El escándalo permanente como forma de oposición

A la derecha regionalista navarra se le está atragantando la oposición. Primero fue la exposición de Abel Azcona, ahora la muestra de José Ramón Urtasun impulsada por el colectivo Autobús de la Memoria. El motivo de la última polémica es que algunos de los cuadros expuestos desde el pasado viernes en el Parlamento foral vinculan de forma explícita a la Monarquía española y a la Iglesia católica con la dictadura franquista.

Más allá de la libre opinión de cada uno sobre la obra del autor, libre él también de expresarse como mejor le plazca, cabe preguntarse por el motivo del escándalo, teniendo en cuenta que la vinculación de ambas instituciones con el franquismo es una evidencia. No es una opinión discutible. Son hechos tan palpables como las pesetas franquistas, aquellas en las que se leía «caudillo por la gracia de Dios». O tan recientes como el documental en el que el exmonarca Juan Carlos de Borbón explicaba cómo Franco le «cogió la mano» y le pidió que «preservara la unidad de España». El escándalo, por lo tanto, no es la exposición artística, sino la reacción de PP y UPN, que no solo piden la retirada de los cuadros, sino también la disculpa pública del Parlamento. El escándalo es lo que se esconde tras la airada reacción de la derecha navarra: la constatación de que cualquier ejercicio de memoria histórica era materia vetada hasta el cambio en las instituciones forales.

Sería iluso, en cualquier caso, obviar que tras la histérica reacción de la derecha navarra se esconde también una estrategia con un doble objetivo: por un lado, instalar en el subconsciente colectivo un ambiente de bronca permanente que no se corresponde con el clima real del día a día y, por otro lado, subrayar constantemente las líneas rojas a las instituciones del cambio. Es cosa de todos los agentes de dicho cambio que no consigan ni lo uno ni lo otro: que no se instale la bronca gratuita y que, al mismo tiempo, para evitarla no se caiga en asumir sus líneas rojas.

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