Ian Fleming, Graham Greene y John le Carré son autores de las mejores novelas de espionaje escritas en el convulso tiempo de la Guerra Fría. Los tres trabajaron durante años para el Servicio de Inteligencia británico MI6. Fleming, creador del agente 007, con importantes responsabilidades durante la II Guerra Mundial. Greene y Le Carré fueron espías con menos «glamour», pero también supieron dar a su actividad una épica de intriga y aventura. Aunque diferentes en su literatura, vivieron con intensidad la época de dos mundos enfrentados, el capitalista y el socialista, donde las batallas se ganaban con el poder de la información política y militar y, en ocasiones, con la traición y el negocio de los agentes dobles. Hace tres días se conocía que Italia había detenido a dos exagentes jubilados de los Servicios Secretos por vender información a Moscú. Según la prensa, los documentos estaban «vinculados a la ayuda militar a Ucrania». Más que el contenido, lo más llamativo de esta noticia es el método empleado por los informadores. Los encuentros en pizzerías concurridas con sobres misteriosos bajo la mesa pertenecen a un mundo que ya no existe, pertenecen más a la literatura que a la vida real. Los agentes italianos son como un remake de bajo presupuesto de lo que fue el espionaje durante la Guerra Fría. En la presentación de un libro, escrito por un atracador de bancos con muchos años de cárcel a sus espaldas, le preguntaron si volvería a su antigua vida. «No –respondió−, ser atracador es un oficio extinguido. En los bancos ya no hay dinero». Algo parecido ocurre con los espías. En un mundo donde el futuro y el poder se decide en el consenso de una cumbre militar, las guerras se televisan, los genocidios se permiten, se secuestran presidentes y se vende la soberanía dando la mano a quien la roba... ¿para qué se necesitan agentes secretos? Basta con poner la televisión. Les recomiendo algo más auténtico, releer "Nuestro hombre en La Habana" (Greene, 1958) o "El topo" (Le Carré 1974).