Escritor
Oriol Junqueras y su fe

Es probable que Junqueras, ante el hecho de que haya jueces que dictan fallos movidos por creencias metafísicas y no jurídicas, pensase que a Lamela y compañía se les ablandaría su corazón de creyentes escuchando su ingenua proclamación de fe. No fue así.

19/01/2018

Tres fueron los momentos estelares en que este político republicano catalán ha manifestado su fe inquebrantable en Dios para desesperación de sus oponentes, pues lo que esperaban de su perfil era que, dado el partido al que pertenece, tendría que haberse declarado masón, libertino y, como mal menor, deísta o panteísta. Pero nunca sosteniendo «convicciones religiosas tan profundas» que le han llevado a declarar de forma solemne y consecutiva su credo confesional y su buen rollo con Dios, a quien trata como si fuera amigo de toda la vida y como uno de sus más influyentes aliados en la inspiración pacifista de su política. No solo le reza en la Iglesia asistiendo a misa dominical, sino que lo invoca en los foros públicos sin venir a cuento.

Y es que Junqueras olvida que a nadie le interesa saber de qué pie confesional cojea. Creer es una actitud personal perteneciente al ámbito de la intimidad. La fe es asunto tan subjetivo como invisible, porque el objeto y sujeto de dicha creencia es inmaterial e inverificable. Apelar a la fe como mejora interior de su conducta es magia. Está al mismo nivel placebo que los efectos de un hidromasaje como los que suele darse el arzobispo de Badajoz. ¿Quién puede verificar y garantizar que una persona es buena o mala porque crea en Dios? A una persona, que dice que es pacífica porque cree en Dios, lo creeremos lo mismo que a quien afirma que ha matado a su vecino abducido por unos versículos del profeta Isaías. Se basan en idéntico conductismo barato y ramplón.

Es cierto. Junqueras es caso aparte. No solo hace alarde de su fe, sino que le importa tres butifarras proclamarlo como vicepresidente de la Generalitat en el Parlament. Si lo hiciera como padre de familia o monaguillo en la parroquia, todavía. Pero, ejerciendo como representante político, demuestra nula sensibilidad social.

Su nula perspectiva laicista y aconfesional –ingrediente clave en un pensamiento republicano–, le ha hecho confundir el ámbito de la política con el de las creencias confesionales, mezclándolas de modo indecoroso. Para colmo, no se trata de un movimiento espontáneo, sino producto de una manera de ser, lo que agrava la situación, pues demuestra nulo propósito de enmienda. Volverá a perpetrarla en cuanto lo dejen suelto

Tras declararse de «aquella manera» la independencia de Cataluña en el Parlament, aseguraría que los independentistas son buena gente y él, a més a més, creyente. No sé, pero a mí me da que ni la Santísima Trinidad tiene que ver con la independencia de un país, ni todos los independentistas son buena gente. Algunos han resultado ser más corruptos que Al Capone. Y, en materia de fe, los hay de toda calaña: creyentes, ateos y deístas y ni fu, ni fa; más bien, res de res. Está muy bien recordar que ser republicano no es incompatible con ser creyente y laicista, pero en la viña del republicanismo catalán y español hay semovientes de todo pelaje y cerviz. Lo importante no sería eso. Lo importante es distinguir el espacio de actuación que le corresponde a la fe y a la política, algo que el ínclito Junqueras no vislumbra. Ni el Parlament es lugar para declarar la fe en Dios, ni para desmentirlo. Las creencias de esta naturaleza se las guarda uno en el zacuto de las verdades de la razón y las del corazón, que dijera Blaise Pascal.

El segundo momento crepuscular de su declaración de fe lo fue al ser juzgado por sedición, rebelión y malversación de fondos e incitación a la violencia el 20 de septiembre. Ante la jueza Lamela, el piadoso Junqueras respondió que «no tuvo ninguna participación en ellos», entre otros motivos, «porque yo soy creyente y cualquier cosa relacionada con la violencia me parece fuera de lugar».

¡Qué perversa ingenuidad! Creer en Dios no exime al individuo ser más violento y dañino que un ateo. No lo dijo santo Tomás, pero pudo haberlo escrito. Junqueras sabe como historiador que la violencia ha sido consustancial a la fe desde que se convirtió en religión oficial del Estado, fuera judía, musulmana, católica o protestante. La fe en Dios fue la causa de esta barbarie. No aburriré al lector recordando capítulos de esta deriva criminal del monoteísmo militante. Solo recordaré que, durante la noche de san Bartolomé, en 1572, en Francia se asesinaron a 10.000 hugonotes a instancias de los católicos de La Liga. Los irlandeses en 1641, en el Ulster, cometieron miles de atrocidades, asesinatos y torturas con los herejes ingleses, según relata Hume en su Historia de Inglaterra. En la Historia de la Intolerancia, de Montesquieu, hay un capítulo extenso dedicado a los abusos y crímenes causados en nombre de las religiones. Testimonian que la fe, cuando se hizo religión, el mal aumentó en el mundo de forma geométrica.

Seguro que Junqueras es hombre de paz, porque cree en Dios. Nada que objetar. Pero apelar a la fe en un espacio civil, como es un tribunal de justicia y ello para quitarse de encima la pena por un delito ajeno a la fe, a la Biblia y a los sacramentos, no solo es ridículo, sino desproporcionado en un político que aspira a ser presidente algún día de la Generalitat. Pudo recurrir a que es vegetariano, pues comer solo verdura, borraja y achicoria, por ejemplo, reduce el colesterol malo, pero, también, desarrolla un carácter enervado y flácido, es decir, manso y pacífico como un buey capao.

Un político que se precie no debería caer jamás en semejante argucia. Utilizar la fe como medio filibustero para librarse de la inculpación de un delito, tipificado por el Código Penal, es un flaco favor al desarrollo de la consolidación de la pluralidad confesional de este país. Un acto impropio de un político que conoce o debería conocer la separación de poderes, la aconfesionalidad del Estado y la irrelevancia de la fe en materia delictiva. Solo un obispo fundamentalista, tipo Rouco, recurriría a semejante trampa saducea.

Estos dos actos culminarían en un tercero, exactamente cuando pidió su excarcelación ante el Tribunal Supremo, basándose en sus «arraigadas convicciones religiosas», presentadas como aval de su intrínseca bondad y bonhomía política e invocando «la paz como eje central de su vida política».

Es probable que Junqueras, ante el hecho de que haya jueces que dictan fallos movidos por creencias metafísicas y no jurídicas, pensase que a Lamela y compañía se les ablandaría su corazón de creyentes escuchando su ingenua proclamación de fe. No fue así. Y, en este sentido, la decisión de la justicia acertó manteniendo su fuero civil al margen de estas martingalas confesionales, profilaxis que debería ser impronta de la casa.

Ver un político republicano apelando a la fe para librarse de un delito laico resulta incomprensible; menos aún si no lo ha perpetrado. A la vista de este espectáculo, más de uno temerá que Junqueras, caso de ser nombrado President, proclame por decreto una Generalitat católica, apostólica y romana. Así que esperemos que ese Dios providencial, en el que tanto confía, no lo permita. Para bien de todos y del seny político de Junqueras.

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