Un debate obligado, que aún queda lejos
La guerra abierta entre el Departamento de Policía de Nueva York (NYPD por sus siglas en inglés) y el alcalde de la ciudad, Bill De Blasio, tiene sus raíces en la sempiterna lucha entre libertades y seguridad, que en EEUU tiene un reflejo constante entre las concepciones demócrata y republicana, con todos sus matices y variedades, con sus periódicas batallas y guerras, tanto internas como externas.
Más allá de las particularidades del caso -especialmente la cuestión del racismo imperante-, es interesante analizar el fondo y las formas de este debate desde Euskal Herria. Ofrece, entre otras virtudes, la posibilidad de mirar a los conflictos y debates propios desde otra óptica. Y es que para las diferentes tradiciones políticas vascas, el policial es, lógicamente, un debate incómodo. Para quienes han gestado y gestionado el modelo actual, porque supone analizar, tanto desde un punto de vista operativo como desde uno ético, la negra historia de las policías que han operado en Euskal Herria. Para la propia Policía es incómodo porque, incluso más allá de la cuestión de la impunidad, no está dispuesta a ser fiscalizada ni a reducir los privilegios adquiridos durante el conflicto. Para quienes desean una alternativa en clave de derechos y libertades es un tema problemático, porque la responsabilidad en esta materia rompe con una larga tradición de resistencia y genera contradicciones. Por ejemplo, pese a que en la dicotomía libertad/seguridad la izquierda se ha posicionado históricamente a favor de la libertad, es evidente que en diferentes contextos la seguridad es condición de libertad. En el de la violencia machista, por poner un ejemplo claro y sin apenas aristas.
Como a la mayoría de debates de país pendientes, al debate sobre el modelo policial, de seguridad, a la garantía de derechos y libertades, se le ha mirado desde la perspectiva del relato. Buscando vencedores y vencidos se sigue perdiendo un tiempo precioso para construir instituciones al servicio de la sociedad.