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Tortícolis crediticia

Estoy hasta la santísima trinidad del dogma del «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades». Vale. Los eslóganes son la pista para deslizarnos con el snobwoard de la demagogia. Con este inicio, muchos diremos que eso ya nos lo sabemos, que nosotras no somos así y que el único que no entiende ese refrán es el típico alienado del sistema. Sí, si, claro. Eso decimos. Pero luego nos iremos al bar y pontificaremos que fulanito se había comprado un adosado, que a dónde iba con tanta hipoteca y que, joder, esto se veía venir, dejando caer implícitamente que «vivía por encima de sus posibilidades». En teoría, nos parecía mal. En la práctica, se lo merecía. Para qué se metió en ese marrón, diremos, sin ánimo de ofender, claro.

A estas alturas, después de que nos vendieron que habían muerto las ideologías, va y nos sale el peor comentario de un clasismo mal disfrazado. El de quien pretende asomar la cabeza pisando un cráneo que ni siquiera pilla aire. «No es política, no. Pero me da igual que tuviese hipoteca o que no». ¡Anda ya! Lo terrible es que la tortícolis crediticia nos impida levantar la vista. Como si el mundo fuese un uno contra todos. Como si el enemigo estuviese en el piso de abajo.

Cada caso es un mundo y no dudo de que haya gente que se haya visto entrampada por la ilusión del crédito y la especulación. ¿Hablamos de las VPO? Es cierto. Hubo tantos que cayeron en el cepo. La lógica de «hipoteca más vivienda de protección oficial (algunas a precio de palacio, diría yo)» llegó a invadirnos de tal manera que quien se gastaba su salario en cualquier otra cosa que no fuesen cuatro paredes parecía un pringao. Alguien que no sabía de verdad sobre la vida.

Ahora todo se desmorona. Y vemos a los trileros, a los culpables de esa estafa piramidal, haciendo como que no pasa nada mientras alimentan los bajos instintos del «sálvese quien pueda». Tejiendo unos argumentos para que siempre pase lo de siempre. Que ellos salgan indemnes.

Por supuesto que habrá que reflexionar sobre todo lo ocurrido. Pero la primera lección debería ser que, por ahora y por desgracia, los de abajo no ponemos las reglas. Y que tenemos toda una vida para cambiarlas.

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