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Si solo lees prensa española es posible que no entiendas absolutamente nada

En los últimos meses en los que he seguido el proceso independentista catalán desde la barrera  transité desde el “no estoy de acuerdo” con muchos titulares de buena parte de la prensa española al “no creo que haya sucedido como lo cuenta”. No hablo de posiciones políticas, sino de veracidad. De si la mayoría de los medios han tenido capacidad para explicar a una comunidad qué es lo que ocurre, por qué y cómo puede evolucionar. De si lo que estaba leyendo era algo que había ocurrido o una invención inserta dentro de la propaganda.

Charles Prestwich Scott, editor de “The Guardian” hace un siglo, acuñó la sentencia de que “los hechos son sagrados, las opiniones libres”. Siempre he pensado que este tipo de aseveraciones quedan bien para un debate académico pero no soportan el peso de las rutinas diarias. Creo más en la honestidad que en la objetividad y, en general, aunque uno no esté de acuerdo con lo que lee, puede encontrarse con relatos que se adecúan al modo de entender el mundo de una comunidad. En el caso de Catalunya, sin embargo, considero que se han sobrepasado todos los límites de la propaganda. Algo que ahora tiene un efecto perverso. Si lo que te cuenta la prensa no concuerda con la realidad, vas a terminar sintiéndote engañado y desconfiando de cualquier relato, lo que a la larga es perjudicial para los propios medios.

También se puede hacer como “El País” y emprender una cruzada  contra la realidad, pero desde El Quijote sabemos que se trata de una actitud que no suele tener buenas consecuencias.

No pretendo hacer un comentario tipo “periodistas-hablando-sobre-periodistas” cuyo único interés suele ser el ajuste de cuentas. Constato un hecho y un problema para la profesión. Es muy probable que muchos ciudadanos españoles hoy se sientan confundidos y frustrados tras comprobar que después de suspender el gobierno catalán a través del 155, encarcelar a varios de sus responsables y obligar a unas nuevas elecciones teledirigidas desde Madrid, los catalanes siguen votando según su conciencia. Quizás deberían sospechar sobre qué visión del mundo habían comprado.

El contexto dentro del unionismo me recuerda al asalto a Ajuria Enea que trataron de liderar Jaime Mayor Oreja y Nicolás Redondo Terreros en 2001. Estuvieron cerca, más cerca que nunca, pero no lo lograron y se impuso Juan José Ibarretxe, entonces lehendakari por el PNV. Y cientos de miles de españoles se miraban contrariados porque no se había cumplido la victoria sobre los “nacionalistas” que tanto se había vendido.

Durante las últimas semanas se ha asegurado que el independentismo estaba en desbandada, que había fractura, que el “souflé” se venía abajo. Por el contrario, Arrimadas parecía un Cid Campeador que avanzaba triunfante ondeando la rojigualda. Si no te gusta un país ni su gente es difícil que comprendas cuál es su comportamiento electoral, y enfermizo que pretendas tenerlo bajo tus órdenes a toda costa. Esto no solo ocurre con los medios españoles sino también con buena parte de sus formaciones políticas. Pocas cosas que muestren más tu desprecio hacia la gente a la que supuestamente quieres representar que salir después de las elecciones y abroncarles por no haber votado correctamente.

En el fondo, esto es parte del problema. Porque la reacción de buena parte de medios y partidos españoles se basa en enfadarse porque los catalanes han votado mal. Quizás si se hubiesen preocupado de escuchar, comprender y explicar, entenderían por qué la situación actual se parece al microrrelato del escritor guatemalteco Augusto Monterroso: “Al despertar, el independentismo seguía allí”.

La jornada postelectoral es la de las excusas. Para los partidos y para las cabeceras. Muchos medios se atrincherarán en el “si, pero” y encontrarán argumentos para dar la espalda a los hechos, enfangándose en el “sostenella, no enmendalla”. Una tragedia que explica por qué muchos lectores tienen la sensación de no entender absolutamente nada a pesar de la sobreexposición informativa acerca del procés de los últimos meses. 

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