La regeneración imposible de UPN

Ni el estratega más sagaz de las fuerzas partidarias de un cambio radical en Nafarroa habría sido capaz de diseñar la impresentable deriva de UPN en estos últimos meses. Los avatares sucedidos en el partido hasta ahora hegemónico en Nafarroa oscilan entre lo absurdo, lo cómico y lo indignante. Todo empezó cuando la misma Yolanda Barcina aclamada como candidata en agosto se retiraba voluntariamente hace tres semanas. En otras palabras, no se ve capaz de mandar en UPN, pero sí en Nafarroa, pese a los tres años de minoría parlamentaria. Tres años en los que se ha negado tanto a dimitir por escándalos tan graves como en la CAN como a anticipar elecciones pese a una ingobernabilidad patética.


La huida, con todo lo extemporánea que fuera, daba una oportunidad al partido para regenerarse. Pero nada de eso. Tras un proceso acelerado al máximo, carente del mínimo debate de ideas, con dudas estatutarias y hasta cuatro candidatos de los que dos no pasaban de ser aspirantes «de paja», el ungido finalmente ha sido el elegido por el dedo de la presidenta. Emulando así a su paisano el Cid Campeador, Barcina viene a ganar la batalla después de muerta políticamente, dado que su retirada a Madrid está próxima. Cabía pensar que la situación era propicia para que el sector de Miguel Sanz, perdedor por la mínima en el Congreso de 2013, diera la vuelta a la tortilla, pero la votación del sábado confirmó que su apuesta también era un despropósito. Para empezar, porque Alberto Catalán concurría con la misma rémora que Barcina: las dietas de la CAN que tienen soliviantada a la mayoría social navarra y han desmovilizado a decenas de miles de votantes de UPN.


El proceso interno acaba, por tanto, con la comprobación empírica de que el partido que gobierna Nafarroa casi ininterrumpidamente desde 1991 no tiene capacidad alguna de regenerarse, ni desde lo ideológico ni desde lo ético. El discurso del «presidenciable» Esparza ayer en Tudela confirmó el continuismo. Y la espantada de Catalán y Sanz constata la fractura en un partido que ya solo sigue unido por una cosa: el poder.

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