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«Eso os pasa por preguntar»

Andaban subiditos los políticos españoles en los últimos días, poniendo a David Cameron de «irresponsable» para arriba por cometer la tremenda torpeza de preguntar a sus ciudadanos sobre un asunto tan importante como la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. Ahora que se ha consumado el «Brexit», no se les ocurre una cosa mejor que culpar a la democracia y no hacer un mínimo análisis sobre cuáles son las causas que nos han llevado hasta aquí. Mejor no consultar que arriesgarte a un resultado que no te gusta. «Los referéndums dividen», dice Mariano Rajoy. «Los referéndums trasladan a la ciudadanía problemas que deben ser resueltos por los políticos», contraataca Pedro Sánchez. Que ambos candidatos realicen estas afirmaciones a tres día de una cita con las urnas en el Estado español solo evidencia el poco respeto que tienen a los ciudadanos a los que pretenden representar. Es un concepto feudal de la «cosa pública»: todo por la gente, pero mejor no saber qué quieren.

Hace un año, cuando el BCE ahogaba a Grecia para castigar al Gobierno de Syriza, la clase política española clamaba contra Alexis Tsipras por preguntar a sus ciudadanos si querían seguir soportando los hachazos de la Troika. No se les vio levantar la voz durante años de políticas injustas que llevaron a los griegos al abismo. Es más, presionaron en Europa para que se apretase un poco más la soga por el indecente interés de poder decir que el modelo heleno era un fracaso y confrontar en sus propias elecciones.

Tampoco creo que el «Brexit» sea una consecuencia de esas políticas indecentes con las que Bruselas ha empobrecido al sur de Europa. El panorama es mucho más complejo. Sin embargo, si líderes como Rajoy o Sánchez mirasen un poco más alllá de su ombligo se darían cuenta de que son discursos como el suyo, de blindaje de las élites y creencia de que el ciudadano es un eterno menor de edad, los que alimentan a los monstruos en un momento de crisis absoluta del proyecto europeo. Es una tragedia que esta UE se rompa por su lado opulento e insolidario y la pobre reacción de quienes se han turnado en el Gobierno español solo sirve para constatar que no hay nadie al volante. Que el ministro de Exteriores, José Manuel García-Margallo, solo haya acertado a decir que ve más cerca «la bandera española en Gibraltar» es muestra del nivel. Ya se sabe, Gibraltar español, como Catalunya o Euskal Herria. Y Escocia británica. Todos los casos tienen un común denominador: la alergia de Madrid a preguntar a los afectados.

La democracia tiene el gran inconveniente de que la gente decide por sí misma. Eso no implica que siempre esté en lo cierto. Como en cualquier ámbito de la vida, los seres humanos también nos equivocamos. Pero yo prefiero meter la pata hasta al fondo que tener sobre mi chepa a un «coach» que vaya marcándome el camino a zurriagazos cuando considera que estoy errando. Si la lección que han aprendido los líderes de PP, PSOE o Ciudadanos del «Brexit» es que el problema es preguntar a los ciudadanos, no parece previsible que el nivel político pueda alcanzar estándares razonables en un futuro próximo.

La democratización de Europa es la única alternativa razonable. En el Estado, sin embargo, se sigue apostando por el despotismo ilustrado en un momento en el que los ciudadanos ni siquiera ven cuáles son las ventajas de someterse a un «establishment» que solo ha provocado un incremento de la desigualdad, la fractura social y el empobrecimiento.

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