Desde que la ultraderecha catalana sube en las encuestas –y sube mucho; el último barómetro de la Generalitat ya sitúa a Aliança compitiendo con ERC por el segundo puesto en el Parlament– el debate de moda entre la izquierda es darle vueltas a las causas del fenómeno. Todo podría resolverse argumentando que la ola ultra es de alcance internacional. Si la mayoría de países democráticos lidian con sus extremas derechas, por qué Catalunya iba a ser inmune. Pero todo el mundo intuye que hay algo particular en este caso. Algunos apuntan hacia el procés, normalmente sus críticos. Consideran que en el impulso independentista de la década pasada ya estaba sembrada la semilla del discurso esencialista y excluyente, que solo habría necesitado brotar con el tiempo. Es una lectura en mi opinión parcial. Para empezar, porque no hay continuidad ni en prácticas ni en objetivos. Aliança es una formación quizás nacionalista, pero para nada independentista, y sí tremendamente xenófoba contra el islam. Si uno se fija bien, el procés fue una exacerbación del eje nacional, que dejó en segundo plano la disputa entre izquierdas y derechas. Y el auge de Aliança, y en cierta medida el de Vox, es lo contrario: un regreso súbito al combate entre progresistas y reaccionarios, donde la derecha disputa a la izquierda la hegemonía social mediante un muñeco de paja construido sobre la inmigración. Por eso Aliança y Vox son prácticamente caras de la misma moneda y se ponen de acuerdo en la mayoría de debates. Si queremos una genealogía correcta de Aliança, hay que buscar no tanto en el procés sino en la respuesta que se le dio. Una brutal fuerza represora que cerró cualquier grieta por la que podía colarse una reforma del Estado, dejando sin salidas el debate nacional. Ante esa victoria total, todo el mundo se recoloca. En Catalunya crecen opciones extremistas por la derecha y, en España, la guerra judicial gira su foco, de los independentistas a las izquierdas y el Gobierno español.