Hollande comete el mayor de sus errores

El Partido Socialista (PS) francés recibió el domingo uno de los mayores varapalos de su historia. La pérdida de más de un centenar de importantes urbes en favor de la derecha da la medida de la desafección creciente de la ciudadanía respecto a las huestes de François Hollande. La severidad de la derrota hacía inevitable la adopción de medidas urgentes, y entre todas las decisiones que podía adoptar, el presidente ha optado por la peor: nombrar primer ministro a Manuel Valls, hasta ahora titular de Interior.

El batacazo electoral había sido anunciado por sondeos y encuestas, y la primera vuelta de los comicios no deparó grandes sorpresas, de modo que el nombramiento de Valls debe entenderse como resultado de una decisión meditada y, al mismo tiempo, como síntoma del alejamiento de la dirección del PS del sentir de su electorado tradicional y de los sectores más genuinos de la izquierda francesa. Este movimiento certifica el giro a la derecha emprendido por el actual inquilino del Elíseo y da plenos poderes a un personaje nefasto, cuya forma de actuar y sus declaraciones no tienen nada que envidiar al populismo xenófobo de Marine Le Pen. De hecho, el político barcelonés ha sido uno de los grandes responsables de que el discurso del Frente Nacional haya adquirido carta de legitimidad a ojos de muchos votantes. Ni Hollande ni quienes le acompañan en su viaje a ninguna parte parecen comprender que a la derecha no se le vence copiando sus políticas, sino oponiendo una política real de izquierda.

El nombramiento de Valls es también una mala noticia para Euskal Herria. Su alineamiento con la actitud saboteadora del Gobierno español respecto al proceso de resolución y su actitud cerril respecto a la posición unánime en Ipar Euskal Herria en torno a la demanda de una institución propia le han granjeado pocas simpatías. Aunque, por otra parte, también ha servido para que cada vez más gente concluya que París no es buen socio ni compañero de viaje para nuestro pueblo.

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