Domar a los gigantes, una cuestión de soberanía
Meta, matriz de Facebook e Instagram, afronta en Oakland el juicio más delicado de su historia. 29 estados acusan a la compañía de Mark Zuckerberg de buscar deliberadamente crear adicción a menores en sus plataformas. Según la acusación, sus propios ingenieros advirtieron del daño y la dirección hizo oídos sordos. Este año, un juez de Nuevo México condenó a la firma a pagar 567 millones de dólares a un fondo para la salud mental de los jóvenes, y otro jurado la responsabilizó de la adicción de una menor. Los fiscales comparan la causa con las demandas que doblegaron a las tabacaleras. Quizá sea pronto para tanto, pero el ocaso de la autorregulación resulta ya tan ineludible como necesario.
Google, Amazon, Apple o la propia Meta han amasado una fortuna e influencia que superan a las de muchos Estados, y durante años han impuesto sus propias reglas. Lejos de moderarse cuando más se cuestiona su desmesura, los magnates de Silicon Valley han estrechado sus vínculos con el trumpismo. Aquella connivencia se escenificó en la investidura del presidente estadounidense, donde ocuparon los asientos de honor, por delante del gabinete entrante. Hoy la Casa Blanca blande el arancel contra quien ose regular a sus gigantes. La Unión Europea, blanco predilecto de esas amenazas, ya ha cedido al suavizar su reglamento sobre inteligencia artificial.
Habituada a orbitar en torno a EEUU, la respuesta institucional europea a veces titubea y otras se equivoca. Que sancionase a Meta, aunque el monto resulte testimonial, y que ahora le exija retirar los mecanismos ideados para atrapar al usuario son sin embargo movimientos acertados. Nadie discute la utilidad de estas redes, pero se sostienen sobre un modelo cuyos excesos resultarían inadmisibles en cualquier otro sector, y que, a fuerza de imponerse, ha eclipsado cualquier alternativa imaginable. La IA, el próximo gran salto, arrastra esa inercia oligopolística hacia manos aún más voraces. Determinar, por tanto, quién fija las reglas de todo universo compartido desborda la mera disputa mercantil. Es una cuestión de soberanía tecnológica, y se ha vuelto irrenunciable.