Me considero un ateo muy poco enemigo de las religiones. No creo, pero concibo la fe como un rasgo importante de la personalidad de la gente. El Estado no debería nunca reprimirlo, sino garantizar que tiene el espacio necesario para desarrollarse. Por eso opino que la libertad de culto es un derecho demasiado olvidado, sobre todo cuando hablamos de religiones diferentes al catolicismo. Tengo una enorme deferencia hacia los credos que no comparto, pero eso no me convierte en ciego. Y me cuesta calificar con palabras lo que hemos visto esta última semana con la visita del papa a Madrid, Barcelona y Canarias. Un viaje que no ha respetado la aconfesionalidad del Estado, ha atropellado cualquier principio del laicismo y ni siquiera ha tenido el mínimo tacto hacia la necesaria separación entre Iglesia y Estado. Un espectáculo indefendible desde la llegada, que congregó a los jefes de Estado y de Gobierno españoles, el poder legislativo y judicial, militares y figuras destacadas de las instituciones. Pero el colmo llegó el día que el pontífice se plantó ante los representantes de los ciudadanos, les aleccionó sobre sus votos y les reprochó las leyes que aprueban. ¿A quién se le ocurre pedir ir al Congreso? ¿A quién se le ocurre dejarlo ir? Pero, sobre todo, ¿a qué diputado se le ocurre ovacionarle de pie durante minutos y minutos? Se pueden guardar las distancias y creer a la vez que el señor Prevost y la Iglesia pueden ser aliados indispensables contra la internacional reaccionaria. Lo peor del viaje es la sensación de que todo el mundo le ha rendido pleitesía, pero que mientras unos lo han hecho por convencimiento y tradición, otros han tirado de oportunismo político. Salir en la foto al lado del papa progre debe de dar cierto caché, o al menos desvía la atención. Pero la imagen es una reedición del «Bienvenido Mr. Marshall», ahora con el papa. Todo ello ante una sociedad secularizada que creía que el nacionalcatolicismo era cosa del pasado. Si algo ha demostrado este viaje es que la influencia política de la Iglesia sobre el Estado sigue siendo enorme.