La rana hervida
La historia de la rana es vieja. Tan vieja que ya casi nadie cree en ella y, sin embargo, todos seguimos viviendo dentro de su moraleja. Dicen que, si una rana cae en agua hirviendo, salta. El dolor no necesita argumentos. Pero si el agua está tibia y el fuego aumenta poco a poco, el animal se acostumbra, se adormece y termina cocido sin comprender en qué momento el baño se convirtió en condena. Las ranas verdaderas, según parece, son bastante más sensatas y saltan antes. Nosotros no siempre. La vieja metáfora no habla de anfibios. Habla del arte de acostumbrar a un pueblo.
La extrema derecha lo conoce bien. Su fuerza no consiste únicamente en conseguir que creamos sus mentiras, sino en lograr que desconfiemos de nuestras verdades. Nos enseña a dudar de lo que sentimos, de lo que vemos y hasta de lo que hemos vivido. Cuando una mujer alza su voz, responden que exagera. Cuando el extranjero es insultado, aseguran que solo ha sido una broma. Cuando aumenta el odio, lo llaman libertad de expresión. Y cuando alguien señala el fuego, lo acusan de querer dividir a la sociedad. La operación es antigua: cambiar el nombre de las cosas hasta que las cosas parezcan otras.
La crueldad se disfraza de franqueza. El privilegio, de mérito. El racismo, de preocupación cultural. El machismo, de tradición. La censura, de protección de la infancia. La desigualdad, de naturaleza humana. Así comienza la cocción.
La persona siente el calor, pero escucha que hace frío. Ve el humo, pero le dicen que es niebla. Recuerda un derecho, pero le aseguran que nunca lo tuvo. Conoce a su vecino, pero le explican que debe temerle. Y poco a poco aprende que sus ojos son menos fiables que una pantalla y que su propia vida vale menos que la voz del hombre que habla desde ella. La extrema derecha no inventó esta maquinaria. La heredó de todos los poderes que comprendieron que gobernar la percepción resulta más eficaz que gobernar los cuerpos. Pero la ha perfeccionado para una época de cansancio, velocidad y soledad. La mentira entra disfrazada de duda: «Yo solo pregunto». Después se instala como sospecha: «Por algo será». Y finalmente se convierte en sentencia: «Todo el mundo lo sabe». Cuando la verdad llega, la mentira ya se ha instalado.
El poder señala hacia abajo porque sabe que, mientras los de abajo se vigilen entre sí, nadie levantará la cabeza. A quien espera meses una consulta médica se le convence de que el problema es quien ocupa la silla de al lado. A quien trabaja por un salario miserable se le dice que hay otro miserable dispuesto a quitárselo. Nunca se menciona al propietario de la olla. Nunca se pregunta quién vende el gas. La división no es un accidente del discurso. Es su combustible. Un pueblo unido puede exigir. Un pueblo fragmentado solo puede acusarse. La extrema derecha no necesita que todas sus promesas sean creídas. Necesita que sus amenazas sean sentidas. Fabrica un mundo que está siempre a punto de ser invadido, profanado o destruido. Todo peligra: la nación, la familia, la infancia, las costumbres, la calle, el futuro. Nunca queda claro cómo era exactamente ese paraíso perdido. Pero siempre queda claro quién tiene la culpa de haberlo perdido. La nostalgia funciona porque no recuerda el pasado: lo inventa. «Antes se vivía mejor», dicen. Pero no explican quién vivía mejor. «Antes había orden». Pero no recuerdan sobre qué espaldas descansaba. «Antes podían decirse las cosas». Pero olvidan quiénes debían callar. Mientras tanto, la realidad sigue ahí, incómoda, golpeando las ventanas. El clima cambia, pero nos dicen que siempre hubo veranos calurosos. Los servicios públicos se deterioran, pero nos aseguran que lo público nunca funciona. La gente está agotada, sola y ansiosa, pero le venden ese sufrimiento como fracaso personal. El agua sube otro grado.
De este modo, el centro político no permanece quieto. Se desplaza. Cada vez que la crueldad avanza un paso, la moderación retrocede otro para conservar una falsa equidistancia. Lo que ayer estaba fuera de los límites entra hoy en el debate, mañana en las instituciones y pasado mañana redacta las leyes. Luego nos cuentan que siempre estuvo allí. Quizá la mayor desgracia de esta época sea habernos convencido de que somos libres porque podemos elegir infinitas cosas que no cambian nada. Elegimos entre plataformas, marcas, teléfonos, opiniones instantáneas y candidatos fabricados con frases de laboratorio. Pero cada vez decidimos menos sobre el tiempo, la vivienda, el trabajo, la salud o la vejez. Por eso es tan sumamente valioso que aún haya personas dispuestas a frenar la cocción. La libertad se ha llenado de escaparates y se ha vaciado de puertas.
Por eso, quieren hacer desaparecer los lugares del encuentro: el centro de barrio, la biblioteca, el pequeño teatro, el banco de la plaza, la asociación, la conversación que no puede medirse ni venderse. Allí las personas descubren que su problema privado se parece demasiado al problema de los demás. Y esa semejanza resulta peligrosa. Quienes descubren que sufren juntos pueden organizarse. ¿Quién está subiendo el fuego? La respuesta no cabe en un eslogan. Tampoco cabe en un solo partido, un solo empresario, un solo medio ni un solo culpable. La olla es un sistema de intereses, miedos y renuncias. Pero hay quienes viven de aumentar su temperatura y quienes han aprendido a convertir cada burbuja en una oportunidad política.
Ellos saben algo que nosotros olvidamos: ninguna sociedad pierde su libertad en un solo día. La vieja fábula de la rana es falsa. Precisamente por eso se parece tanto a nuestro tiempo. La rana verdadera salta. Nosotros discutimos si saltar sería demasiado radical. Y mientras, alguien vuelve a girar, muy despacio, la llave del gas. Otro grado más. Hasta que la palabra insoportable desaparece del diccionario. Y en su lugar queda: normalidad.