El día en que todo el mundo quedó retratado

El 11 de marzo de 2004 ha pasado a la historia por el peor de los motivos; un brutal ataque cometido contra varios trenes en Madrid causó 191 muertos y unos dos mil heridos, y la onda expansiva, alentada por la vileza de ciertos dirigentes políticos, acabó con la vida de dos ciudadanos vascos: Ángel Berrueta y Kontxi Sanchiz. El 11M fue una jornada de desolación, estupor y congoja, pero más allá del dolor sin medida originado por aquellas explosiones, fue el día en que todo el mundo quedó retratado.

En primer lugar, el Gobierno de José María Aznar y los cargos del PP, incluido Mariano Rajoy, que mintieron sobre el atentado más grave ocurrido nunca en el Estado. Siendo conscientes de que la  vinculación de la autoría islamista con la implicación en la guerra de Irak arrasaría sus expectativas electorales, iniciaron una carrera sin retorno hacia la ignominia, y siempre serán recordados por ello. Sin embargo, no fueron los únicos que no estuvieron, ni de lejos, a la altura que exigían las circunstancias. La docilidad y maleabilidad que mostró aquel día la clase periodística española fue bochornosa, pues eliminó todo espíritu crítico para sucumbir, en el mejor de los casos, a las presiones de los gobernantes. Asimismo, el Ejecutivo de Lakua optó por dar pábulo a la mentira durante 25 horas, aun sabiendo que con su actitud contribuía a echar a los pies de los caballos a un sector muy importante de la sociedad vasca. Si la tesis de Madrid hubiera prevalecido, si las cosas no se hubieran aclarado tan pronto, la represión desatada contra este pueblo habría sido tremenda, y eso lo sabía Juan José Ibarretxe cuando habló de «asesinos» y «alimañas» a la estela de Acebes y compañía.

En estos diez años han sido muchos los dedos que han señalado, con razón, la responsabilidad del PP en aquel enorme intento de manipulación de la tragedia, pero apenas ha habido autocrítica por parte de quienes le siguieron el juego aquel día y que, desde entonces, se han dedicado a levantar un muro de pueriles excusas.

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