También nosotros debemos aspirar a ser un país normal
La política es, cuando menos, paradójica. Se puede decir que Juan José Ibarretxe quería ir más allá con su nuevo Estatuto, pero diez años después sigue el impasse, él vive en una suerte de ostracismo académico, Jesús Eguiguren en el político y Arnaldo Otegi directamente está en la cárcel. Por el contrario, se puede afirmar que Artur Mas no quería llegar tan lejos y, sin embargo, tras el varapalo del Tribunal Constitucional al Estatut, se ha visto empujado por su sociedad a plantear un referéndum y pedir el voto para la independencia. En medio, un Estado en descomposición que hace de la negación de la realidad su principio rector. Evidentemente, la historia no está escrita, y aun queda mucho partido. Allá y aquí.
En ese periodo los mandatarios españoles mostraron una obsesión enfermiza con todo lo vasco y, al menos por comparación, no situaron al nacionalismo catalán como una amenaza real. Le perdieron el respeto, nunca mejor dicho. Despreciaron las instituciones catalanas, el idioma, sus tradiciones… pero sobre todo despreciaron a sus ciudadanos. Muchos menos expeditivamente pero mucho más que a los vascos. Y en ese periodo, ese pueblo también le perdió el respeto a quienes les insultaban, les intentaban humillar, les amenazaban. Desde abajo y en positivo, fueron construyendo una alternativa real y mejor, un proyecto de país con el que el Estado español ni podía ni quería competir.
Un país normal o «españoles de primera»
En ese sentido, uno de los lemas que más fuerza tienen en el proceso catalán es el que reivindica que quieren ser «un país normal». Porque, a fuerza de soportarlo a diario, una gran parte de nuestras sociedades había llegado a pensar que el modo de actuar del Estado español era normal. Y no lo es. Basta coger un poco de perspectiva, mirar el estado de sus instituciones, su estructura económica, sus mandatarios y su endémica falta de cultura democrática para ser conscientes de que ese no es un país normal. Y la culpa no es de vascos y catalanes. Bastante tenemos el resto con lo que tenemos como para asumir esa carga.
El caso es que ahora, por razones que pueden servir para ayer pero que sobre todo tienen que ver con el mañana, a los vascos nos toca preguntarnos a qué aspiramos como pueblo. El autonomismo ya ha dado todo lo que tenía que dar. Hace años, décadas, que este país está aprisionado contra el techo de cristal establecido durante la Transición española. «Rien ne va plus».
Hay quienes plantean como objetivo aspirar a ser algo así como «españoles de primera división»: más cultos, algo más acomodados, con mejores servicios, con menos desigualdades… y poco más. Ese ha sido hasta ahora el discurso más común durante la crisis, el que ha alimentado la percepción de que, comparado con «el resto de España», esto estaba mucho mejor. Desgraciadamente la realidad nos ha puesto en nuestro sitio, y la tesis de «mejor cabeza de ratón que cola de león» está evidenciando día a día que la vida de los ratones es muy dura. Probablemente el caso de Fagor haya supuesto, al menos simbólicamente, un antes y un después en este terreno. Ver la poco disimulada alegría del establishment hispano debería hacer reflexionar a más de uno.
Pero incluso para lograr ese estatus «privilegiado» habría que luchar mucho. Para empezar habría que pelear para enmendar, esquivar o prorrogar todo tipo de políticas económicas, sociales, culturales… destinadas única y exclusivamente a dejar claro que, si nos esforzamos mucho, podremos ser quizá un poquito mejores, pero en ningún caso diferentes. En clave estratégica, si se le puede denominar así, en Madrid se legisla mucho más pensando en lo que no quieren que sean vascos y catalanes que en qué quieren ser los españoles de aquí en adelante. Esto vale por igual para la reforma educativa y para el Código Penal. En ese esquema no podremos ser, en definitiva, un país normal.
Principio de realidad y nuevas inercias
Negar la realidad no sirve de nada. Como mucho, sirve para retrasar las cosas y hacerlas más difíciles. Normalmente, y desde nuestra experiencia no cabe despreciar este hecho, ese alargamiento provoca un mayor sufrimiento. Esta máxima vale lo mismo para unos que para otros. Euskal Herria no es Catalunya, y está bien que no lo sea. Pero lo que ocurre allá afecta profundamente a lo que sucede aquí. Como mínimo, porque somos dos naciones bajo un mismo estado y compartimos también un mismo contexto geopolítico, Europa. Del mismo modo que lo ocurrido en Irlanda o lo que pase en Escocia nos afectará. Otra cosa es que a alguien no le guste lo que ocurre aquí o allá, y que quiera frenar esa influencia. Del mismo modo que la pura inercia no garantiza que pase lo mismo, ni siquiera algo parecido.
Una vez más, resulta decepcionante ver al lehendakari Iñigo Urkullu diciendo tras el anuncio de la fecha y la pregunta de la consulta que «hay tiempo para un acuerdo entre los gobiernos central y catalán». Demuestra una falta de realismo político preocupante en un partido que considera esa una de sus grandes virtudes. La dinámica internacional –Catalunya, Escocia y en el medio unas elecciones europeas– y las dinámicas endógenas que ya están en marcha en Euskal Herria no van a dejar mucho margen al conservadurismo en 2014.
Mientras tanto, siguen pendientes debates cruciales sobre cómo deberíamos articular este país para que fuese normal. O, ya puestos, deberíamos aspirar también a eso que reivindica Vicent Partal en su libro “A un pam de la independència”: «Quiero que de aquí a diez años podamos mirar atrás y opinar que tenemos una sociedad mucho mejor; no mejor, sino mucho mejor».