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Tremendo sopor

Pablo Iglesias y Albert Rivera sometieron a la audiencia a un tremendo sopor lleno de frases hechas y lugares comunes. Atrincherados en argumentos repetidos hasta la saciedad y con algunos picos barriobajeros («te veo muy nervioso» es el nuevo «a que no me lo dices en la calle»), los candidatos de Podemos y Ciudadanos demostraron que la recta final hacia las urnas del 26 de junio va a ser terriblemente larga. Al final, los programas ya fueron debatidos hace seis meses, no hay cambios de caras ni de propuestas y, en el fondo, la única intriga es saber qué hará el PSOE: si permitirá un Ejecutivo del PP o, en el caso en el que le den los números, se decantará por lo que ya rechazó en diciembre y pactará con la formación morada. Como este es el verdadero elemento decisivo, un programa como el de Jordi Évole se podría haber resuelto únicamente con las preguntas sobre alianzas. Hubiesen sobrado 55 minutos y nos habríamos quedado igual, porque habrá que ver si Mariano Rajoy aguanta en La Moncloa o Ciudadanos y PSOE son capaces de llevarse su cabeza como trofeo.

Descartado el debate profundo, el primer cara a cara electoral tuvo como principal virtud haber incluido en un único programa todos y cada uno de los tópicos con los que la clase política española solventa sus discusiones. En este ámbito, es evidente que Rivera cuenta con ventaja, ya que ha convertido el cuñadismo en un arte sublime. Sus apelaciones a China, Grecia y Venezuela, la insistencia en azuar el miedo al «comunismo» y la reiterada argumentación sobre la «pinza» entre PP y Podemos pueden defenderse en el Círculo de Bellas Artes o apoyado en la barra del bar Cuco con un palillo de madera entre los dientes. Mención aparte para su imagen de «héroe-anónimo-que-abraza-refugiados». Atroz, aunque posiblemente eficaz para los suyos. Iglesias, por su parte, se quitó la espinita del debate de hace seis meses aunque estuvo mucho más conservador. No en vano, las encuestas le ubican pugnando con el PSOE y muy por delante de Ciudadanos. Es decir, que podía perder mucho más de lo que tenía por ganar y se limitó a cubrir el expediente.

Sin profundidad de discurso y ante unos argumentos más que manidos, queda el recurso al análisis estético. Curiosamente, algunas voces ya señalaban que la del domingo constituyó una discusión «bronca», poniendo énfasis en las formas y en la aparente confrontación y beligerancia. Honestamente, o a ciertas personas les ha entrado una preocupación por la educación de porcelana que les lleva a sacar las cosas de quicio o la idea que tenemos de un debate agresivo es bien distinta.

Quizas el elemento más positivo del debate sea el recuerdo de que ya quedan únicamente tres semanas para la cita con las urnas y para que, en principio, acabe el tremendo tedio.

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