Las grandes corporaciones bajo sospecha
Ayer se conoció que las autoridades del Estado francés estaban investigando al consorcio automovilístico Renault a causa de que varios de sus vehículos habían superado los límites de emisión de dióxido de carbono y óxidos de nitrógeno. La noticia provocó una gran caída en la cotización de las acciones de la firma francesa, que finalmente cerró con una pérdida superior al 10% del precio. Otro consorcio automovilístico, FIAT Chrysler, fue acusado de ofrecer pagos a los concesionarios para que inflaran los datos de ventas mensuales en Estados Unidos. La revelación provocó una caída en la cotización de la acción de FIAT, que perdió casi un 8% de su precio.
Las compañías automovilísticas continúan rodeadas por el escándalo y siguen acaparando titulares diariamente: cuando no es por utilizar programas fraudulentos, es por superar las emisiones gases tóxicos o por falsear los datos de ventas. Ejemplos todos ellos que muestran el funcionamiento real de los bajos fondos del sistema económico capitalista: todo es válido para mantener la cuota de mercado y para engordar la cuenta de resultados. Cada vez está más en entredicho la imagen de los grandes consorcios como compañías eficientes, bien gestionadas, que ofrecen los mejores productos a la sociedad y que, además, son respetuosos con el medio ambiente. Con cada nueva evidencia se viene abajo esa imagen y se revelan nuevas interioridades de un sistema poco eficiente, nada ético y sin ningún compromiso social o medioambiental. Los informes sobre eso que pomposamente denominan responsabilidad social corporativa no permiten enderezar una realidad cada vez menos edificante.
El enorme poder que ostentan los grandes consorcios y los amplios e importantes intereses que se entrecruzan a su alrededor parecen ser un formidable parapeto para todo tipo de abusos que atentan contra el medio ambiente, contra la sociedad y contra el bien común.