, cohesionada y serena. Lo único incontrolable del todo es el virus.

¿Qué puede hacer una comunidad como la que conforman los y las lectoras de GARA en este momento? ¿Qué pueden aportar sus valores, sus tradiciones, sus disciplinas? Esto no es una lista de deberes, ni mucho menos. Sí es un recordatorio de que de todos y todas depende el desarrollo del contagio por coronavirus. Tampoco son virtudes privativas de esta comunidad, mucho más plural que su parodia oficial, pero moldean la cultura política del país y le suman cosas relevantes.

Militancia, conciencia, espíritu crítico y utópico

El encierro pasa sus facturas. Las tentaciones crecen con el tiempo y se pueden perder de vista las razones que nos llevaron a tomar medidas tan drásticas. Si se ha llegado así a esta fase, fácilmente puede darse un relajamiento en las medidas de higiene y de prevención.

Hacen falta conciencia del momento, disciplina militante y un mínimo espíritu de sacrificio. Aunque las dimensiones de esta crisis pueden inducir a pensar que poco se puede hacer frente a la pandemia, la conciencia política demuestra que no es así, que las personas marcan la diferencia. Hay que entender que la apertura de puertas conlleva nuevos riesgos, que dependen en gran medida de que cada uno y una haga su parte, partiendo del conocimiento compartido y de las decisiones comunes –fabricarse y ponerse la mascarilla, por ejemplo–.

Seguramente en Euskal Herria hay varias culturas militantes capaces de guiarse por principios de este estilo. Sin ir más lejos, en la comunidad del periódico conviven más de una. Ahora lo importante es tener algún tipo de cultura política que vincule a las personas y a los colectivos, que pueda poner a miles de personas dando lo mejor de sí mismas en diferentes ámbitos. Y que sea capaz de hacerlo de forma solidaria y cooperativa.

Igual que muchos locales y comercios se adelantaron al cierre oficial, ahora están diseñando a pulso su retorno. Lo mismo en talleres y empresas. Son el tejido económico básico del país. Una perspectiva militante y comunitaria puede servir para evitar riesgos, negociar mejoras, calcular los costes, entender mejor los retos. Ese es uno de los principales sentidos de leer prensa independiente: ser personas más informadas, críticas y con capacidad de debate en una crisis así.

Con todo, los argumentos se suelen amoldar a las realidades de cada uno y la capacidad de empatía puede flaquear. Todo son agravios y crecen extraños grupos de intereses: menores, mayores, mascotas, corredores o mediopensionistas en estos y otros terrenos. No se debe menospreciar la capacidad del capitalismo para generar miedos, algunos racionales y otro no. A la fatiga se le puede sumar cierto cinismo y un individualismo que siempre está al acecho en este sistema.

Tener conciencia de que este encierro no deja de ser limitado, privilegiado y sin sentido punitivo es indispensable para ponerlo en su lugar. Es por el bien común. Y una sociedad que cuenta entre sus filas a más de 40.000 detenidos y encarcelados en las condiciones más duras –y a todo su entorno–, puede poner esta clausura en perspectiva de una manera impensable para otros países. Ayer dos presos políticos terminaban su condena, tras 13 y 16 años encarcelados, respectivamente. Todos y todas deberían estar libres. La impotencia de las familias vascas que en este momento tienen a una persona en prisión debe servir de recordatorio.

Sentirse parte de un proyecto colectivo y compartido ofrece un asidero para no ceder al sálvese quien pueda. A miles de personas les guía este compromiso con Euskal Herria, con el país y con su ciudadanía. Esas tradiciones de lucha tienen un germen utópico y emancipador para el que el día de ayer bien pudo ser un bonito y extraño ensayo general. Hay que ser perseverantes.

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