PP, signos de ruptura: de la hipótesis al hecho

El gobierno del PP presentó un anteproyecto de ley que eliminaba de facto el derecho al aborto, recuperaba la regulación por supuestos del siglo pasado y hacía retroceder décadas en salud sexual y reproductiva. Basado en planteamientos ideológicos, buscando contentar a los sectores más ultracatólicos de su parroquia y en la misma agenda de reconquista y restitución que guía sus políticas, era un ataque sin precedentes a los derechos básicos de la mujer y a toda idea de progreso social. No respetaba la decisión de las mujeres embarazadas y sus necesidades. Les traía más sufrimiento y menos libertad. Sin embargo, esta restrictiva reforma de Gallardón se ha convertido en una «patata caliente» para el PP.

Suscita un amplio rechazo social, lo divide internamente, lo proyecta internacionalmente como un partido ultra y desplaza el foco de atención de la supuesta «recuperación económica» como anzuelo electoral. Seguramente por ello, y por las encuestas que ya vaticinan su derrota en las elecciones europeas, ha decidido no presentar el anteproyecto hasta el mes de julio.

No es este el único frente abierto por el que «sangra» en PP. Tras el batacazo que el Tribunal de Estrasburgo dio al Gobierno español obligándole a liberar a decenas de presos vascos que mantenía entre rejas contra toda moralidad y legalidad, el sector de las «víctimas del terrorismo» en las que tanto se ha apoyado para aplicar sus políticas de populismo punitivo empieza a resquebrajarse. La irrupción del partido Vox y las críticas abiertas que vierten numerosas voces de las que durante años hizo de caja de resonancia indican que la ruptura en el seno del PP ha pasado de ser una hipótesis a ser un hecho real. La más que probable designación de Mayor Oreja –enemigo confeso de la paz y securócrata vinculado a la jerarquía eclesial y a las asociaciones de víctimas más vengativas y ultras– como candidato para las elecciones europeas no parece que vaya a tapar la hemorragia de votos ni calmar los ánimos de sus grupos de presión. En un frente y en otro, Rajoy ha calibrado mal y sus buscados silencios no amortiguan el ruido de los cimientos de una posición política cada día más insostenible y menos creíble.

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