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Albert Rivera no pilló cocaína y nosotros somos unos hipócritas

Nadie en su sano juicio puede pensar que Albert Rivera está pillando cocaína en mitad de un acto con decenas de personas mirándole. Nadie. En serio. Por muy seguidores que seamos de Mulder y su lema «quiero creer», no hay político que se suicide comprando un gramo en mitad de un acto. A pesar de esta obviedad, un vídeo en el que un tipo le entrega algo en gesto sospechoso ha multiplicado las bromas sobre el supuesto consumo de estupefacientes del líder de Ciudadanos. Me recuerda a la gracieta que hizo Juan Carlos Monedero: moralista, reaccionaria y tremendamente hipócrita. Como si no hubiera más cosas que echarle en cara. Un liberal como Rivera, que supuestamente debería estar por la legalización de los psicotrópicos, podría aprovechar el ruido para introducir el debate sobre un fenómeno que ha existido, existe y existirá por encima de cualquier prohibición. No lo hará. Porque vivimos en la dictadura de lo políticamente correcto y no existe posibilidad alguna de plantear un debate serio.

Me irrita ver a los cínicos haciendo chanzas sobre el gesto de Rivera. Sonríen, de forma pueril, y se dan codazos uno al otro, como quien está viendo un pecadillo venial. No voy a entrar a lo hipócrita de señalar lo que uno mismo ha hecho o ha visto hacer alrededor. Sí que me llama la atención que sea el recurso elegido para atacar a un tipo capaz de representar todo lo peor del neocuñadismo casposo, liberal y machista, a un intento de versión sofisticada del anuncio de Campofrío. ¿De verdad no tenéis un argumento mejor? Si somos sinceros, si miramos en nuestro interior, podremos ver a ese pequeño policía que todos llevamos dentro que disfruta, desde su atalaya moralista, señalando al «yonki». 

No tengo ni idea de qué hará Albert Rivera en la intimidad de su ocio y, lo que es más importante, no me importa. Sí que me preocupa que, por ejemplo, a diciembre de 2014 había más de 13.000 personas encarceladas por vender pequeñas cantidades de droga en el Estado español, que está a la cabeza en índice de población reclusa en Europa y donde la mayoria está encerrada por algún tipo de delito relacionado con los estupefacientes. Me preocupa que un 3% de la población según las estadísticas (aquí soy como el doctor Gregory House, creo que «todo el mundo miente») consuma sicotrópicos ilegales y se encuentre en manos de traficantes sin escrúpulos y a merced de productos sin ningún control. También que no conozcamos los índices de mortalidad por cocaína, anfetamina o LSD ya que apenas se realizan estudios. Me aterra observar qué ocurre en América Latina, donde la «guerra contra la droga» abierta por EEUU no ha dejado más que intervenciones militares, muertes y la cronificación de una violencia despiadada. Me desespera que la izquierda no haya sido capaz de establecer un discurso coherente que aborde de forma integral el fenómeno de las drogas, partiendo desde los lugares en los que se producen hasta las narices de los consumidores y la prevención de riesgos. 

En serio, a mí no me hace ni puta gracia. 

 

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