Concentrarse en los valores históricos de soberanía, no injerencia, negociación y paz

Mañana se cumplen tres años de la invasión de Ucrania, en un contexto de negociaciones marcadas por los planes frenéticos de Donald Trump. Los resultados de las elecciones que tienen lugar hoy en Alemania abrirán o cerrarán escenarios. Allí se marcarán tendencias para la derecha y la izquierda europeas.

El repaso a la hemeroteca de este periodo muestra lo escasos que son los aciertos en los pronósticos y lo cambiante de las explicaciones sobre los sucesos. Los últimos acontecimientos –desde Damasco a Buenos Aires– enseñan lo imprevisible que es todo. La incertidumbre se da a una velocidad aumentada y la prudencia debería cotizar alto.

El encuentro de esta semana en Riad entre el secretario de Estado de EEUU, Marco Rubio, y el canciller ruso, Sergei Lavrov, se puede entender como un signo más del cambio de era. La alianza entre Trump y Putin pilla a contrapié incluso a quienes la deseaban. Su autoritarismo violento, su agenda retrógrada, sus pactos mafiosos con oligarcas, la influencia religiosa… son indefendibles desde un punto de vista democrático. Esa coalición es terrible a ojos vistas.

En Ucrania, Trump quiere cobrar beneficios rápido y fijar sus condiciones coloniales para siempre. Rusia ha dicho que las urgencias del resto no son sus prisas. La extrema debilidad ucraniana y europea responde a su subordinación histórica a la hegemonía atlantista. No obstante, todos esos actores han realizado cálculos erróneos en este periodo: sobre la guerra, la paz, las fuerzas propias y ajenas, la economía, los socios o los tiempos. No hay que ceder al fatalismo.

Una carrera suicida y otras alternativas

En 2022 el incremento del gasto militar alemán hasta el 2% del PIB resultaba exagerado. Trump demanda ahora a la Unión Europea que lo eleve al 5%. Un 63% de ese gasto se paga a consorcios norteamericanos y  un 15% a empresas de fuera de la UE. Ver en este terreno un ámbito de desarrollo industrial y de autonomía estratégica es entre ridículo y desvergonzado.

A la par que la carrera armamentista crecía exponencialmente la amenaza nuclear se ha ido relajando. Las negociaciones sobre la guerra no han fructificado, pero quizás no han sido en balde. Mantener la demanda del desarme nuclear es un punto importante de una agenda alternativa a la bélica.

Como lo es el multilateralismo, legado del Movimiento de los Países No alineados y bandera que ondean el Brasil de Lula o la Sudáfrica de Ramaphosa. Son potencias regionales con una cultura diplomática en defensa de la soberanía y la no injerencia.

Estas izquierdas defienden valores, posiciones, intereses y relaciones honestas. Sus gobiernos marcan la diferencia, pese al salvaje desequilibrio de fuerzas. Su postura radical respecto al genocidio en Gaza demuestra que diplomacia no es sinónimo de tibieza. Su cautela en otros conflictos señala el valor de la discreción. En un mundo en el que muchos no paran de hablar, hay que aprender a escuchar esos silencios.

Es evidente que en guerra rendir posiciones o terrenos responde a una lógica militar. Rendirlas en política tiene a menudo que ver con ansiedades tácticas o nostalgias desviadas. Es difícil acertar qué va a pasar, pero desde el punto de vista de la izquierda y la lucha por la emancipación defender la soberanía de los pueblos y el principio internacional de no injerencia, todos los derechos para todas las personas, la solidaridad y las normas humanitarias, y la negociación para lograr una paz justa y duradera es la mejor estrategia en todos los escenarios. Desde ahí sí se pueden decantar y activar mayorías sociales.

Con prudencia, paciencia, respeto y perseverancia, parar y recordarlo es lo mínimo que se puede hacer en este momento histórico. No siempre es fácil.

Search