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McCarthismo surrealista en Gran Hermano

Tuvo que llegar Gran Hermano para poner a la derecha española frente al espejo de su moderno McCarthismo. Fue necesario ubicar el señalamiento público disfrazado de «connivencia con ETA» en un ámbito tan alejado del raciocinio como es la casa de Guadalix para comprobar el verdadero alcance de una dinámica surrealista que ha asfixiado la vida política en Euskal Herria y el Estado español. De los intereses que perviven pese al anuncio reiterado del cese definitivo de la organización armada vasca. La expulsión de Argi Gastaka del programa de Mercedes Milá ha colocado al rey, que son los ultras del PP y determinadas organizaciones de víctimas, desnudo ante su torquemadismo, que roza la caricatura.

No sé su posición política ni si la tiene, pero cuando la joven salió por la puerta de atrás, Twitter echaba humo. Y a mí se me ocurrió hacer la gracia con el tuit «Los que dicen #NoALaExpulsiónDeArgi son ETA». Y se lió. Iracundos granhermanoliebers afeaban mi fascismo y mi actitud retrógrada. Algo había cambiado. Gente despolitizada se ciscaba en ese dedo eternamente acusador. Y hablaban hasta de libertad de expresión. Personas nada sospechosas de connivencia. ¿O sí?

Para determinados sectores españoles, como concepto, ETA ya no es ETA. Ya lo apuntó Joseba Uria en Zuzeu: ETA es el Goldstein de «1984». El enemigo invisible que si no existiese debería inventarse. El comunismo en los años 50 en EEUU. La conspiración judeomasónica. El «ellos» que justifica toda involución de derechos y libertades.

La paranoia tiene su origen en la estrategia de Baltasar Garzón, que trajo consecuencias funestas para Euskal Herria. Con buena parte de la sociedad española anestesiada en la estrategia securócrata, sus promotores dieron una vuelta de tuerca. El abanico de vínculos con la organización armada vasca se fue ampliando de tal manera que, como en la teoría de los seis grados de separación, cualquiera es ETA en grado de consanguinidad. Los mineros. La PAH. Los médicos en huelga. Hasta Eduardo Madina.

La cuestión es lo suficientemente importante como para no degradarla con frivolidades. Pero luego llega Omar Jerez, monta su frikada en Donostia y uno vuelve a perder la fe. Vasile, frotándose las manos con el share. Y ya no sé a qué estamos jugando. Sigo confiando, por el bien de todos, en que no devaluemos el dolor. Es demasiado serio.

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