Con la llamativa excepción del CIS, todas las empresas de prospección electoral auguran una cómoda victoria del PP en las elecciones generales del próximo año en España, y la conformación de un gobierno por parte del partido que lidera Feijóo y dirige Vox. El cambio parece inexorable. Algunos datos, como el trasvase de intención de voto desde el electorado del PSOE a PP y Vox que ha detectado el CIS en septiembre resultan especialmente significativos. El bloque ultrarreaccionario aparecería ante la opinión pública española como una opción más sólida y coherente que la sempiterna fragmentación de la izquierda y, además, resultaría más eficiente si se analiza desde el prisma del reparto de escaños. Hay otros indicios que avalan el pulso de un nuevo ciclo. Mucho se ha hablado del giro en la linea editorial de Prisa, pero no menos llamativos son los movimientos que comienzan a asomar en Televisión Española. Y qué decir de los propios barones «socialistas». Algunos no dudan en levantar cortafuegos para tratar de que el incendio que consume a Sánchez no se extienda por sus territorios. La patronal también deja ver, ahora sin ningún tipo de velo, su apoyo a las opciones conservadoras. Lo nuevo no es el soporte, sino la ausencia de recato. La maquinaria de creación de opinión del antiguo régimen se esfuerza por situar el debate público en «el día después». Dan por hecho el cambio. Y los jueces, cómo no, se desnudan ya sin ambages con decisiones como la de retirar el sufragio a miles de personas sospechosas de votar a la izquierda. Por la cara. Sin rubor. Entonces ¿hay que tirar la toalla? Ahora mismo, el reloj es el enemigo inevitable. Algunos socios del bloque de gobierno, como el propio Pradales, ya se manifiestan en términos como que «Sánchez está en los minutos de descuento». Es sintomático. En realidad, sería irresponsable esperar lo mejor sin preparar lo peor, pero, pase lo que pase, en Euskal Herria, y sin restar relevancia a las consecuencias de un eventual ejecutivo de extrema derecha, nos enfrentamos a un hipotético cambio de escenario, pero la hoja de ruta sigue inalterable.