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Entre los votos y el veto

Un análisis honesto desde Madrid llegaría rápidamente a la conclusión de que resulta complicado clamar contra el derecho a decidir en Catalunya el mismo día en el que los simpáticos escoceses han votado pacíficamente si permanecer en Reino Unido o constituirse como Estado. Ha ganado el «no», cierto, pero, mientras tanto, ninguno de los apocalípticos vaticinios del unionismo español se ha cumplido y el mundo sigue girando, incluso de un modo más saludable. Teniendo en cuenta que el universo no implosionó después de que Iñigo Errejón y Owen Jones coincidiesen hace una semana en Londres, parecía poco probable que se produjese un cataclismo interplanetario después de una democrática jornada en la que la población votó tras una campaña basada en el sosegado intercambio de argumentos entre unionistas e independentistas. Como nos relataba el otro día Iñaki Soto en su blog, «no pasa nada», y eso es muestra de una sociedad madura, que no tiene miedo a dirimir sus diferencias en el terreno de la política. Tras comprobar la reacción de la «gran coalición» española ante las democráticas reivindicaciones de los catalanes expresadas durante la pasada Diada, toda coincidencia con Escocia es pura casualidad. 

 

- «Escocia es diferentes, porque allí la consulta es pactada».

- «¿Pactamos una consulta?»

- «No, porque la Constitución no lo permite».

 

Esta estrambótica conversación podría resumir el argumentario desplegado por Madrid para eludir las odiosas comparaciones entre la civilización de las votos y la barbarie del veto. Especialmente infame si se toma en cuenta que procede de PP y PSOE, los mismos que no tuvieron problema en modificar la Carta Magna en 24 horas para someterse al diktat de los mercados. Es decir, que la Constitución es un búnker inamovible para los catalanes pero no para los bolsillos de Europa y el empobrecimiento de los ciudadanos del Estado. 

Sin entrar en los malabarismos dialécticos que han acompañado los razonamientos sobre el referéndum escocés y que ahora vuelven a ubicar en el mismo frente a Mariano Rajoy, Pedro Sánchez y algún que otro nacionalista español disfrazado de «ciudadano del mundo», lo que resulta inconcebible es que venga ahora la clase política española a celebrar el «no» cuando ellos los que imposibilitan que el unionismo pueda triunfar en Catalunya vetando la consulta. Su problema es previo. Al contrario que Londres, ni PP ni PSOE se han atrevido a seducir a los catalanes en una campaña electoral, por lo que resulta infame que hagan suya una victoria que parte de la democracia, un concepto que ellos rechazan frontalmente. No se puede brindar con una mano por el resultado de un plebiscito mientras que, con la otra, se cierra el candado de unas urnas. Sin embargo, eso es precisamente lo que va a ocurrir en el Estado entre hoy y mañana, cuando el Parlament apruebe su ley de consultas y el consejo de ministros de Madrid se reúna de forma extraordinaria (no lo han hecho en toda la legislatura) para presentar el recurso. Celebrar lo que consideras una elección acertada a cientos de kilómetros mientras que impides que al lado de casa los ciudadanos puedan expresar sus deseos es evidencia que el problema en el Estado sigue siendo la democracia y una concepción de esta basada en la gente solo puede votar si las cartas están marcadas.

 

 

 

 

 

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